Julián Zaragoza lo tiene todo bajo control, excepto su propia vida. A sus 30 años, es el frío y respetado director de una firma de administración aduanera internacional, viudo y padre soltero de una rebelde joven de 18 años. El estrés corporativo y la rutina lo están asfixiando por dentro.
Entonces conoce a Esther Molina.
Ella tiene 27 años, una hija pequeña a la que proteger y un pasado oscuro que dejó atrás: años atrás, trabajó en un prostíbulo. Cuando Julián descubre su secreto, no la juzga. Ve en ella la vía de escape perfecta.
La propuesta de Julián es tan directa como indecente: una relación puramente física. Sin citas, sin preguntas sobre sus vidas personales, sin involucrar a sus hijas y, sobre todo, sin enamorarse. Un pacto donde la única regla es el placer absoluto para olvidar el mundo exterior.
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Renuncia
El uniforme azul de la empresa, ese que tantas veces había terminado desgarrado por la urgencia de las manos de Julián, ahora descansaba doblado sobre la mesa de mi cocina. Se sentía frío. Ajeno. Como la piel de una serpiente que me urgía mudar para no terminar envenenada por completo.
Las palabras de Victoria seguían repitiéndose en mi mente, una y otra vez, perforando la poca dignidad que me quedaba: *«Para él, solo eres el secreto sucio de la oficina... Una interesada que está destruyendo lo poco que queda de mi familia»*.
Cada frase se sentía como un latigazo en la espalda, recordándome de dónde venía y lo estúpida que había sido al creer que un hombre como Julián Zaragoza —un titán corporativo, un hombre cuyo apellido movía millones en las terminales aduaneras— de verdad podría construir un futuro conmigo. ¿Qué había sido yo para él? Un refugio de piel. Una fantasía candente frente a un espejo en un departamento de lujo. Una adicción clandestina que compartíamos en la penumbra de la habitación 404, donde el sexo rudo se mezclaba con promesas susurradas que el mundo real jamás iba a permitirnos cumplir.
Miré a Sofía, que dormía plácidamente en su pequeña cama, abrazando la enorme casa de muñecas que Julián le había enviado de forma anónima para su cumpleaños. El pecho se me contrajo con una fuerza tan brutal que estuve a punto de perder el aliento. Si Mario Benítez volvía con sus amenazas de extorsión, y si Victoria cumplía su promesa de desatar un escándalo en el consejo de administración, mi vida se volvería a convertir en un infierno público. Peor aún: arrastraría a Julián conmigo, destruiría la relación con su hija y pondría en peligro la custodia de la luz de mis ojos.
No podía permitirlo. El trato de no involucrarnos se había roto por completo, pero la única forma de salvarnos era aplicar la regla más drástica de todas: la desaparición.
Con las manos temblando por una mezcla de pánico y dolor, tomé mi teléfono celular. Entré a la aplicación de mensajería y busqué su nombre. No había foto de perfil, solo una inicial gris que delataba su naturaleza reservada. Mis ojos se empañaron al leer los últimos mensajes de la noche anterior, palabras cortas pero cargadas de un magnetismo implacable que me hacían recordar cómo su boca devoraba la mía en la oscuridad del ático.
*«Llegué a la oficina. Tu aroma a vainilla se quedó en mi almohada, Esther. No dejes de pensar en mí».*
Un sollozo ahogado escapó de mi garganta. Presioné los tres puntos de la esquina superior derecha y seleccioné la opción de bloquear. El sistema me preguntó si estaba segura. Cerré los ojos, visualicé su mirada gris tormenta, esa fijeza felina con la que me reclamaba sobre la caoba de su escritorio, y presioné *Aceptar*. Luego, borré el historial. Borré su número. Borré la única línea directa que me conectaba al hombre que me había enseñado lo que era el verdadero placer, pero también el verdadero peligro.
Esa misma madrugada, antes de que el sol empezara a calentar el asfalto de la ciudad portuaria, empaqué dos maletas viejas con la ropa de Sofía y la mía. Dejé la carta de renuncia irrevocable dirigida al departamento de recursos humanos de la agencia externa de limpieza sobre el carrito, sin explicaciones, sin nombres de por medio.
Tomé a mi hija de la mano y salí de ese departamento que Mario ya conocía, perdiéndome en las calles frías, decidida a desaparecer de su mapa para siempre. Me sentía como una basura, rota por dentro, con un vacío punzante entre los muslos y en el centro del corazón que ninguna distancia iba a poder curar.
A las ocho de la mañana, la atmósfera en el piso ejecutivo de Zaragoza Aduanera Internacional era de una tensión insoportable.
Julián entró a su despacho con el paso firme de un depredador, luciendo un traje negro hecho a la medida que acentuaba la rigidez de sus hombros. No había dormido bien. El rastro del perfume de vainilla de Esther seguía impregnado en su mente, distrayéndolo de los informes financieros que se acumulaban sobre su escritorio de caoba. Necesitaba verla. Necesitaba cruzarse con ella en el pasillo, retenerla por el brazo un segundo en la fotocopiadora y sentir la descarga eléctrica de su cercanía para poder soportar el resto del día.
Sacó su teléfono personal del bolsillo interior del saco para enviarle un mensaje corto, una orden velada para que subiera a su oficina privada en cuanto tuviera un espacio.
*«Ven a mi despacho a mediodía. Te necesito».*
El mensaje quedó con un solo check gris.
Julián frunció el ceño, una chispa de molestia cruzando sus ojos grises. Volvió a intentar una hora más tarde, pero el resultado fue el mismo. La impaciencia se transformó rápidamente en una frustración posesiva que le aceleró el pulso. Ella nunca tardaba en responder, no cuando sabían perfectamente el fuego que se desataba cada vez que ignoraban las reglas corporativas.
A las once, incapaz de seguir conteniendo el impulso, Julián se levantó del asiento, se ajustó los botones del saco y salió al pasillo principal. Caminó con zancadas largas hacia el área de mantenimiento, donde el personal externo solía organizar los suministros. Sus ojos buscaron de inmediato la silueta de Esther, el cabello oscuro recogido, la forma en que el uniforme azul se ajustaba a sus curvas perfectas.
En su lugar, encontró a doña Marta, una de las mujeres mayores de la limpieza, acomodando unos frascos de desinfectante con pesadez.
—¿Dónde está la señorita Molina? —preguntó Julián, con esa voz ronca y autoritaria que hizo que la mujer diera un respingo del sustinto.
—Ay, don Julián... Buenos días —la mujer se acomodó los lentes, nerviosa por la imponente presencia del director—. Pues la verdad es que no sabemos. Esta mañana dejó su renuncia con el supervisor de la agencia. Dijo que se marchaba de la ciudad por motivos familiares de fuerza mayor. No dejó dirección, ni teléfono nuevo... Nada. Recogió sus cosas y se fue antes de que amaneciera.
El mundo pareció congelarse para Julián en ese preciso segundo.
La mandíbula se le apretó con tanta fuerza que sintió un crujido en el oído. Las palabras de la mujer flotaron en el aire, pero su mente se negó a procesarlas. ¿Se había ido? ¿Había renunciado? No tenía sentido. La noche anterior se habían entregado con una ternura y una sensualidad que rozaba el colapso absoluto. Ella había vibrado bajo su cuerpo, se había aferrado a sus hombros y lo había mirado con una sensibilidad que no se podía fingir.
Regresó a su oficina a paso veloz, cerrando la puerta con un golpe seco que hizo vibrar los cristales. Tomó su teléfono y marcó su número directamente.
*«El número que usted ha marcado no se encuentra disponible o ha sido restringido...»*
Un rugido de pura rabia y desesperación escapó de su pecho. Julián arrojó el aparato contra el sofá de piel, viendo cómo rebotaba. La obsesión que lo dominaba, el amor salvaje que tanto había intentado contener deteniéndose justo en el límite del control, se transformó en una tormenta de posesividad herida. Esther lo había bloqueado. Lo había dejado fuera de su vida sin una maldita explicación, desapareciendo por completo del mapa que él controlaba con tanto poder.
Caminó hacia el gran ventanal, apoyando ambas manos contra el cristal, respirando de manera errática. Sentía la sangre hervirle en las venas, el pecho subiendo y bajando con una furia ciega. Ella creía que podía huir. Creía que podía romper el trato de esa manera, dejándolo con las manos vacías y el cuerpo ardiendo por su recuerdo.
—No te vas a escapar de mí, Esther —siseé en la solemnidad de la oficina vacía, con los ojos grises inyectados en una resolución letal—. No me importa a dónde hayas ido, ni cuántas malditas barreras levantes. Eres mía, y te voy a encontrar aunque tenga que dar vuelta a esta maldita ciudad entera.
El imperio aduanero de Julián Zaragoza se pondría a su servicio una vez más, pero esta vez no sería para una investigación secreta o para frenar a un extorsionador del pasado. Sería para cazar a la única mujer que había logrado destruir su control, dejándolo completamente enamorado y hambriento de la única adicción de la que jamás querría rehabilitarse.