Ella es una esclava del Reino, obligada a entregarle su cuerpo a los guardias reales y Samuráis Buscará ascender En la alta sociedad sin importarle nada
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Prólogo

Me llamo Ai.
En la lengua de los antiguos, significa "amor". Mis padres, la gente que me vendió, seguramente pensaron que era un chiste excelente. O quizás simplemente les gustaba la ironía. Como llamar "Loto" a un estanque seco, o "Felicidad" a una aldea donde los niños mueren de hambre cada invierno.
El amor no existe.
Eso lo aprendí antes de aprender a leer.
El olor a algas podridas y excremento de caballo lo impregnaba todo. Ese fue mi primer recuerdo nítido de la capital: el hedor. Durante doce días viajé amontonada en el fondo de una jaula de bambú, encogida entre otras cinco niñas que apestaban a orina y miedo. Mis padres me habían vendido por tres sacos de arroz y una promesa de "un futuro mejor" que ninguno de los dos creía.
Pero el hedor no era lo peor.
Lo peor era el silencio de las otras niñas. Ninguna lloraba. Ninguna hablaba. Solo mirábamos los tablones de bambú, los pies del mercader que caminaba junto a la carreta, y esperábamos. Así es como viaja el ganado. En silencio. Esperando.
Cuando las puertas del yuukaku se cerraron detrás de nosotras, supe que había cruzado algo más que un umbral. Había cruzado la línea que separa a las personas de las cosas.
La dueña de la casa me examinó como si fuera un caballo. Me abrió la boca para ver mis dientes. Me levantó el kimono sucio para inspeccionar mi cuerpo. Palpó mis muñecas, mis tobillos, incluso contó mis dedos.
—Esta servirá —dijo, sin mirarme a mí, mirando al mercader—. Tiene los huesos finos. Cuando madure, habrá que venderla bien.
Luego vinieron los hombres de la oficina del censo. Funcionarios del reino, con túnicas limpias y espadas que nunca habían usado. Traían hierros calientes.
—Es el protocolo —explicó uno, casi amable—. Todo el ganado que entra en la capital debe llevar la marca del shogunato. Para que se sepa de quién es.
No me ataron. No hizo falta. Había cinco hombres armados a mi alrededor y yo tenía nueve años.
El hierro descendió.
El sonido fue lo peor. Ese siseo, como de pescado fresco cayendo en aceite hirviendo. Luego vino el olor: mi propia carne quemándose. Luego vino el dolor, pero para entonces yo ya había aprendido a irme a otro lugar dentro de mi cabeza, un lugar oscuro y vacío donde el amor no existe y el dolor tampoco.
Cuando desperté, tenía la marca del reino grabada en la nuca. Justo debajo de la línea del cabello, para que los clientes no la vieran y se sintieran incómodos. Pero yo sabía que estaba allí. Un círculo imperfecto con un kanji en el centro: 「用」 . Yō. Propiedad. Posesión. Artículo de uso.
Eso era yo ahora. Un artículo de uso.
Esa noche, la dueña me explicó mi nueva vida mientras me daba un cuenco de sopa aguada.
—Aquí tienes dos opciones —dijo—. Obedeces o mueres. Obedeces bien y quizás, si tienes suerte, llegues a shinzō antes de que se te sequen los pechos. Obedeces mal y acabarás en las casas del puerto, donde los coolies te parten en dos antes de que cumplas quince. ¿Entiendes?
Asentí.
—Bien. Ahora traga eso y lávate. Esta noche empiezas.
—¿A hacer qué? —pregunté.
Ella sonrió. No era una sonrisa amable.
—Aprenderás.
Aprendí.
Aprendí que una kamuro —una niña aprendiza— no es más que los ojos y oídos de la cortesana a la que sirve. Aprendí a caminar sin hacer ruido. Aprendí a leer el estado de ánimo de un hombre en la forma en que apoyaba los dedos sobre el cuenco de sake. Aprendí a desaparecer en las sombras cuando los guardias reales visitaban la casa y exigían "privacidad".
Los guardias reales.
Ellos fueron mis primeros maestros sin saberlo.
Los observaba desde los pasillos oscuros mientras bebían y fanfarroneaban. Llevaban sus títulos cosidos en las mangas, sus nombres de familia grabados en las espadas, sus historias de honor bordadas en cada palabra. Hablaban de sus hazañas en batallas que quizás nunca ocurrieron. Hablaban de sus antepasados ilustres. Hablaban de su deber, su lealtad, su meiyo —su honor— como si fueran cosas tangibles, como si pudieran sostenerlas en las manos.
Yo también quería eso.
No el honor. El honor es un juguete de hombres. Yo quería lo que el honor les daba: poder para no ser lastimada. Poder para decir "no". Poder para salir de esta casa sin que nadie pudiera detenerme.
Cuando tenía once años, una noche uno de esos guardias me encontró espiando. Era un hombre joven, apenas veinte años, borracho de sake y de juventud. Me arrastró a un cuarto vacío.
—Las kamuro también sirven —dijo.
No supe qué responder. No estaba entrenada para eso todavía. La dueña me había prometido que tendría unos años más antes de... antes de eso.
Pero los deseos de un samurái están por encima de las promesas de una alcahueta.
Cuando terminó, me quedó mirando al suelo de tatami manchado. Él se arregló el cinturón, se ajustó las espadas, y me dedicó una sonrisa.
—Esto no ha pasado —dijo—. Y si hablas, diré que me provocaste. ¿Sabes qué les pasa a las niñas que provocan a los samuráis?
Lo sabía. Lo había visto. Cuerpos pequeños flotando en el río Sumida, demasiado pequeños para ser mujeres, demasiado hinchados para ser niñas.
—No ha pasado —repetí.
Asintió, satisfecho. Antes de irse, se detuvo en la puerta.
—Por cierto —dijo, sin mirar atrás—. Me llamo Takeshi. Guerrero de tercera clase del clan Hosokawa. Cuando crezcas y te conviertas en una puta de verdad, búscame. Me gusta el pescado fresco.
Y se fue.
Esa noche, mientras sangraba en la estera, descubrí algo importante: la rabia no duele. Duele menos que una bofetada. Duele menos que un hierro al rojo. Duele menos que lo que me acababa de pasar.
La rabia calienta.
Y esa noche, por primera vez, no lloré.
Pasaron los años.
Crecí. Mi cuerpo cambió, como la dueña había predicho. Me ascendieron de kamuro a shinzō. Empecé a recibir entrenamiento: cómo servir el sake, cómo tocar el shamisen, cómo conversar sin decir nada importante, cómo hacer que un hombre se sintiera el centro del universo.
Y cómo escuchar.
Eso se me daba especialmente bien. Escuchar en la penumbra. Escuchar detrás de los biombos. Escuchar los secretos que los hombres soltaban entre jadeos, entre borracheras, entre fanfarronadas.
—El clan Tokugawa va a caer... El daimyo de Satsuma está reuniendo tropas... El consejero del shogun visita esta casa cada luna nueva y prefiere a las chicas jóvenes...
Secretos. Poder en estado puro, empaquetado en palabras.
Los guardias reales, los samuráis del imperio, los funcionarios de la corte... todos pasaban por nuestras puertas. Todos hablaban. Todos me usaban.
Y yo los usaba a ellos.
Aprendí que un hombre es más débil cuando cree que es más fuerte. Cuando está desnudo, jadeando, vaciándose dentro de una mercancía, es cuando más vulnerable se vuelve. Sus espadas están lejos. Sus títulos no le sirven. Su linaje no lo protege del ridículo.
Un hombre desnudo es solo un animal.
Y los animales pueden ser domesticados. O sacrificados.
Anoche tuve un sueño.
Soñé que Takeshi, el guerrero de tercera clase que me robó la infancia, entraba en mi habitación. Era mayor, más gordo, con el cabello entrecano. Venía a cobrar su promesa de años atrás: "Cuando seas una puta de verdad, búscame".
No tuve que buscarlo. Él vino solo.
En el sueño, me sonrió con la misma suficiencia de aquella noche. Se desvistió. Se tumbó en mi futón. Cerró los ojos.
Y yo saqué una horquilla de mi cabello. Larga. Afilada. De acero, no de bambú.
Me arrodillé junto a él.
—¿Sabes qué significa mi nombre? —susurré—. Ai. Amor.
Él no respondió. Dormía como un niño.
Clavé la horquilla.
Su ojo derecho se abrió de golpe, pero era demasiado tarde. El acero ya estaba dentro. El cuerpo se convulsionó una, dos veces, y luego se quedó quieto. La sangre empapó el futón, empapó mis manos, empapó el tatami.
Me levanté. Me miré en el pequeño espejo de cobre que la casa me permitía tener. Tenía sangre en la mejilla. Tenía sangre en los labios.
Sonreí.
—El amor no existe —le dije al cadáver—. Pero la justicia, quizás.
Luego desperté.
El futón estaba limpio. Mis manos, limpias. La horquilla seguía en mi cabello, inofensiva, de bambú.
Pero la sonrisa aún estaba en mis labios.
Y supe, en ese momento, lo que siempre había sabido: algún día, ese sueño dejaría de ser un sueño. Algún día, todos ellos pagarían. Los guardias. Los samuráis. Los funcionarios. Los clientes. La dueña. Mis padres. Todos.
Algún día tendré lo que ellos tienen.
Títulos. Poder. Honor. Honra.
Todo lo que un hombre tiene y a mí me fue negado por nacer con el cuerpo equivocado.
Y cuando eso ocurra, cuando por fin sea libre...
Entonces, quizás, podré descubrir si el amor existe.
Pero no voy a contener la respiración.
Y ella se llena la boca ... Mi esposo.