Camila nunca imaginó que el hombre que marcó su adolescencia regresaría a su vida de la forma más inesperada. Leví, ahora un hombre poderoso y rodeado de sombras, no solo reclama su atención, sino que la arrastra a un mundo donde el peligro y la pasión caminan de la mano. Entre secretos familiares y una red de poder, Camila deberá decidir si proteger su corazón o entregarse al hombre que siempre fue su destino.
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CAPÍTULO 18 – EL PESO DE UN APELLIDO
La mañana del martes nació con un nudo asfixiante en el estómago de Camila. El recuerdo de la visita nocturna de Valeria seguía tan fresco y punzante como una herida abierta. Intentó, con un esfuerzo sobrehumano, enfocarse en su rutina matutina: el café, el maquillaje, la elección del traje... pequeñas anclas para no hundirse en la incertidumbre. Se repetía a sí misma que no podía vivir bajo las sombras del pasado de Leví, que ella era su presente.
Sin embargo, el destino parecía divertirse rompiendo sus escasas defensas.
Al cruzar el umbral de la oficina, el ambiente se sintió denso, casi eléctrico. Sus compañeras no la saludaron con la alegría habitual; en su lugar, se encontró con cuchicheos interrumpidos y miradas furtivas que se desviaban en cuanto ella giraba la cabeza. No tardó mucho en entender que el veneno ya se había esparcido por los pasillos.
Valeria estaba allí.
Lucía impecable, enfundada en un vestido de seda que gritaba estatus, sentada en la sala de espera con una arrogancia que no se molestaba en disimular. Al ver a Camila, esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—¿Qué haces aquí, Valeria? —preguntó Camila, sintiendo cómo cada músculo de su cuerpo se ponía en guardia.
—¿No es obvio, querida? —respondió con una dulzura fingida que le revolvió el estómago—. He venido a cerrar un contrato importante con tu jefe. Al parecer, la vida profesional y la personal siempre terminan cruzándose en los mismos puntos, ¿no crees?
Camila apretó los puños, consciente de que media oficina estaba pendiente de su reacción.
—No vengas a buscar problemas donde no te han llamado —sentenció con la voz lo más firme posible.
—¿Problemas? No, Camila. Los problemas los tienes tú —Valeria se levantó, acercándose lo suficiente para que solo ella pudiera escuchar su susurro cargado de malicia—. Pensaste que con una noche de pasión podrías borrar diez años de historia. Qué ilusa. Los hombres como Leví no se quedan con mujeres... de tu clase. Eres solo un recreo, un error de impulso que él pronto empezará a lamentar.
Las palabras fueron cuchillos que cortaron la escasa paz que le quedaba. Camila respiró hondo, luchando contra las lágrimas de rabia que amenazaban con traicionarla frente a todos.
—Sal de aquí, Valeria. Tu pasado no me importa, pero no voy a permitir que pisotees mi dignidad en mi propio trabajo. Vete ahora —ordenó, señalando la salida con una autoridad que nació de la pura desesperación.
—Ya veremos quién queda de pie cuando la novedad se le pase —lanzó Valeria como última flecha antes de salir con su andar de modelo, dejando tras de sí un silencio sepulcral.
Esa tarde, cuando Leví fue a buscarla al trabajo, Camila salió del edificio antes de que él pudiera siquiera bajar del auto. Sus ojos estaban rojos y su expresión era de una frialdad que Leví nunca había visto en ella.
—¿Camila? ¿Qué pasó? Te he notado extraña todo el día —preguntó él, acercándose con genuina preocupación.
—No te acerques —dijo ella con la voz rota—. ¿Cómo es posible que esa mujer tenga acceso a mi oficina? ¿Cómo puede caminar por aquí como si fuera la dueña del lugar?
—Camila, te juro que no tenía idea de que vendría a las oficinas administrativas...
—¡Eso es lo peor, Leví! ¡Que no sabes nada! ¿Y ahora qué sigue? ¿Vas a dejar que me destruya poco a poco mientras tú miras desde tu torre de cristal? —el llanto finalmente explotó, una mezcla de humillación y cansancio.
—Yo jamás permitiría que alguien te haga daño, lo sabes...
—Entonces haz algo real, no solo promesas —Camila dio un paso atrás cuando él intentó abrazarla—. Por ahora, no quiero verte. Necesito respirar aire que no esté contaminado por tu pasado.
Camila se fue, dejándolo de pie en la acera, con el pecho apretado y la sensación de que el mundo que habían construido el domingo se estaba desmoronando entre sus dedos.
Esa noche, mientras ella lloraba en silencio abrazado a su almohada en la casa de su tía, y Leví miraba la ciudad desde su estudio sin saber cómo arreglar el desastre, ambos comprendieron una verdad amarga: el amor, por muy fuerte que sea, a veces no es suficiente para curar las heridas que los demás se encargan de abrir.
La historia no había terminado, pero esa noche algo esencial se había quebrado. El silencio que se instaló entre ambos fue más ruidoso y doloroso que cualquier grito, dejando claro que el amor también necesita espacio para sanar… o para decidir si vale la pena seguir luchando.