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Reina ENTRÉ LAS SOMBRAS

Reina ENTRÉ LAS SOMBRAS

Status: En proceso
Genre:Mafia / Romance oscuro / Acción
Popularitas:418
Nilai: 5
nombre de autor: rosse 345

​"Luna murió en las calles para que Rose pudiera reinar en las sombras."
​Mi madre me llamó Luna Mongoberry al nacer, esperando quizás que fuera una luz suave en medio de la miseria. Pero la luz no te alimenta cuando tienes hambre, ni te protege cuando el mundo decide convertir tu vida en un infierno. Mi infancia no fue un cuento; fue una guerra de supervivencia que consumió cada rastro de nobleza y amabilidad que alguna vez tuve.
​Decidí dejar atrás a la niña débil. Me convertí en Rose Mongoberry, conservando el apellido que es sagrado para mí porque le perteneció a ella, pero transformando mi alma en algo mucho más letal. Rose tiene espinas, Rose quema, y Rose no perdona.
​En el mundo de la mafia, donde los hombres creen que las mujeres son solo trofeos, yo he venido a demostrar que soy el verdugo.
Bienvenidos a mi reino. Aquí, las rosas no huelen a perfume; huelen a pólvora y victoria.

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CAPÍTULO 10: EL AFILADO DE LAS ESPINAS

Esa noche no dormí en la cama de seda. Me senté en el suelo, junto al ventanal, con la urna de mi madre y el sobre de mi nueva identidad: Rose Mongoberry. Al amanecer, el Pistolero tocó a mi puerta.

​—Es hora, Rose. Si quieres ser parte de esto, hoy empieza tu verdadero infierno.

​Bajamos a un área de la finca que no había visto: un gimnasio táctico y un polígono de tiro privado. El Pistolero me lanzó un par de guantes y una cuerda.

—Primero, vamos a fortalecer ese cuerpo. Estás débil, desnutrida. No puedes disparar un arma si no puedes sostener tu propio peso.

​El entrenamiento fue brutal. Me obligó a correr hasta que mis pulmones ardían, a hacer flexiones hasta que mis brazos, marcados por las cicatrices de mi padre, temblaban violentamente. Cada vez que sentía que iba a desmayarme, recordaba el sonido del BOOM en la puerta de mi madre o la risa de Jordan en el callejón. Ese odio era mi gasolina.

​—¡Levántate, Rose! —gritaba el Pistolero—. ¡En la calle nadie te va a dar la mano si te caes!

​Después de semanas de acondicionamiento, llegó el momento que yo tanto esperaba: las armas. Me puso una pistola de 9mm en la mesa.

—Esta es tu mejor amiga y tu peor enemiga. Respétala.

​La tomé. El peso era frío, sólido. Al principio, el retroceso me golpeaba con fuerza, pero para sorpresa del Pistolero, mi puntería era antinatural. No era talento, era enfoque. Cuando miraba por la mira, no veía un blanco de cartón; veía la cara de Jordan, veía la cara de mi padre.

​Bang. Bang. Bang. Tres disparos al centro del pecho.

​—Tienes sangre fría, muchacha —dijo el Pistolero, casi con miedo—. Nunca vi a nadie aprender tan rápido.

​Un día, mientras descansaba en el establo, el chico que se había burlado de mí el primer día, aquel al que llamaban "El Rata", se me acercó cuando no había nadie.

—Así que ahora eres la consentida del jefe, ¿eh, piojosa? —me dijo, intentando acorralarme contra la madera—. Mucha ropa nueva, pero sigues oliendo a alcantarilla.

​Me agarró del brazo, justo donde tenía un moratón reciente del entrenamiento. Gran error. No grité. No pedí ayuda. En un movimiento que Hanna me había enseñado años atrás, combinado con la fuerza bruta que estaba ganando, le clavé el pulgar en el ojo y lo pateé en la rodilla con toda mi alma. Cuando cayó, le puse la bota en el cuello.

​—No me vuelvas a tocar —le susurré al oído, con una voz tan gélida que lo hizo temblar—. Ya no soy la niña que conociste. Ahora soy la que va a limpiar tu sangre del suelo si no te quitas de mi camino.

​El Pistolero, que lo había visto todo desde lejos, no intervino. Solo sonrió. Sabía que Rose Mongoberry estaba lista para algo más que prácticas.

​Esa noche, el Viejo me llamó a su oficina. Estaba rodeado de humo de tabaco y mapas.

—Rose, has progresado más en tres meses que mis hombres en un año. Tu odio te hace fuerte, pero no dejes que te haga descuidada.

​Se inclinó hacia adelante en su silla de ruedas y puso una foto sobre el escritorio. Mi corazón dio un vuelco. Era una foto borrosa de un bar de mala muerte a las afueras de la ciudad. En la puerta, se veía la silueta de un hombre borracho.

​—Mis informantes dicen que tu padre ha estado gastándose el dinero que te robó en este lugar —dijo el Viejo—. Mañana tenemos un "trabajo" cerca de allí. Pistolero irá a cargo... y tú irás con él. No como limpiadora, Rose. Como apoyo.

​Miré la foto. Sentí que el nombre de Rose Mongoberry por fin iba a empezar a escribirse con la sangre de quienes me lo quitaron todo.

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la potaxia 63
☺️🤭
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