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Nada Es Gratis

Nada Es Gratis

Status: En proceso
Popularitas:4.4k
Nilai: 5
nombre de autor: escritora 2.0

Anaís no se casó por amor; fue vendida para salvar un imperio. Ahora, atrapada en una mansión de mármol negro que se siente como una tumba, debe aprender la primera regla de su nueva vida: Ricardo nunca pierde. Él es un hombre que no acepta errores, que castiga con el silencio y reclama con dolor. Entre moretones escondidos bajo maquillaje caro y el miedo constante a una promesa de muerte, Anaís deberá cuidar a una niña que es la viva imagen de su captor. En esta casa, las lágrimas ensucian y la obediencia es el único camino para seguir respirando. Pero, ¿cuánto puede resistir un corazón antes de romperse por completo?

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Capítulo 21: El fuego del olvido

El aire en la habitación se volvió pesado, saturado de una tensión que ya no era el miedo de antes, sino una urgencia carnal que Anaís dictaba con cada movimiento. Ricardo estaba sobre ella, sus manos grandes y toscas temblando mientras recorrían la curva de su cintura. Para él, tocarla era como caminar sobre cristales rotos: una mezcla de adoración y el terror constante de que, en cualquier segundo, ella lo recordara todo y lo apartara con asco.

Pero Anaís no recordaba. Y no quería recordar.

—Estás pensando demasiado —susurró ella, tirando de él por los hombros hasta que el pecho de Ricardo aplastó el suyo—. Te veo en los ojos... hay una sombra ahí. Déjala fuera de esta cama.

—No es tan fácil, Anaís... —masculló él contra su cuello, aspirando su aroma con una desesperación que le dolía.

—Haz que sea fácil.

Anaís arqueó la espalda, buscando el contacto, y sus manos bajaron con audacia hasta la hebilla del cinturón de Ricardo. La Anaís de antes habría esperado a que él tomara la iniciativa; esta nueva Anaís era una cazadora. El sonido del metal desabrochándose fue el último aviso antes de que la poca cordura que le quedaba a Ricardo saltara por los aires.

Se deshizo de su camisa con una violencia que hizo volar un par de botones, revelando su torso marcado y la cicatriz en su costado que Anaís recorrió con la punta de la lengua, haciéndolo gruñir. Ricardo la tomó por los muslos, abriéndola para él, y se hundió en el hueco de su cuello con besos que eran casi mordiscos.

—Dime que me quieres —pidió ella, con la voz entrecortada por el placer naciente—. No me importa si es mentira, dime que soy lo único que ves.

—Eres lo único... —respondió él, y por primera vez en su vida, no era una manipulación—. Eres mi vida entera, Anaís.

El encuentro fue una batalla de piel contra piel. El chapoteo rítmico y húmedo de sus cuerpos chocando se convirtió en la única música en la habitación, mucho más intenso que cualquier vez anterior porque esta vez ella participaba con una voracidad que asustaba a Ricardo. Ella le pedía más, le clavaba las uñas en la espalda, guiando sus embestidas con movimientos de cadera que lo llevaban al borde del abismo.

—¡Más, Ricardo! —gemía ella, con los ojos entreabiertos y brillantes de lujuria—. ¡Hazme olvidar que no tengo pasado! ¡Hazme sentir que solo existo ahora, contigo!

Él la tomó por las muñecas, fijándolas sobre su cabeza contra la seda de la almohada, y la miró fijamente mientras se movía dentro de ella con una fuerza brutal. Quería marcarla, quería que su cuerpo grabara su nombre tan profundo que ni siquiera la amnesia pudiera borrarlo. El clímax los alcanzó como una explosión, dejándolos a ambos jadeando, sudorosos y entrelazados en un abrazo que se sentía como una salvación.

Minutos después, mientras Anaís dormía agotada sobre su pecho, Ricardo se quedó mirando al techo, con el corazón todavía acelerado. Estaba viviendo en un sueño prestado. Sabía que esta pasión era un regalo del olvido, y que cada vez que la amaba así, estaba construyendo un castillo sobre arena movediza.

Se levantó con cuidado de no despertarla y caminó hacia el ventanal. Al mirar hacia abajo, hacia la entrada de la mansión, vio algo que le heló la sangre. Un coche negro estaba estacionado frente a la puerta principal. Un hombre bajó y dejó un sobre amarillo en el buzón antes de arrancar a toda prisa.

Ricardo bajó las escaleras descalzo, con el torso desnudo y el rastro de Anaís aún en su piel. Abrió el sobre con manos temblorosas. Dentro no había una amenaza de muerte, sino algo peor: una serie de fotografías de Anaís antes del accidente, llorando, siendo arrastrada por él, y una nota escrita con letras recortadas:

"Disfruta de tu muñeca mientras dure el olvido, Ricardo. Pero los muertos no se quedan callados, y los padres de Anaís quieren más dinero por su silencio. Si no pagas mañana, ella recibirá este sobre en sus propias manos."

Ricardo apretó el papel hasta hacerlo una bola. Miró hacia la habitación donde Anaís descansaba, feliz y enamorada de su captor. Sabía que la verdad era una bomba de tiempo, y que cada vez que la amaba con esa intensidad, solo estaba haciendo que la explosión final fuera más destructiva.

—No la vas a perder —se dijo a sí mismo, mirando su reflejo en el cristal oscuro de la ventana—. No ahora que por fin me mira con amor.

Lo que Ricardo no sabía es que Anaís no estaba tan dormida como él pensaba. Desde la puerta entreabierta del pasillo, ella lo había observado entrar al despacho. No recordaba el contrato, pero su instinto le decía que ese sobre amarillo guardaba algo que su "perfecto esposo" no quería que ella viera. Su curiosidad, ahora más audaz que nunca, acababa de despertar a una fiera que Ricardo no podría controlar por mucho tiempo.

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Maria Jose Ariza Ortiz
esta novela está más enredada que un costal de anzuelos no he entendido nada de nada
Rossy Bta
más capitulos 🙏🔥
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