Kenji solo quería una vida tranquila, pero reencarnó como el profesor más temido del mundo... sin saber que también es el más fuerte.
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Una noche de trabajo... según Kenji
Kenji siguió sentado frente al escritorio revisando con paciencia cada uno de los informes de sus alumnos. De vez en cuando hacía una pequeña anotación con una caligrafía sorprendentemente ordenada y luego bebía un poco de té antes de continuar.
Para él aquello era completamente normal. Siempre había preparado su trabajo con antelación desde sus días como oficinista.
«Si dejo todo listo esta noche, mañana podré terminar temprano», pensó satisfecho mientras escribía una nueva nota al margen de un pergamino.
El pequeño gato blanco permanecía profundamente dormido sobre la cama, ajeno a todo.
Afuera, la luna iluminaba la inmensa mansión y el silencio era tan absoluto que solo podía escucharse el suave roce de la pluma sobre el papel.
Fuera de la habitación, el mayordomo continuaba de pie junto a la puerta acompañado por varias sirvientas y los capitanes de la guardia de la mansión.
Ninguno se movía de su puesto.
Todos observaban la puerta cerrada con un respeto casi religioso.
Una joven sirvienta miró el reloj de pared y habló en voz baja. —Ya han pasado tres horas... El mayordomo asintió lentamente. —Nuestro señor sigue trabajando.
Un guardia tragó saliva. —¿Ni siquiera descansa por las noches? El anciano negó con serenidad.
—Las personas extraordinarias suelen cargar responsabilidades que nosotros jamás podremos comprender.
Todos bajaron la cabeza con admiración, convencidos de que Kenji estaba analizando secretos capaces de decidir el destino del continente.
La realidad era muy distinta: el profesor acababa de escribir en uno de los pergaminos «Recordar felicitar a Dani si continúa esforzándose».
En ese mismo instante, un hombre vestido con una túnica azul apareció corriendo por el pasillo.
Era el administrador principal de la mansión y sostenía varios documentos con expresión nerviosa.
Al llegar frente al mayordomo hizo una profunda reverencia.
—Perdone la interrupción, pero han llegado nuevos visitantes. El mayordomo arqueó ligeramente una ceja.
—¿A estas horas? El administrador asintió.
—Tres duques, dos marqueses, cinco condes, el presidente del gremio de comerciantes, el comandante de los aventureros y el Gran Archimago del reino.
Todos desean presentar sus respetos al señor Kenji antes del banquete real. Varios guardias sintieron un escalofrío.
Aquellos personajes eran capaces de hacer temblar al reino entero con una sola orden y, aun así, habían viajado de noche únicamente para saludar al profesor.
El mayordomo guardó unos segundos de silencio antes de responder con absoluta calma.
—Nuestro señor está trabajando. Ninguna visita será recibida esta noche. El administrador palideció.
—¿Debo... decirles que regresen otro día? El anciano asintió sin la menor duda.
—Exactamente. No permitiremos que nadie interrumpa el descanso de nuestro señor.
Aunque el administrador obedeció inmediatamente, no pudo evitar pensar que estaba a punto de rechazar a las personas más importantes del reino.
Sin embargo, nadie en aquella mansión consideraba que un rey, un duque o un héroe legendario tuvieran más importancia que la tranquilidad de Kenji.
A la entrada de la residencia, una larga fila de carruajes esperaba en absoluto silencio.
Los nobles más poderosos del reino permanecían de pie mirando el enorme portón negro con mezcla de respeto y nerviosismo.
El Gran Archimago, un anciano de barba completamente blanca, observaba la mansión con los ojos entrecerrados.
—Increíble... incluso desde aquí puedo sentir cómo el maná del mundo fluye hacia este lugar.
Uno de los duques respiró con dificultad. —¿De verdad es tan poderoso? El anciano sonrió con amargura. —No, joven. Creo que los informes se quedaron cortos.
En ese momento el administrador salió de la mansión e hizo una elegante reverencia ante todos los presentes. —Les ruego que disculpen las molestias. Nuestro señor se encuentra trabajando y no recibirá visitas esta noche.
El silencio se apoderó del lugar.
Ningún noble mostró el menor signo de molestia. Al contrario, todos comenzaron a asentir con comprensión.
Uno de los marqueses incluso suspiró aliviado. —Tiene sentido... una existencia de su nivel debe tener asuntos mucho más importantes que atender.
Otro conde cruzó los brazos. —Nosotros fuimos los imprudentes por presentarnos sin avisar.
El Gran Archimago inclinó lentamente la cabeza hacia la mansión. —Regresaremos mañana. No debemos interrumpir el trabajo del profesor.
Desde la ventana de su habitación, completamente ajeno a todo aquello, Kenji estiró los brazos con una sonrisa satisfecha.
Había terminado de preparar todas las clases de la semana. Cerró cuidadosamente el último pergamino y bostezó. —Perfecto... así mañana tendré un día mucho más tranquilo.
Se levantó del escritorio, apagó la lámpara mágica y caminó despacio hasta la cama, donde el pequeño gato blanco seguía profundamente dormido.
Antes de acostarse, miró una vez más el cielo estrellado por la ventana y sonrió con alivio.
No sabía que, mientras él se preparaba para dormir pensando únicamente en descansar, las personas más poderosas del reino acababan de marcharse felices por la simple razón de que el profesor Kenji... seguía trabajando.