En un rincón olvidado del Caribe, donde el salitre marca la piel y las olas susurran secretos prohibidos, nace una historia de orgullo, sangre y una pasión indomable. Clara de la Riva es la personificación de la pureza: de piel tan blanca como la espuma del mar y poseedora de un apellido que evoca nobleza. Sin embargo, tras los muros de su decadente mansión, el hambre y la ruina acechan. Su madre, una Condesa que se aferra con uñas y dientes a un título que ya no puede pagar, ve en la belleza de su hija la única salida para recuperar la gloria perdida.
Pero el destino tiene otros planes y llega al puerto bajo el nombre de Luis "Satán". Él es un hombre que no conoce leyes, un marinero de estatura imponente, músculos forjados por la tormenta y manos grandes capaces de dominar el océano. Luis ha crecido sin nombre y sin pasado, cargando con el estigma de ser un "hijo de nadie", mientras se convierte en el dueño absoluto de las rutas comerciales y del respeto —o el terror— de quienes lo ro
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Capítulo 15: La Casa de los Azulejos Azules
La casa de los azulejos azules estaba al final de una calleja empedrada que bajaba hasta el mar, y era la casa más rara de todo el puerto: tenía dos pisos, cuatro balcones, y las paredes enteras cubiertas de azulejos de un azul tan intenso que parecía pintado con el mismo cielo del Caribe. La puerta era de madera oscura, con clavos de cobre en forma de estrellas, y un llamador de latón que representaba una mano de mujer sosteniendo una rosa. Clara, con los pies empolvados y el corazón en la garganta, levantó el llamador y lo dejó caer tres veces, con la fuerza justa para que se oyera en todo el interior pero sin que pareciera desesperación. En el fondo, una voz de hombre viejo, cascada por los años, dijo "adelante" antes de que ella pudiera llamar por segunda vez.
Don Evaristo Montenegro la esperaba sentado en un escritorio de caoba que ocupaba la mitad de un salón lleno de libros, de mapas y de gatos dormilones. Era un hombre pequeño, encorvado, de barba blanca muy bien cortada, con anteojos redondos que le resbalaban hasta la punta de la nariz y unas manos enormes, manos de pianista o de cirujano, manos que movía con una lentitud que a Clara se le antojó casi insoportable. Tenía delante un tintero de cristal, una pluma de ganso, y un legajo de documentos que estaba revisando cuando ella entró. La miró por encima de los anteojos, la midió de arriba abajo en un segundo —el vestido arrugado, los pies sucios, las ojeras, la mandíbula apretada— y, sin que ella hubiera dicho una sola palabra, señaló la silla que tenía enfrente y le dijo:
—Siéntese, niña. Y cuénteme qué le ha hecho ese Villalobos que todavía no se haya hecho a sí mismo.
Clara se sentó, se alisó el vestido sin pensar, sacó del bolsillo interior los papeles del cofre de Luis, los desdobló sobre el escritorio, y empezó a hablar. Habló durante veinte minutos sin parar, sin tomar agua, sin respirar, con la voz cada vez más firme a medida que las palabras le salían, y cuando terminó estaba roja, jadeante, y con los ojos secos, porque las lágrimas se le habían agotado en algún momento del relato y ya no le quedaban más. Don Evaristo la había escuchado sin mover una ceja, sin tomar notas, sin interrumpirla, con las manos cruzadas sobre el pecho y los ojos entornados, como un gato que mira llover.
Cuando Clara terminó, don Evaristo se quitó los anteojos, los limpió con el borde de la manga, y se los volvió a poner. Luego, con una voz que parecía venir de un lugar más antiguo que la casa, le dijo:
—Lo que me cuenta, niña, no es un caso de familia. Es un caso de Estado. Si los papeles que usted me enseña son auténticos, y por la pinta que tienen, lo son, lo que tenemos aquí es a un hombre preso por un crimen que no cometió, una herencia robada por un asesino, y una dama de la nobleza local que lleva veinticinco años viviendo con un secreto que ya no se puede seguir guardando. Esto, doña Clara, no se arregla con un juicio. Esto se arregla con tres juicios, dos apelaciones, una denuncia penal en Madrid, y, si su madre está de acuerdo, con una carta al obispo.
Clara se quedó muda. Don Evaristo, en cambio, no se quedó mudo: se levantó, caminó hasta una estantería, sacó tres libros forrados en cuero, los puso sobre el escritorio, y siguió hablando con la misma calma con la que se reza un rosario:
—Pero antes de los juicios, antes de las apelaciones, antes del obispo, hay que sacar a su hombre de la cárcel. Y para eso, niña, hay que hacer una cosa que en este puerto nunca se ha hecho: hay que pedir un habeas corpus. ¿Sabe usted lo que es un habeas corpus?
Clara, por supuesto, no lo sabía. Don Evaristo sonrió, y la sonrisa le arrugó toda la cara como un pergamino, y le explicó, con una paciencia de abuelo y una claridad de profesor, que un habeas corpus era un recurso legal antiquísimo que obligaba a un juez a presentar, en un plazo de veinticuatro horas, a la persona detenida, junto con los cargos y las pruebas. Si el juez no tenía pruebas suficientes, el detenido salía en libertad de inmediato. Era, le dijo, "la única ley en este país que sirve para algo".
—Y la vamos a usar —dijo don Evaristo, y golpeó el escritorio con la palma de la mano—. Ahora mismo, esta misma tarde, voy a ir yo personalmente a la cárcel, voy a leerle la ley al alguacil en su propia cara, y voy a sacar a ese muchacho antes de que se le enfríe el corazón. Mientras tanto, usted, niña, se va usted a su casa, se cambia de zapatos, se pone un sombrero, y se presenta usted, con todos los papeles que me ha dejado y con la firma de su madre, en el palacio del gobernador, que está aquí al lado, y pide usted una audiencia. No una audiencia para la semana que viene, no una audiencia para el mes que viene: una audiencia para esta misma noche, porque esto, doña Clara, esto no puede esperar a mañana.
Clara se levantó de la silla como si le hubieran crecido alas. Don Evaristo le tomó la mano, se la apretó con la fuerza de un hombre que ha visto pasar por su puerta a todas las miserias y a todas las grandezas del puerto, y le dijo, casi en susurro:
—Una cosa más, niña. Cuando saque a ese muchacho de la cárcel, dígale de mi parte que los Villalobos me deben una cena, y que no acepto un no por respuesta. Y dígale también que su padre, que en paz descanse, me hizo un favor una vez, y que los favores, en este puerto, se devuelven aunque tarden veinte años en devolverse.
Clara salió de la casa de los azulejos azules con el corazón más ligero de lo que había entrado, y por primera vez en muchas horas, se permitió sonreír. No una sonrisa grande, no una sonrisa de victoria: una sonrisa pequeña, de mujer que ha entendido que todavía hay gente decente en el mundo, y que esa gente decente, en este caso, vivía en una casa pintada de azul cielo al final de una calleja que bajaba hasta el mar.
Cuando llegó a la mansión, la Condesa la esperaba en el umbral con un traje nuevo, un sombrero de plumas y los guantes puestos. Detrás de ella, un carruaje negro, enganchado a dos caballos blancos, resoplaba en la calle. La Condesa le entregó a Clara un papel doblado, con su firma y su sello, y le dijo:
—Vamos, hija. Vamos a ver al gobernador. Y no me mires así, que todavía no se me ha olvidado cómo se habla con los hombres que mandan. Solo se me había olvidado por qué vale la pena hablar con ellos.
Y las dos mujeres, madre e hija, subieron al carruaje, se sentaron una al lado de la otra con la espalda muy recta, y el carruaje se alejó por la calle principal del puerto, levantando polvo a su paso, mientras la gente se quedaba mirando, con la boca abierta, a la Condesa y a su hija regresando al mundo de los vivos.