Dorius Isolde tiene un secreto: puede convertirse en un gato naranja.
Desde que su abuela murió, vive en una casa de acogida con otros cuatro niños y Sonia, la única adulta que lo ha querido sin condiciones. En el instituto, es invisible. El chico callado de la última fila. El que nadie mira.
Kael Alistar es todo lo contrario. Capitán de baloncesto, popular, guapo, rodeado de gente. Pero su sonrisa es una máscara. En casa, sus padres lo desprecian por el color de su pelo —negro, en una familia de rubios— y le exigen que sea perfecto. En las noches, cuando nadie lo ve, se sienta frente a la ventana y le habla a un gato naranja que aparece los jueves.
El gato es Dorius.
Y Kael no lo sabe.
Todavía.
NovelToon tiene autorización de Bai Qi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO #7: JUEVES SIN GATO.
...KAEL....
El jueves siguiente esperé en la ventana hasta tarde.
La noche estaba fría, de esas de noviembre en que el viento se cuela por las rendijas y la calefacción no termina de alcanzar. Tenía un trozo de pollo en un plato, preparado por si acaso, y una manta sobre las piernas mientras miraba el árbol.
El gato no apareció.
Tampoco había aparecido el jueves anterior. Ni el anterior a ese. Hacía tres semanas ya que el naranja no saltaba del roble a mi ventana, que no se acurrucaba en mi regazo, que no ronroneaba mientras yo hablaba de cosas sin importancia.
Lo extrañaba.
Más de lo que debería extrañar a un animal que apenas conocía.
—¿Sigues ahí?
La voz de Adán llegó desde la puerta de la habitación. Me giré. Mi amigo estaba apoyado en el marco, con una lata de refresco en la mano y una expresión de preocupación mal disimulada.
—No ha venido —dije.
—Ya veo.
Adán entró y se sentó en la cama. Miró el plato de pollo, la ventana abierta, mi postura encogida.
—Llevas tres semanas igual.
—Lo sé.
—Es un gato, Kael.
—Lo sé.
—Puede que haya encontrado otro sitio. Otra casa. Otra persona.
Apreté la mandíbula.
—O puede que le haya pasado algo.
Adán suspiró.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Salir a buscarlo por todo el barrio?
—No sé.
Adán se levantó y fue hacia la ventana. Miró el árbol, la calle vacía, las luces de las casas de enfrente.
—Sabes que esto no va del gato, ¿verdad?
No respondí.
—Esto va de que necesitas algo que te sostenga. Y el gato era eso. Y ahora que no está, te sientes vacío.
—Qué bien me conoces —murmuré, sin acritud.
—Nueve años, Kael. Nueve años viéndote.
Nos quedamos en silencio. El viento movió las ramas del roble.
—Hay alguien más —dije de repente.
Adán levantó una ceja.
—¿Cómo?
—Dorius. Vino el otro día. Caminaba por aquí y lo invité a pasar.
Adán frunció el ceño.
—¿Dorius? ¿El callado?
—No es tan callado cuando se siente cómodo.
—¿Y qué hicieron?
—Comimos pizza. Le enseñé mis cosas.
Adán me miró con sorpresa.
—¿Les enseñaste tus cosas? ¿A él?
—Sí.
—Pero si ni siquiera yo las he visto.
Me encogí de hombros.
—Fue raro. Con él es fácil. No sé por qué.
Adán se quedó callado un momento. Algo cruzó por su expresión, algo rápido que no alcancé a identificar.
—Me alegro —dijo al final, pero su voz sonó extraña—. Me alegro de que tengas a alguien más.
—No es como contigo —dije—. Eres diferente.
—Ya.
Otro silencio. Más incómodo esta vez.
—Bueno —Adán se levantó—, me voy. Mañana hay entrenamiento. No llegues tarde.
—No lo haré.
Adán se detuvo en la puerta.
—Kael. El gato volverá. O no. Pero tú tienes que estar bien con o sin él.
Y se fue.
Me quedé solo, mirando la noche, esperando algo que quizá no volvería.
...--------♡--------...
...SOL....
Estaba despierto esa noche, pero no en mi cuerpo de gato.
Desde la conversación con Sonia, desde la tarde en casa de Kael, algo había cambiado en mí. La necesidad de convertirme en animal seguía ahí, pero ahora era distinta. Más controlada. Menos urgente.
Sonia tenía razón. Esconderse cansaba. Y yo estaba cansado de esconderme.
Pero no podía dejar de ser el gato del todo. No cuando Kael me esperaba.
El problema era que, si volvía como gato, seguiría siendo el mismo engaño. Kael me acariciaría sin saber quién era. Me contaría cosas sin saber que me las estaba contando a mí. Y yo seguiría ahí, recibiendo un amor que no era para mí, sino para una versión falsa de mí mismo.
No podía seguir así.
Pero tampoco podía confesar.
—Veintinueve —murmuré, mirando el techo de mi habitación.
Sonia me había preguntado una vez por qué ese número. No supe responder. Solo sabía que necesitaba un plazo. Una fecha. Un límite.
Antes no. Antes no podía.
A la mañana siguiente, en el instituto, Kael se sentó a mi lado en clase.
No era raro que lo hiciera, pero esta vez fue distinto. No se sentó solo para preguntarme algo rápido. Se sentó y se quedó. Sacó sus cosas. Apoyó los codos en la mesa.
—Hoy me quedo aquí —dijo.
Parpadeé.
—¿Y Adán?
—Allá atrás. Dijo que no le importaba.
Miré hacia atrás. Adán estaba en su sitio habitual, con los auriculares puestos, mirando por la ventana. Pero cuando nuestros ojos se encontraron, Adán me sostuvo la mirada un par de segundos. Luego desvió la vista.
Algo había en esa mirada. Algo que no supe interpretar.
—¿Seguro que no le importa? —pregunté.
—Seguro. Además —Kael bajó la voz—, quería preguntarte algo.
—¿Qué?
—¿Te gustaría venir este fin de semana? Podríamos hacer algo. Ver una película. O lo que sea.
Sentí que el corazón se me aceleraba.
—¿A tu casa?
—O donde quieras. Pero mi madre no va a estar, así que...
—Vale.
—¿Vale?
—Sí. Vale.
Kael sonrió. Esa sonrisa pequeña, real.
—Bien.
El profesor entró y empezó la clase. No escuché ni una palabra. Estaba demasiado ocupado pensando en el fin de semana. En Kael. En lo que significaba que me invitara.
En lo mucho que me quedaba hasta el capítulo veintinueve.
Esa noche ayudé a Lucas con sus deberes.
El niño estaba aprendiendo a leer y se frustraba cuando no entendía las palabras. Me senté con él, paciente, señalando cada letra, ayudándolo a juntar los sonidos.
—Dorius —dijo Lucas, después de un rato—. ¿Tú tienes mamá?
La pregunta me llegó sin avisar.
—No —respondí—. Bueno, sí, en algún lado. Pero no vivo con ella.
—¿Por qué?
—Porque no podía cuidarme.
Lucas asintió con la seriedad de un niño de seis años.
—Mi mamá sí podía —dijo—. Pero se murió.
Sentí un nudo en la garganta.
—Lo sé.
—Pero está Sonia. Y tú. Y los otros.
—Sí.
Lucas me miró con sus ojos grandes.
—¿Tú te vas a ir algún día?
—Cuando sea mayor, sí. Tendré que irme.
—¿Y vas a volver a visitarnos?
Dudé un segundo. No sabía la respuesta. No sabía qué pasaría cuando terminara el instituto, cuando encontrara un trabajo, cuando tuviera que dejar atrás la casa de acogida.
—Si puedo, sí —dije.
Lucas sonrió y volvió a sus letras.
Me quedé pensando. En las despedidas. En las familias que se eligen. En lo difícil que era querer a alguien sabiendo que algún día tendrías que irte.
Pero quizá eso era lo que hacía que querer valiera la pena.
El sábado llegó más rápido de lo que esperaba.
Me pasé la mañana nervioso, sin saber qué ponerme, cambiándome de ropa tres veces. Los niños me miraban con curiosidad.
—¿Vas a una cita? —preguntó Martina, con picardía.
—No. A casa de un amigo.
—¿Un amigo o un novio?
—Martina —la reprendió Sofía—, no seas metiche.
—Solo pregunto.
Sentí que me sonrojaba.
—Es un amigo —dije—. Solo un amigo.
Nadie pareció creérselo del todo.
Sonia me alcanzó en la puerta cuando me iba.
—¿Seguro que no quieres que te lleve?
—Está bien. Queda cerca.
—Dorius.
Me giré.
—Pásala bien —dijo Sonia, con una sonrisa cálida—. Merezco verte feliz.
Sonreí.
—Gracias.
Y me fui.
El camino hasta casa de Kael se me hizo eterno y corto al mismo tiempo. Cuando llegué, Kael ya me esperaba en la puerta.
—Pensé que no vendrías —dijo.
—Dije que sí.
—La gente dice muchas cosas.
Lo miré.
—Yo no.
Kael sonrió y me hizo pasar.
no?
por q nací Blanca 🤦JAKDJDSJDJ
Bello, hermoso.😻