**Valentina Reyes nunca pidió este trabajo.**
Un día, una oferta misteriosa aparece en su correo. Al siguiente, está parada en el elevador VIP de Grupo Austral, frente al hombre más intimidante que ha visto en su vida: Santiago Montero, el CEO que nadie se atreve a mirar a los ojos.
Sus dedos se rozan en el botón del piso 25. Una chispa de estática. Un chasquido visible.
Y desde ese momento, Santiago empieza a sentir todo lo que ella siente.
Su ansiedad. Su hambre. Su rabia contra el jefe explotador. Sus ganas de llorar viendo telenovelas a medianoche. Y algo peor: los latidos desbocados de su corazón cada vez que él se acerca demasiado.
El problema es que Santiago Montero no ha sentido absolutamente nada —ni miedo, ni alegría, ni tristeza— desde que tenía doce años.
Ahora, atrapado en las emociones de una chica que lo saca de quicio, Santiago tiene dos opciones: encontrar la forma de romper el vínculo... o admitir que, por primera vez en veinte años, no quiere dejar de sentir.
**Ella le devolvió el color a un mundo en blanco y negro. Pero, ¿qué pasa cuando él descubre que también puede sentir por cuenta propia?**
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Capítulo 15
Cap 15: La cena de negocios
Santiago se lo dijo a las cuatro de la tarde como si estuviera informándole del clima.
—Esta noche hay cena con messTO. Tienes que venir.
Valentina dejó de escribir a mitad de un correo que no iba a mandar.
—¿Cena?
—Restaurante. Polanco. Siete en punto. Lic. Vargas, dos ejecutivos de messTO. Isabela no estará. —Revisó algo en su teléfono—. Si no tienes ropa adecuada, Emilio tiene la tarjeta corporativa.
—Tengo ropa —mintió Valentina.
No tenía ropa. Tenía una blusa negra sin marca que usaba para entrevistas de trabajo y una falda que se había comprado en el Buen Fin hace dos años. Pero antes se cortaba un brazo que aceptar una tarjeta corporativa para vestirse.
"Solo es una cena. Habrá comida buena. Solo tengo que comer."
La smartband vibró suavemente. 88 lpm. Santiago, desde detrás de su escritorio, hizo ese gesto que Valentina ya reconocía: la comisura del labio moviéndose un milímetro, el amago de algo que no llegaba a ser sonrisa pero que ya no era neutralidad.
Él podía sentir su estrategia: "Valentina se autocalma pensando en comida." Era la tercera vez que la identificaba. Se estaba convirtiendo en un patrón.
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El restaurante se llamaba Dulce Provenza. Techos altos, paredes de ladrillo, velas en las mesas, y una carta donde ningún platillo bajaba de quinientos pesos. Valentina calculó mentalmente que la cuenta de esa noche costaría más que su renta de tres meses.
Lic. Vargas llegó primero. Cincuenta y tantos, pelo canoso engominado, reloj de oro que reflejaba la luz de las velas cada vez que movía la muñeca. Apretó la mano de Santiago con fuerza y sonrió sin parar, como un vendedor de autos en horario estelar.
—¡Santiago! Un placer, como siempre. —Miró a Valentina—. ¿Y quién es esta señorita tan guapa?
—Mi asistente, Valentina Reyes.
—Ah, la famosa asistente. —Lic. Vargas le tomó la mano y la sostuvo un segundo más de lo necesario—. Mucho gusto, muchacha. Ven, siéntate más cerca. No te quedes tan lejos.
Valentina se sentó donde le indicaron —junto a Lic. Vargas, porque así lo dictó él, y nadie contradijo al hombre que firmaba los cheques.
Los dos ejecutivos de messTO se sentaron enfrente. Santiago se sentó a la cabecera. La cena empezó con vino tinto que Valentina declinó con un "no, gracias" que nadie registró, y entrantes que ella comió despacio, concentrándose en el sabor para no concentrarse en lo demás.
Santiago estaba en modo social. Valentina lo había visto en modo oficina, en modo hospital, en modo elevador-a-las-seis-de-la-mañana. Pero modo social era nuevo: la voz media octava más cálida, las pausas calibradas, una anécdota sobre un viaje a Mérida que hizo reír a la mesa. Era perfecto. Era terrorifico. Era como ver a un androide pasar el test de Turing.
El plato fuerte llegó. Filete. Valentina mordió el primer bocado y una parte de ella —la parte honesta, la que no le mentía a nadie excepto a su mamá— admitió que nunca había comido algo tan bueno.
Y entonces la mano de Lic. Vargas aterrizó en su muslo.
No fue un roce accidental. Fue una palma abierta, firme, posándose sobre la tela de su falda a media altura entre la rodilla y la cadera. Duró un segundo. Dos. Luego se retiró, como si nunca hubiera estado ahí.
Valentina dejó de masticar.
Su cuerpo reaccionó antes que su cerebro: los hombros se tensaron, el estómago se contrajo, la piel del muslo se puso de gallina como si la temperatura hubiera bajado diez grados. La smartband vibró. 104. 108.
"No pasó nada. A veces la gente toca sin querer. Las mesas son estrechas. Fue un accidente."
No fue un accidente. Valentina lo sabía. Su cuerpo lo sabía. Pero la parte de ella que había crecido en un país donde "no hagas drama" era la respuesta estándar a este tipo de situaciones la obligó a seguir comiendo, a seguir sonriendo, a seguir fingiendo que nada.
Lic. Vargas se sirvió más vino. Contó un chiste. Todos rieron. Su mano volvió —esta vez más abajo, los dedos tamborileando suavemente cerca de su rodilla, como si estuviera tocando un piano invisible.
Valentina puso el tenedor sobre el plato. No podía tragar.
Al otro lado de la mesa, Santiago levantó la copa de vino a sus labios pero no bebió. Sus ojos estaban fijos en un punto medio de la conversación, pero Valentina sabía —con la certeza horrible de alguien conectado a otra persona— que él estaba procesando lo que sentía. La primera oleada de incomodidad pudo haberla atribuido a nervios sociales. La segunda no. La segunda tenía textura de repulsión, de violación de espacio, de algo que no debería estar pasando.
¿Lo sabía? ¿Estaba decidiendo no actuar?
La cena continuó. Postre. Café. Más vino. Lic. Vargas levantó su copa hacia Valentina.
—¡Una copa por la nueva! Ándale, muchacha, no seas aburrida.
Los dos ejecutivos levantaron sus copas. La mesa esperaba.
—No, gracias —dijo Valentina.
—¿Qué? ¿Ni una copita? —La sonrisa de Lic. Vargas seguía ahí, pero sus ojos habían cambiado. La amabilidad se había convertido en presión, y la presión tenía la forma particular de alguien que no está acostumbrado a que le digan que no—. No me hagas el feo, muchacha. Es de mala educación rechazar un brindis.
Valentina miró su plato. Miró la copa. Miró a los ejecutivos, que esperaban con sonrisas de espectadores.
Miró a Santiago.
Él ya la estaba mirando. Sus ojos oscuros fijos en los de ella, inmóviles, como si estuviera leyendo un documento que solo él podía ver. Tres segundos. Cada uno más largo que el anterior.
Valentina no pestañeó. No dijo nada. No necesitaba decir nada — él podía sentir cada fibra de su pánico, cada grado de su temperatura corporal descendiendo, cada latido de su corazón golpeando las costillas como un puño.
La smartband vibró una vez. Dos. Tres. Frecuencia cardíaca: 134 lpm. Valentina apretó los dedos alrededor de la tela de su falda hasta que los nudillos se pusieron blancos.
Santiago dejó su copa sobre la mesa. Se limpió los labios con la servilleta. Y se puso de pie.