Valeria Montenegro lo tenía todo: éxito profesional, riqueza, una familia amorosa, un matrimonio estable y una vida perfecta a los ojos de todos. Pero por dentro, su alma se consumía en un vacío profundo y doloroso. Atrapada en una existencia ordenada y predecible, sentía que solo existía, no vivía. Buscaba desesperadamente pasión, emoción y un sentido que nunca encontró en su mundo humano, incluso cuando tomó la valiente decisión de romper con todo para buscar su propio camino. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Una noche de tormenta, un accidente fatal le arrebató la vida justo cuando estaba a punto de empezar de nuevo. En sus últimos momentos, su alma gritó un deseo desesperado: "Haré lo que sea, iré a donde sea, con tal de sentir algo real, aunque sea oscuridad, aunque sea muerte".
Su petición fue escuchada.
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Capítulo 14: Pasión desmedida.
—Esta vez será diferente —susurró en mi oído, mientras me sujetaba el pelo con una mano, tirando suavemente hacia atrás para exponer mi cuello, donde mordió y besó con hambre—. Esta vez iré más profundo. Esta vez te llenaré de una forma que nunca olvidarás.
Se colocó en la entrada y empujó. Entró despacio, pero con fuerza, estirándome, llenándome hasta el fondo, más profundo que la vez anterior, haciendo que gemiera fuerte, apretando los dientes, sintiendo cómo me invadía por completo, cómo ocupaba cada rincón vacío dentro de mí. Se quedó quieto un momento, permitiéndome acostumbrarme a su tamaño, a la sensación de estar tan llena, tan unida a él, y luego empezó a moverse.
El ángulo era diferente. Más profundo, más intenso, más salvaje. Cada embestida llegaba a un punto nuevo, golpeaba paredes internas que yo ni siquiera sabía que tenía, enviando oleadas de placer que me hacían arquear la espalda, que me hacían gritar, que me hacían apretar las manos en las pieles, buscando algo a lo que aferrarme. Él me sujetaba con fuerza, una mano en mi cintura, otra en mi pelo, moviéndose con un ritmo potente, rítmico, implacable, que me llevaba y me traía, que me hacía suya una y otra vez.
—Así… —gemía él contra mi oído, su respiración pesada y caliente contra mi piel—. Así me gusta… sentirte apretada alrededor de mí… sentir cómo me recibes… cómo me pides más… Eres perfecta, Lysandra… hecha solo para mí…
Aumentó la velocidad y la fuerza, y el sonido de nuestros cuerpos chocando, mezclado con nuestros gemidos y suspiros, llenó todo el espacio cerrado del pabellón. Sentía cómo el placer crecía y crecía dentro de mí, una bola de fuego que ardía cada vez más fuerte, que me consumía, que me hacía perder la razón. Y entonces, cambió de nuevo. Se detuvo, se retiró y me dio la vuelta, poniéndome de espaldas, y me levantó, tomándome por debajo de las rodillas, abriéndome las piernas y acercándome a su cuerpo, de modo que mis piernas quedaron en sus hombros y yo quedé suspendida, sostenida solo por sus brazos fuertes y seguros.
En esta posición, me miraba directamente a los ojos. Podía ver todo el deseo, todo el amor, toda la eternidad en su mirada. Y en esta posición, entró en mí de nuevo, con un movimiento profundo y suave, llenándome hasta el límite, golpeando tan profundo que sentí que llegaba hasta mi garganta, que nos fundíamos en un solo ser. Me sostuvo en el aire, moviéndose con un ritmo lento y profundo, profundo, cada embestida una declaración de amor y de posesión, cada roce una caricia en el alma.
—Mírame —me ordenó, con voz ronca, mientras se movía dentro de mí—. No apartes la mirada. Quiero que veas cómo te deseo. Quiero que veas cómo te amo. Quiero que sepas que esto es para siempre.
Y yo lo miraba. Y veía todo. Veía al Señor de la Muerte, el ser más poderoso de todos, entregándose a mí, amándome con todo su ser, haciéndome sentir cosas que no tienen nombre. Y yo le devolvía esa mirada con la misma intensidad, con el mismo amor, con el mismo deseo. Mis brazos rodeaban su cuello, mis manos se enredaban en su cabello, mis piernas se apretaban alrededor de su espalda, buscando más, necesitando más, pidiéndole que nunca se detuviera.
Empezó a moverse más rápido, más fuerte, más desesperado, sosteniéndome con una fuerza sobrenatural, haciéndome volar con él, llevándome a las alturas del placer una y otra vez, hasta que yo ya no podía pensar, ni hablar, ni respirar, solo sentir. Y entonces, introdujo una mano entre nuestros cuerpos, buscando ese punto sensible externo, frotándolo con movimientos rápidos y firmes mientras seguía embistiéndome profunda y salvajemente.
Fue demasiado. El placer estalló dentro de mí como una tormenta, como un fuego que lo quema todo, sacudiéndome entera, haciéndome gritar su nombre con todas mis fuerzas, perdiendo la conciencia, perdiéndome en la sensación increíble de estar llena de él, de estar amada por él, de ser suya. Y él no se detuvo. Siguió moviéndose, más rápido, más profundo, más fuerte, usando mi propio placer para llevarme más allá, para hacerme sentir cosas nuevas, para arrastrarme con él hacia el abismo.
Y finalmente, con un grito largo y profundo de mi nombre, con sus ojos clavados en los míos, con su cuerpo temblando contra el mío, se vino. Se quedó hundido hasta el fondo de mí, derramando todo su ser dentro de mí, llenándome hasta el borde, marcándome, sellándome, mezclando nuestra esencia, nuestra magia, nuestra alma.
Me dejó caer suavemente sobre las pieles, y se dejó caer encima de mí, apoyando su peso sobre los codos, su respiración acelerada y pesada chocando contra mi pecho, su cuerpo temblando levemente por el esfuerzo y el placer. Me abrazó con fuerza, rodeándome con sus brazos, cubriéndome todo el cuerpo con el suyo, besando mi pecho, mi cuello, mi cara, con una ternura infinita que contrastaba con la pasión salvaje de hace unos minutos.
—Cada vez es mejor —murmuró contra mi piel, con voz cansada y feliz—. Cada vez descubro algo nuevo en ti, algo que me hace amarte más, algo que me hace desearte más. Y lo mejor de todo… es que nos queda una eternidad para seguir descubriéndolo todo.
Me acurruqué contra él, sintiendo su corazón latir fuerte contra el mío, sintiendo su piel pegada a la mía, sintiéndome llena, completa, feliz. Miré hacia arriba, a través de las enredaderas del pabellón, hacia el cielo gris y eterno, y supe que tenía razón. Nos quedaba toda la eternidad. Toda la vida, toda la muerte, todo el tiempo del mundo para amarnos, para pelear, para gobernar, para vivir.
Pero también supe, mientras recordaba la cara de Valerius y las miradas de la corte, que la paz no duraría mucho. Que las sombras se movían, que los enemigos planeaban, que los secretos saldrían a la luz. Y que pronto, tendría que usar esa fuerza que él me había dado, esa fuerza que había despertado en mí, para defender lo que era mío.
Pero por ahora… por ahora solo existíamos él y yo. Y eso era suficiente