Sinopsis
Emilia Velázquez, una joven universitaria apasionada por las novelas románticas, descubre que le quedan pocos meses de vida y acepta la oferta de una misteriosa hechicera para reencarnar en el mundo de su novela favorita, ocupando el cuerpo de Ester, la villana destinada a la desgracia. Mientras lucha por adaptarse a un reino lleno de conspiraciones, magia, dragones ancestrales y peligros ocultos, intentará cambiar un destino que no le pertenece. Sin embargo, todo se complica cuando un extraño encuentro con el príncipe dragón Derek provoca un intercambio de cuerpos que amenaza con alterar el equilibrio de ambos mundos para siempre.
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Capítulo 15: El eco de las almas destinadas
La mañana llegó cubierta por una ligera neblina.
Las torres del Reino Dragón se elevaban hacia el cielo como enormes guardianes de piedra. Sus muros estaban adornados con antiguos relieves que representaban dragones extendiendo las alas sobre montañas y mares. Los primeros rayos del sol hacían brillar los tejados azul oscuro, mientras las campanas del palacio anunciaban el inicio de un nuevo día.
Emilia abrió los ojos lentamente.
Todavía le costaba aceptar que el rostro que veía cada mañana en el espejo no era el suyo.
Se encontraba en la habitación de Derek.
El dormitorio era amplio, pero mucho más sencillo de lo que había imaginado para un heredero al trono. Había una gran cama de madera negra, una biblioteca llena de libros sobre historia y estrategia militar, una chimenea de piedra y varias espadas colocadas cuidadosamente sobre la pared.
Todo estaba ordenado.
Demasiado ordenado.
—Así que esta es tu vida...
Murmuró mientras caminaba por la habitación.
Sobre un escritorio encontró un pequeño cuaderno de cuero.
Lo abrió con cuidado.
En sus páginas había dibujos de dragones, mapas y notas sobre entrenamientos.
Pero lo que más llamó su atención fue una frase escrita con tinta azul.
"Algún día demostraré que puedo proteger a quienes amo."
Emilia acarició aquellas palabras.
—Siempre luchaste solo...
Susurró.
Una llamada en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—Príncipe Derek.
Era una voz femenina.
—Su Majestad desea verlo en el patio de entrenamiento.
Emilia respiró profundamente.
—Ya voy.
Cuando la puerta se abrió, una sirvienta le entregó la ropa del heredero.
Era una túnica negra con bordados plateados, pantalones oscuros y una capa azul profundo decorada con el símbolo del Reino Dragón.
Nunca había vestido ropa masculina tan elegante.
Después de varios intentos consiguió colocársela.
Se miró en el espejo.
El joven de ojos violetas que la observaba parecía fuerte.
Valiente.
Y mucho más seguro de lo que ella se sentía.
—Espero no decepcionarte, Derek.
En el Ducado de Adolfo.
Derek tampoco había dormido bien.
Las sirvientas ya estaban preparando vestidos y joyas para la visita al palacio real.
El joven observó todo aquello con preocupación.
—¿Es necesario usar tantas cosas?
Una de las doncellas sonrió.
—Lady Ester siempre luce impecable.
Otra comenzó a peinar su largo cabello negro.
Derek permaneció inmóvil.
Nunca imaginó que un peinado pudiera tardar tanto.
Cuando finalmente terminaron, colocaron frente a él un espejo.
Un elegante vestido negro con pequeños bordados rojos resaltaba la belleza de Ester.
El joven suspiró.
—Ahora entiendo por qué Emilia tardaba tanto.
Las sirvientas intercambiaron miradas confundidas.
—¿Ha dicho algo, milady?
—Nada.
Solo pensaba en voz alta.
En ese instante llamaron a la puerta.
Emma entró con una sonrisa tranquila.
—Estás preciosa.
Derek inclinó ligeramente la cabeza.
—Gracias, madre.
Emma pareció sorprendida.
Normalmente Ester jamás respondía con tanta dulzura.
Sin embargo, decidió no comentar nada.
—Hoy conocerás nuevamente al príncipe Eduardo.
Derek recordó todo lo que Emilia le había contado.
El compromiso político.
La conspiración.
La manipulación.
Sintió una incomodidad difícil de explicar.
—Haré lo que sea necesario.
Respondió.
Emma sonrió satisfecha.
—Eso esperaba escuchar.
En el Reino Dragón.
El patio de entrenamiento era enorme.
Cientos de soldados practicaban con espadas y lanzas.
El sonido del acero llenaba el ambiente.
Eddy esperaba de pie junto a varios generales.
Al ver llegar a Emilia, su expresión se volvió seria.
—Llegas tarde.
—Lo siento.
El rey frunció el ceño.
—Los futuros reyes no se disculpan.
Emilia guardó silencio.
No sabía cómo responder.
Eddy señaló una espada de entrenamiento.
—Muéstrame cuánto has mejorado.
El corazón de Emilia comenzó a latir con fuerza.
Nunca había usado una espada.
Tomó el arma con ambas manos.
Pesaba mucho más de lo que esperaba.
Uno de los generales avanzó.
—Con permiso, majestad.
Será un combate de práctica.
Emilia asintió nerviosa.
El entrenamiento comenzó.
El general atacó.
Ella apenas consiguió levantar la espada.
El golpe la hizo retroceder varios pasos.
Los soldados comenzaron a murmurar.
Eddy observaba sin expresar emoción alguna.
El general volvió a atacar.
Emilia cerró los ojos por un instante.
Entonces sintió una extraña energía.
Una llama azul apareció alrededor de la espada.
Y una pequeña sombra negra recorrió el metal.
El siguiente movimiento surgió de manera natural.
Como si el cuerpo recordara algo que la mente desconocía.
Detuvo el ataque.
Giró sobre sí misma.
Y desarmó al general.
Todo el patio quedó en silencio.
Incluso Emilia estaba sorprendida.
—¿Cómo hice eso?
Pensó.
Eddy la observó fijamente.
—Interesante.
Murmuró.
Morgana, que acababa de llegar, sonrió discretamente.
Había visto algo diferente en su hijo.
Algo que hacía mucho tiempo no veía.
Esperanza.
Mientras tanto, el carruaje del ducado avanzaba hacia el palacio de Edredón.
Derek observaba el paisaje desde la ventana.
Bosques inmensos.
Ríos cristalinos.
Campos llenos de flores.
Todo era hermoso.
Pero no conseguía relajarse.
Adolfo lo miró de reojo.
—Recuerda sonreír cuando veas al príncipe.
—Sí, padre.
—Y no olvides cuál es tu deber.
Derek apretó ligeramente las manos.
Por primera vez comprendía el peso que Ester había llevado durante años.
No era libre.
Era una pieza más dentro de un juego político.
El carruaje atravesó las puertas del palacio.
El edificio era majestuoso.
Columnas blancas.
Jardines perfectamente cuidados.
Fuentes de mármol.
Banderas reales ondeando con el viento.
Varios sirvientes los recibieron.
Y al final de la gran escalera se encontraba la familia real.
El rey Frederick.
La reina Elena.
Y el príncipe Eduardo.
Eduardo era un joven de cabello negro y mirada orgullosa.
Vestía un uniforme azul oscuro decorado con hilos dorados.
Cuando vio a Ester, sonrió con confianza.
—Lady Ester.
Es un placer verla.
Derek hizo una pequeña reverencia.
—El placer es mío, alteza.
El príncipe le ofreció la mano.
Derek dudó unos segundos.
Pero finalmente la aceptó.
En ese preciso instante sintió un leve ardor en el pecho.
Una pequeña sombra negra apareció sobre su muñeca y desapareció rápidamente.
Eduardo no lo notó.
Pero la reina Elena sí.
Sus ojos negros se estrecharon ligeramente.
—Qué curioso...
Pensó.
Al caer la tarde.
Emilia y Derek miraban la misma luna desde lugares diferentes.
Sin saber por qué, ambos llevaron una mano al pecho al mismo tiempo.
Una luz tenue apareció alrededor de sus cuerpos.
Y una voz antigua resonó en sus corazones.
"Las almas destinadas jamás caminarán solas."
Emilia cerró los ojos.
Pudo sentir una emoción que no era suya.
Nervios.
Preocupación.
Y también tranquilidad.
Del otro lado del vínculo, Derek sintió exactamente lo mismo.
Comprendieron que, aunque estuvieran separados, el hechizo seguía uniéndolos.
Y que poco a poco podían sentir los sentimientos del otro.
Muy lejos de ambos, oculto en una antigua torre abandonada, el hombre de la máscara negra observaba un enorme espejo mágico.
En él aparecían las imágenes de Derek y Emilia.
Una risa baja escapó de sus labios.
—El vínculo está despertando más rápido de lo esperado.
Una mujer cubierta con un manto rojo apareció detrás de él.
—¿Debemos intervenir?
El hombre negó lentamente.
—No.
Dejemos que se enamoren.
Porque cuando sus corazones estén completamente unidos...
Será mucho más fácil arrebatárselos.
La luna quedó oculta tras las nubes.
Y una antigua profecía comenzó a despertar en las sombras.