Había pasado un año desde que Geisa había abandonado a su marido, el jeque Ali Hasam y echaba de menos a aquel hombre guapo, arrogante y apasionado, pero ¿de qué serviría volver a él si no era capaz de darle lo que él tanto necesitaba: un hijo y heredero? Cuando Ali la engañó para que regresara, Geisa se sintió furiosa y confundida. ¿Por qué la quería a su lado mientras luchaba con su padre por el trono de Jezaen ? Porque sólo podría triunfar si les demostraba a sus enemigos que tenía una esposa fiel y embarazada...
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Capitulo 10
Sin parar de mascullar maldiciones, Hassan se movía alrededor de la cama como un tigre enjaulado, mientras el médico del barco examinaba a Geisa.
-No se ha roto ningún hueso, ni tampoco se ha hecho ninguna herida en la cabeza.
-Entonces, ¿por qué sigue inconsciente? -preguntó Hassan con irritación.
-El golpe ha sido muy fuerte, señor -sugirió el médico-. Y solo lleva así unos minutos.
Pero cada minuto era una eternidad para quien siente remordimiento, pensó Hassan.
-Una compresa fría podría servir para.. .
-Rafiq -llamó Hassan haciendo chasquear los dedos. El sonido hizo que Geisa pestañeara. Hassan se abalanzó sobre ella. El médico se apartó y Rafiq se detuvo.
-Abre los ojos -le sujetó el rostro con una mano temblorosa y lo giró hacia él.
Ella obedeció y lo miró.
-¿Qué ha pasado? -balbució con la mirada vacía.
-Te caíste por las escaleras. Dime dónde te duele
-Ella frunció el ceño, intentando recordar-. Concéntrate -insistió-. ¿Te has hecho daño?
-Creo que estoy bien -cerró los ojos un momento y al abrirlos lo miró fijamente. Vio su angustia, su preocupación, su culpa. ..y entonces recordó por qué había caído.
Las lágrimas empezaron a afluir de nuevo.
-Te fuiste y lo hiciste -balbució entre sollozos.
-No, no lo hice -rechazó él-. Fuera -les ordenó a los otros dos testigos.
Rafiq y el médico se apresuraron a salir.
Era una situación peligrosa, pensó Hassan. El deseo de besarla era tan fuerte que apenas podía respirar. Era suya. ¡Suya! No tendrían que estar en esa situación.
-No, no te muevas -le dijo cuando ella intentó incorporarse-. Ni siquiera respires a menos que tengas que hacerlo. ¿Por qué las mujeres sois tan estúpidas? Primero me insultas con tus sospechas, luego me exiges una respuesta, y cuando no es la que quieres oír me matas con tu dolor.
-No tenía intención de caer por las escaleras -recalcó ella.
-No me refiero a la caída -espetó, pero se fijó en su mirada confundida y vulnerable-. ¡Oh, Alá, dame fuerzas! -murmuró entre dientes, y entonces se rindió a la tentación.
Si la hubiera besado con menos pasión, tal vez Geisa hubiera opuesto resistencia. Pero así no. Necesitaba que descargase todo en el beso y, además, le gustó comprobar que él también estaba temblando. Y lo echaba de menos. Añoraba sentir la presión de sus muslos contra los suyos, añoraba la voracidad de sus besos ardientes... Era como disfrutar de un banquete tras un año de hambruna. Quería saciarse con sus labios, su lengua, sus dientes, su sabor... Deslizó las manos bajo la capa, donde solo la fina túnica de algodón las separaba de los músculos endurecidos. Le hincó los dedos en los hombros, invitándolo a tomar todo cuanto quisiera.
Él el tomó los pechos, los acarició y moldeó antes de seguir la esbelta curva de su cuerpo. La apretó contra su erección, y ella sintió que ardía en llamas. Aquel era su hombre, el amor de su vida. Jamás podría encontrar a otro. Todo lo que él tocaba le pertenecía. Y todo lo que deseaba lo conseguía…