Alina Rinaldi siempre ha sabido cuál es su lugar: obedecer, callar y sobrevivir dentro de un clan que nunca ha sido realmente suyo.
Adriano Vassari nació para mandar. Como heredero de una de las dinastías más poderosas, su futuro ya está escrito… incluso si eso significa casarse con una desconocida.
Cuando sus caminos se cruzan lejos de las reglas y los nombres que los atan, lo que comienza como un encuentro casual se convierte en algo imposible de ignorar.
Pero en un mundo donde la sangre lo define todo, hay verdades que no pueden ocultarse para siempre.
Y cuando salgan a la luz, no solo destruirán el acuerdo que los une…
podrían destruirlos a ellos también.
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 9
Alina
Lo tenía a centímetros.
Podía sentir su calor.
Su respiración.
El leve aroma del alcohol mezclado con su perfume… algo peligroso, adictivo.
Su camisa estaba ligeramente desabotonada.
Y sobre mis hombros… aún descansaba el saco de su traje.
Lo apreté contra mí sin darme cuenta.
Como si eso pudiera sostener algo que claramente se estaba desmoronando.
Lo había dicho.
Había cruzado esa línea.
Me estaba enamorando de él.
De un desconocido.
---
—Yo me estaba enamorando de ti, Alina… sin saber quién eras.
Su voz fue más baja.
Más honesta.
Más… cansada.
—Ahora sé que me temes.
Dio un paso atrás.
Como si necesitara espacio.
Como si necesitara protegerse.
Sentí un vacío inmediato.
—Ahora que sabes quién soy… —pregunté— ¿sigues sintiendo algo por mí?
Me miró.
Directo.
Sin esquivar.
Y en ese instante entendí algo:
Los ojos no mienten.
Nunca.
Pasó una mano por su cabello, frustrado.
—Aún siento algo por ti… —hizo una pausa breve—. Han pasado solo unas horas, Alina.
Solté una pequeña exhalación.
—Quiero terminar esta conversación.
—Llevo más de veinticuatro horas bebiendo.
—Eso no es culpa mía.
El silencio volvió.
Pero esta vez no era incómodo.
Era… tenso.
---
De pronto, tomó mi mano.
—Ven.
Fruncí el ceño.
—¿A dónde me llevas?
—A la cocina.
No pude evitar mirarlo con incredulidad.
—¿Esta no es tu casa?
—No.
Respondió sin más.
Como si eso fuera normal.
Como si nada en su vida fuera estable.
---
Entramos a la cocina.
Abrió la nevera.
Sacó una jarra de agua fría.
—¿Quieres?
Negué suavemente.
Sirvió un vaso.
Le agregó limón.
Lo bebió casi de un solo trago.
Lo observé.
Cada movimiento.
Cada gesto.
Había algo en él… más humano de lo que todos decían.
Más real.
---
Se sentó frente a mí.
—Necesito algunos datos tuyos.
Fruncí el ceño.
—¿Qué tipo de datos?
—Número de cuenta. Identificación. Seguridad social.
Lo miré, confundida.
—¿Para qué?
—Tus padres no van a darte dinero ahora.
Silencio.
No lo había pensado.
—No lo sé…
—Por eso mismo —continuó—. Vas a recibir una consignación mensual.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Si no es suficiente, se aumenta. Salud, gastos, todo estará cubierto.
Su tono era práctico.
Frío.
Pero… había algo más.
Responsabilidad.
—Gracias.
No supe qué más decir.
---
Se levantó.
Yo también.
Y en ese pequeño espacio…
volvimos a encontrarnos.
Sin palabras.
Sin acuerdos.
Solo… nosotros.
La distancia desapareció.
Y con ella… la razón.
Me acerqué.
Él no se movió.
No se apartó.
Pero tampoco avanzó.
Era como si ambos estuviéramos esperando que el otro cometiera el error.
Subí la mano lentamente.
Quería tocarlo.
Quería confirmar que seguía siendo él.
Que no era solo el nombre.
El apellido.
El poder.
Pero cuando mis dedos estuvieron a punto de rozar su pecho…
él reaccionó.
Rápido.
Tomó mi mano.
Sus ojos se clavaron en los míos.
Intensos.
Alertas.
Casi… vulnerables.
—Me asusté —dije en voz baja—. Cuando vi la marca.
Tragué saliva.
—Pero te conocí antes.
Pausa.
—Y eso no lo podemos borrar.
Su mirada cambió apenas.
—Además… —añadí, intentando sostenerme— sería muy injusto que no me dejaras tocarte nunca más.
Silencio.
Largo.
Pesado.
Finalmente…
me soltó.
Mi mano cayó suavemente sobre su pecho.
Justo donde estaba la marca.
Sentí el calor.
La textura.
La realidad.
Él me tomó de la cintura.
Y me acercó.
Sin brusquedad.
Pero sin dudas.
Y entonces…
me besó.
---
No fue un beso suave.
Fue necesidad.
Fue tensión acumulada.
Fue todo lo que no habíamos dicho.
Me sentó sobre la isla de la cocina.
Mis manos en su cuello.
Las suyas firmes en mi cintura.
—No vayas a parar… —susurré.
Su respiración se volvió más pesada.
Pero negó.
—No voy a acostarme contigo hoy.
Parpadeé, confundida.
—¿Qué?
Apoyó su frente contra la mía.
—Te mereces que esté sobrio.
Sus palabras me desarmaron.
—Nunca te acuestes con un hombre borracho, Alina.
Me bajó con cuidado.
Como si ese simple gesto requiriera más control del que tenía.
---
Subimos.
En silencio.
Buscando la habitación principal.
Como dos personas que no sabían qué hacer con lo que sentían.
Apenas entramos…
lo escuché.
Corrió al baño.
Y comenzó a vomitar.
El sonido era crudo.
Real.
Humano.
Me senté en la cama.
Mirando al vacío.
Y, por primera vez en toda la noche…
sonreí levemente.
—Eso te pasa por beber como un idiota —murmuré para mí misma.
Pero en el fondo…
sabía que no era solo el alcohol.
---
Era todo.
Nosotros.
Lo que éramos.
Lo que no podíamos ser.
Y lo que, aun así…
seguíamos intentando.