En un mundo donde los dragones eligen a sus jinetes y los reinos se sostienen sobre alianzas forzadas. El amor es un lujo que nadie puede permitirse en tiempos de guerra. Elian Kovács siempre supo que su destino no le pertenecía al nacer enfermizo. Principe Omega del reino nórdico, y pieza clave en la guerra que se aproxima, su vida queda sellada cuando es prometido en matrimonio al heredero del poderoso Dominium Sárkányvér, un alfa al que jamás ha visto… y al que está destinado a obedecer como su futura esposa. Pelear en contra del clan del desierto. Pero ambos antes de rendirse al deber cometen un error. Lo que debía ser un escape sin consecuencias… Se convierte en un secreto imposible de ocultar. Porque semanas después, Elian descubre que lleva dentro algo más que culpa. Lleva un hijo concebido fuera del pacto. Una verdad que, de salir a la luz, podría significar la caída de su clan o su exterminio. Porque en un mundo donde el deber lo es todo. El amor puede ser la guerra más letal.
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El milagro de lo imposible
Pasaron unas semanas más. El castillo nórdico estaba patas arriba, arreglos de flores por todos lados, arbustos de decoración, centros de mesas, sillas, mesas para el banquete, recepción de carnes, especias, vegetales, frutas, y demás alimentos.
Y el invierno parecía haberse vuelto más cruel pero la fiesta debía seguir.
La habitación del Omega permanecía apartada y silenciosa, ajeno a todo ese alboroto, las ventanas y el balcón cubiertos de nieve.
El omega llevaba días sintiéndose extraño.
Cansancio.
Náuseas.
Mareos repentinos.
Y un calor incómodo en el pecho que iba y venía a pesar de parecer estar mejor que hace semanas atrás.
Intentó ignorarlo.
De verdad lo intentó.
Quería dormir todo el día pero de la nada debía salir corriendo al baño.
Esa mañana, apretó con fuerza la taza caliente entre sus manos mientras observaba el fuego de la chimenea.
Su guardaespalda y mejor amigo, Soren, lo miraba desde el otro lado de la habitación con evidente preocupación.
—Te ves horrible.
—Gracias.
—Pareces más enfermo.
—Estoy cansado solamente. Ya quiero que está boda pase lo más rápido posible.
Soren frunció el ceño.
—Llevas tres días vomitando y sin comer bien. ¿Cómo crees que vas a ir caminando al altar tan débil?
El omega evitó mirarlo.
Eso era lo peor.
Porque sabía exactamente cuándo había comenzado todo.
Después de aquella noche de locura y pasión.
Después del alfa enmascarado.
Después del maratón de amor, arrebato y cariño.
Su pecho dolió apenas recordándolo.
Rápidamente apartó el pensamiento.
No podía permitirse eso.
No ahora.
No cuando faltaban solamente tres días para su boda.
Tres santos días.
La puerta se abrió suavemente y una mujer mayor entró a la habitación cargando hierbas medicinales.
Era la enfermera de más confianza de la realeza, la mano derecha del doctor.
Una beta anciana llamada Ilse.
—Traje lo que pidio su majestad.
El omega le sonrió apenas.
—Gracias.
La mujer comenzó a revisar unas botellas mientras él dudaba unos segundos.
Luego habló con aparente calma.
—Ilse…
—¿Hm?
—Quería preguntarte algo.
La anciana levantó una ceja.
—¿Qué sucede?
El omega tragó saliva.
Intentó sonar casual.
—En…mi condición.
La mujer lo miró atentamente.
—¿Sí?
—Si estuviera con mi futuro esposo… ¿existiría alguna posibilidad de embarazo si llegamos a intimar?
La habitación quedó silenciosa.
Soren levantó lentamente la mirada.
Ilse parpadeó sorprendida.
Luego soltó una pequeña risa incrédula.
—No.
El omega sintió que el corazón le golpeó fuerte.
—¿Segura?
—Completamente.
Ella dejó las hierbas sobre la mesa.
—Tu cuerpo es diferente. Ya lo sabes. Un embarazo sería prácticamente imposible. No estás en celo y ese es un factor clave. El doctor va a manejar tu celo con hierbas, para cuándo sea la noche de bodas no quedes embarazado si llega a aparecer tu celo o el Rut del principe. Una anudacion en tu condición te haría las cosas muy difíciles. Eso es un proceso de concepción para el que no naciste.
Todas esas palabras debieron tranquilizarlo.
Pero no lo hizo.
Porque algo dentro de él seguía aterrorizado.
Ilse continuó hablando.
—Y si llegara a ocurrir…
La anciana se volvió seria.
—Sería extremadamente peligroso.
El omega sintió frío recorriéndole la espalda.
—¿Peligroso…?
—Tu cuerpo no soportaría bien el proceso. Habría riesgos para ambos, tú y el bebé. Por eso habrá guardias para informar de cualquier percance y yo te haré la visita periódicamente.
Soren se tensó de inmediato.
Pero el omega forzó una sonrisa.
—Entiendo.
La enfermera no pareció notar el miedo en sus ojos.
—No deberías preocuparte por eso. Esto es solo un matrimonio político, solo deben consumar la noche de bodas y luego de ahí ya no tendrás que compartir el lecho con tu futuro esposo. Tendrás habitación separada. Sé le explicará tu condición y seguirás con tu vida. Puedes elegir una concubina a los tres meses si no concibes y que ella se encargue de mantener caliente la cama del príncipe y le dé un heredero. La crianza del bebé la elegirás tú, el nombre, sus estudios y demás detalles.
Si ella supiera…
Horas después.
El omega estaba solo en su habitación.
Con las manos temblando.
Frente a un viejo libro de medicina prohibida que pidió que le llevaran.
Había pasado toda la tarde leyendo.
Una y otra vez.
Síntomas antiguos.
Casos extraños.
Historias olvidadas.
Y mientras más leía…
Más pálido se volvía.
Finalmente abrió lentamente un pequeño envoltorio escondido bajo la cama que le trajo de la enfermería en el primer piso sin que nadie lo viera.
Una prueba artesanal.
Antigua.
Rudimentaria.
Pero efectiva según los textos.
Sus dedos temblaron mientras realizaba el procedimiento.
El silencio de la habitación se volvió insoportable.
Y entonces…
El pequeño líquido cambió de color al poner un poco de su orina en el.
El omega dejó de respirar.
—No. No....
No podía ser.
Retrocedió un paso.
Miró nuevamente.
Pero el resultado seguía ahí.
Positivo.
El libro cayó de sus manos.
Y lentamente llevó una mano hacia su vientre.
Llenó de sueños imposibles.
Pequeño.
Pero allí había vida.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Dioses… ¿Estoy soñando?
La puerta se abrió de golpe.
Soren entró alarmado al escuchar el ruido desde el pasillo.
—¿Qué pasó?
Entonces vio la prueba.
Y palideció.
—…¿Que es eso? ¿Es lo que creo que es? ¿Por eso tantas preguntas a la enfermera?
El omega no pudo hablar.
Soren caminó rápidamente hasta él arrebatándole el pequeño recipiente.
Lo observó. Y maldijo por lo bajo.
—No… no, no, no… Maldita sea.
El omega finalmente levantó la mirada. Completamente roto.
—Estoy embarazado. Eso no miente.
Soren cerró los ojos con fuerza.
Como si quisiera despertar de una pesadilla.
—Esto no puede estar pasando.
—Yo…
—¡¿Te volviste loco?! ¡¿Te dejaste anudar por aquel maldito con el que estuviste semanas atrás?!
El omega bajó la cabeza.
Y el silencio fue suficiente respuesta.
Soren abrió los ojos horrorizados.
—… El alfa de la taberna...
Las lágrimas comenzaron a caer silenciosamente. Por más raro que fuera se sentía feliz de alguna forma. ¿Un bebé de él? ¿Contra toda su realidad triste y dolorosa?
— Esto no puede estar pasando— le dice Sobren.
—Es un milagro…
El guardaespaldas pasó una mano desesperada por su rostro.
—Tienes que deshacerte de eso. ¿No lo entiendes?
La frase atravesó el pecho del omega. Alzó la vista y lo miro con desprecio.
—No.
—¡Escúchame!
Soren lo sujetó por los hombros.
—¡Tu vida corre peligro!
—Lo sé.
—¡Puedes morir!
El omega apretó los labios temblorosamente.
—Probablemente moriré pronto de todos modos.