*PRÓLOGO*
*Sonya Smith*
El “lo siento” de Noa sonó a disparo antes que el disparo.
Sonya no bajó el arma. No por él. Por Lucía, que estaba detrás, llorando como si no fuera ella quien había puesto el veneno en su café esa mañana. Amigas. Amantes. Traidores.
“Eran los mejores diez años de mi vida,” dijo Noa. Tenía el dedo en el gatillo. No le temblaba. A Sonya siempre le gustó eso de él.
“Fueron,” corrigió ella.
El estruendo reventó la habitación. Dolió menos de lo que pensó. El suelo estaba frío. El techo, blanco. Lucía se arrodilló y le sostuvo la mano mientras se iba. Qué detalle.
Sonya Smith, 30 años, la mujer que desarmó carteles y tumbó gobiernos, murió en el piso de su cocina por confiar en dos personas.
Lo último que pensó no fue en venganza. Fue en silencio.
Por fin, silencio.
Y luego, luz.
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*CAPÍTULO 15* *La Corona *
Si Cassian quiere que reclame el ducado ante la corte, es porque quiere que todos vean quién es el dragón ahora.
La invitación llegó al amanecer.
Sin sello de cera. Sin mensajero con librea. Solo un cuervo con pata de metal dejó caer el papel en el alféizar y se fue como si no tuviera tiempo que perder.
_“Palacio Imperial. Sala del Trono. Mediodía. Viene a reclamar lo que es suyo. -C.A.T.”_
Elira leyó la nota dos veces. La quemó.
No era una invitación. Era una orden. Y una prueba.
“Mediodía,” dijo Mira, leyendo por encima de su hombro. “Nos da cuatro horas. Justo.”
“Justo para arreglarnos preparate y manda preparar el carruaje,” dijo Elira. Sonrió. “Perfecto.”
Y los lobos de la corte olían la sangre.
*El viaje.*
El carruaje llegó puntual. Negro, con dos guardias que no miraban a nadie.
Cristal la ayudó con el abrigo gris. Sin joyas. Sin encaje. Solo la tela simple y la venda negra en la mano derecha.
“Si te arrodillas, hazlo por ti,” dijo Cristal. “No por ellos.”
Elira asintió.
Samantha la miró desde el pasillo, con el vestido azul oscuro y la cabeza baja. No dijo nada. Pero no se escondió.
Eso bastaba por ahora.
El palacio estaba igual de frío que recordaba Elira.
Mármol blanco, techos demasiado altos, y ojos. Siempre ojos.
Cortinas que se movían. Columnas que escondían a sirvientes. Nobles que fingían no mirar pero contaban cada paso.
Darian estaba muerto.
Pero su nombre seguía en sus bocas como un veneno que no querían escupir.
La Sala del Trono estaba llena.
Veinte familias. Treinta miradas. Una sola corona.
Cassian Ashford Thorne estaba en el trono sin corona. Negro sobre negro. Como la noche antes de la tormenta.
A su derecha, el Canciller. A su izquierda, el Comandante de la Guardia.
Elira caminó por la alfombra roja. Despacio. Sin temblar.
Mira iba dos pasos atrás. Sin uniforme. Con el cuchillo bajo el abrigo.
No como criada. Como escolta.
Y la corte se dio cuenta.
“Elira Valemot,” anunció el heraldo. Su voz tembló un segundo. “Duquesa de Valemot.”
_Duquesa._
La palabra sabía diferente cuando no te la daban por lástima.
Cassian no se levantó.
“Acércate,” dijo. Su voz llenó la sala sin gritar.
Elira se detuvo a tres pasos del trono. No se arrodilló.
Inclinó la cabeza. Justo lo necesario. Ni más, ni menos.
Protocolo sin sumisión.
“Tu padre cedió el ducado,” dijo Cassian. “Legal. Firmado. Sellado. Nadie puede disputarlo.”
“Lo sé,” dijo Elira.
“¿Y tú qué harás con él?” preguntó Cassian. Sus ojos grises la atravesaron. “¿Lo venderás? ¿Lo dejarás pudrir? ¿O lo usarás?”
Silencio.
Todos esperaban la respuesta de la niña rota.
Recibieron la de Sonya Smith.
“Lo usaré,” dijo Elira. Clara. Firme. “Valemot produce trigo, hierro y hombres. Tres cosas que este imperio necesita. Yo me aseguraré de que lleguen. Sin que pasen por manos de traidores. Sin que se pierdan en sobornos. Y sin que mueran niñas en el camino.”
Un murmullo recorrió la sala.
“¿Amenazas, Duquesa?” preguntó el Conde Havel, primo de Darian. Viejo. Gordo. Con miedo en los ojos.
Elira lo miró.
“No,” dijo. “Promesas. A los que me sirven. Y advertencias a los que no.”
Cassian se inclinó hacia delante.
“¿Y si alguien se niega a servirte?”
“Entonces,” dijo Elira, y se llevó la mano vendada al pecho, “aprenderá por qué la casa Valemot tiene cuarenta muescas en su marco de puerta.”
Silencio total.
Cuarenta muescas. Cuarenta muertes.
Nadie sabía cuántas eran verdad. Pero todos sabían que una era suficiente.
Cassian se recostó en el trono. Sonrió. No la sonrisa del emperador. La del soldado.
“Bien,” dijo. Levantó la mano.
Un guardia trajo la caja. Caoba. Sin adornos.
Dentro estaba el anillo. Plata vieja, piedra gris sin pulir. El anillo de los Valemot. El que Roderick había empeñado hace dos años.
Cassian lo había recuperado. Obvio.
“Ponte de rodillas,” dijo Cassian. Esta vez sí era orden.
Elira obedeció. Una rodilla en el suelo. La espalda recta.
Cassian bajó del trono. Se arrodilló frente a ella. Infringiendo protocolo. Infringiendo todo.
Le puso el anillo en el dedo.
La piedra fría tocó su piel.
“Levántate, Elira Valemot,” dijo Cassian. “Duquesa por sangre. Por derecho. Por fuego.”
Se levantó.
Y el palacio entero vio que no se tambaleaba.
“Ahora,” dijo Cassian, volviendo al trono, “tienes el ducado. Tienes mi protección. Y tienes una deuda.”
“¿Cuál?” preguntó Elira.
“Yo no te di esto para que juegues a ser buena señora en el campo,” dijo Cassian. “Te di esto porque necesito que Valemot produzca hierro para la guerra del norte. En tres meses. Si no cumples, el ducado vuelve a la corona. Y tú vuelves a ser nadie.”
_Guerra del norte._
Sonya Smith sonrió por dentro.
Eso significaba más dinero, más hombres, más poder. Y más enemigos.
Perfecto.
“Inclinó la cabeza. “Se hará, Majestad.”
“Bien,” dijo Cassian. “La corte está disuelta. Duquesa Valemot, quédate. Los demás, fuera.”
Los nobles salieron rápido. Como ratas cuando encienden la luz.
Havel le lanzó una última mirada. Miedo y odio.
Elira la guardó. Serviría después.
Cuando la puerta se cerró, Cassian bajó del trono.
Se paró frente a ella.
“Lo hiciste bien,” dijo. “No te arrodillaste de más. No amenazaste de menos.”
“Gracias por el consejo,” dijo Elira. Seca.
“Fue una prueba,” dijo Cassian. “Si te hubieras arrodillado, te habría dejado ahí. Si hubieras amenazado a todos, te habría matado yo mismo. Eres útil viva.”
Elira lo miró.
“¿Y si no quiero ser útil? ¿Si solo quiero mi ducado y que me dejen en paz?”
Cassian se rió. Bajo. Sin humor.
“En mi imperio, nadie se queda en paz. Solo los muertos.”
Se acercó. Bajó la voz.
“Mañana llega un carruaje del norte. Trae a mis ingenieros. Tú los recibes. Tú les das lo que piden. Y tú te aseguras de que nadie sepa lo que están construyendo.”
“¿Y qué construyen?” preguntó Elira.
“Algo que hará que Darian Montclair parezca un niño jugando con cuchillos,” dijo Cassian.
Le tocó la mano vendada. Rozó la tela negra.
“Duerme bien, Elira. Mañana empieza tu verdadera guerra.”
Salió sin despedirse.
Como siempre.
Mira la ayudó a levantarse.
“¿Estás bien?” preguntó.
Elira miró el anillo en su dedo. Gris. Pesado. Real.
“Estoy mejor que bien,” dijo. “Tengo un ducado. Tengo un ejército de una persona. Y tengo al emperador debiéndome un favor.”
Se giró hacia la puerta.
“Vamos. Hay hierro que forjar.”
Afuera, el cuervo graznó nueve veces.
La duquesa había vuelto.
Y no venía a pedir permiso.
Quién se atraviese primero y por qué... Montclair o el trono.🤨😈😏😈🙎♀️