Gabriela y Gonzalo apenas llevan poco de casados, pero su matrimonio se verá amenizado cuando Gabriela decide la tontería de intercambiarse con su hermana gemela, quien no es precisamente buena y que, además, está en prisión. ¿Podrá su matrimonio sobrevivir? ¿Podrá Gonzalo darse cuenta de quién está frente a él?
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RECONSIDERANDO.
...ARLET: ...
Entré con mi madre a la casa.
Mi padre aún tenía el rostro rojo por el coraje, y mi madre… a ella ya le rodaban las lágrimas.
—Tenías que decir eso —le reprochó mamá.
—Ella siempre hace lo mismo. Toma malas decisiones.
—¿De verdad son malas decisiones? ¿O lo que te molesta es que no te toma en cuenta para hacerlas?
—Es mi hija —mi padre subió el tono.
No quería intervenir, pero tenía que hacerlo. Si no, este tema se extendería por días, y necesitaba que mi madre estuviera concentrada.
—Papá, con todo respeto, es la segunda vez que le dices que murió para ti.
Me miró con enojo.
Maldita sea.
—Claramente no te tomó en cuenta… y aun así vino hasta aquí para decirnos.
Mi padre suspiró, frustrado.
—Déjame hablar con tu madre.
Asentí.
Salí del comedor, pero me quedé cerca. Escuchando.
—Sé que te dolió cuando escogió otro futuro —dijo mi madre, rompiendo el silencio—. Y con lo que descubrimos el día que se fue, tal vez no era la hija que pensabas que era. Pero sigue siendo nuestra hija.
—Tenía planeado un futuro brillante aquí, con nosotros —respondió él—. Y decidió desecharlo.
—Ella sigue siendo brillante, ¿es que no te das cuenta?
¿Brillante?
—Por Dios, Fausto… es inteligente, es doctora, da conferencias, resuelve misterios del universo. Se fue a la universidad siendo una niña. Está triunfando.
Guardaron silencio un momento.
Sabía que mi padre estaba sopesando esas palabras.
—Tienes una hija perfecta —añadió mi madre.
Apreté los puños.
¿Una hija perfecta?
¿Y yo qué?
—Perla, no entiendes.
—Entiendo que no puedes verlo por tu orgullo.
—Para ti es fácil decirlo. Con Arlet no ha sido así —reprochó él.
—Arlet decidió su camino —respondió mi madre—. Que su sueño se parezca al mío y que yo la apoye no significa que, de haber elegido algo distinto, le habría dado la espalda.
Mi padre no dijo nada.
—Debes aceptar las decisiones de tu hija. Ahora que está aquí, es el momento de hacer las paces. De que todo esté bien.
Tal vez lo mejor sería que todo este lío se arreglara…
y que después se olvidaran de ella otra vez.
—Quiero que mi hija se quede —añadió mi madre.
¿Qué?
¿Que regrese?
No.
No, no, no.
Amo a mi hermana…
pero la amo más lejos.
Mi padre no respondió.
Escuché a mi madre suspirar, decepcionada.
—Eres un orgulloso —dijo, más firme—. Pero una cosa sí te digo: no estoy dispuesta a perder a mi hija de nuevo. Y si ella se va… yo también.
¿Qué?
Eso no podía ser.
Escuché el sonido de sus tacones y me escondí rápidamente tras una columna mientras subía las escaleras hacia su habitación.
Tenía que hacer algo.
Para que Gabriela se reconciliara con mi padre.
Porque si no…
iba a perderlos a ambos.
Mi padre seguía en el comedor.
Solo.
El plato intacto frente a él, la mandíbula tensa, los hombros rígidos como si aún estuviera en juicio.
Me acerqué despacio.
No como quien confronta.
Como quien acompaña.
—¿Puedo sentarme? —pregunté, aunque ya estaba tomando la silla.
No respondió.
Pero no me dijo que no.
Apoyé los antebrazos sobre la mesa, imitando su postura sin darme cuenta.
Siempre había sido así entre nosotros.
—Se fue… —murmuré—. Como la otra vez.
Su mirada se endureció.
—Porque quiere —respondió—. Siempre quiere.
Asentí.
No lo contradije.
Nunca empiezo por ahí.
Si quiero que mi padre me escuche primero debo darle la razón.
—Gaby siempre ha sido así —dije con cuidado—. Intensamente segura de lo que siente.
Hice una pausa.
—Y tú siempre has sido el primero en notarlo.
Eso sí le llegó.
—No es seguridad, Arlet —replicó—. Es impulsividad. Creer que el mundo se acomoda a sus decisiones.
—O creer que puede sobrevivir sin pedir permiso —contesté, suave—. Como tú.
Me miró por fin.
No con enojo.
Con algo más peligroso: reconocimiento.
—No me compares con ella.
—No lo hago —respondí enseguida—. Solo digo que… entiendo por qué te duele.
Bajó la mirada.
—Papá —continué—, nadie te está quitando tu lugar.
Ni ella.
Ni ese hombre.
—Ese hombre no es suficiente para ella —dijo, seco—. Y tú lo sabes.
No lo negué.
—No lo conoces —corregí—. Y eso te asusta.
Apretó los labios.
—Yo solo quiero protegerla.
—Lo sé —dije—. Pero si sigues empujándola, lo único que vas a lograr es perderla otra vez.
Silencio.
Respiré hondo antes de decir lo siguiente.
Esta era la parte delicada.
Me apoyé un poco más en la mesa, bajando la voz.
—Papá… —dije—, ¿no te das cuenta de algo?
No respondió, pero levantó la mirada.
—Ella es como tú.
Frunció el ceño.
—No digas tonterías.
—No lo es —admití—.
Tragué saliva.
—Por eso antes la llamabas perfecta.
Me costó admitirlo pero me sirvió oí para desarmarlo.
—Gaby era brillante porque pensaba como tú, porque cuestionaba, porque no se conformaba, porque tenía carácter.
Sonreí apenas.
—Todo eso que en ella admirabas… es exactamente lo mismo que ahora te enfurece.
Apretó la mandíbula.
—La diferencia —continué— es que antes sus voluntades no chocaban.
Hice una pausa medida.
—Ahora sí papá
El silencio cayó pesado.
—Dos personas iguales no se entienden cuando ninguna está dispuesta a ceder —añadí—.
Lo miré de frente.
—Y tú, papá… nunca has sabido ceder.
No lo dije como reproche.
Lo dije como verdad.
Bajó la mirada.
—Por eso duele tanto —seguí—. Porque no perdiste a una hija.
Respiré hondo.
—Perdiste a alguien que te reflejaba demasiado.
—Déjala quedarse —propuse—. No para perdonarla todo. No para aceptar todo.
Lo miré con firmeza.
—Solo… no la obligues a elegir entre su vida y nosotros. Porque si la obligas, papá… ya sabes qué va a elegir.
Cerró los ojos un segundo.
—Tu madre no lo soportaría.
—Yo tampoco —admití—. Y tú… tampoco, aunque no lo digas.
Me levanté despacio.
—No te pido que cambies de opinión —añadí—. Solo que no cierres la puerta.
Sonreí apenas.
—Deja que el tiempo haga lo que ahora ninguno de nosotros puede.
Di unos pasos, pero me detuve.
—Papá… —volteé—. Ella te ama. Aunque no sepa cómo demostrarlo de la forma que tú esperas.
No respondió.
Apreté los puños y me marché.
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...GABRIELA:...
Me dormí abrazada a Gonzalo.
Estuvo conmigo, presente; sabía que lo que dijo mi padre me había dolido.
Pero ya habíamos llegado al punto de quiebre más alto.
Sabía que después de esto nada podía ser peor.
Una llamada en mi teléfono me despertó.
El cambio de horario nos había mantenido despiertos un rato después de llegar.
Afortunadamente, ambos estábamos acostumbrados a largas jornadas de trabajo sin dormir.
La llamada era de mi madre.
Era extraño ver su nombre en mi teléfono.
—Mamá —respondí.
Gonzalo se estiró.
Se despertó al escucharme hablar.
—Hija, buenos días. ¿Cómo estás?
—Estoy bien.
—Quisiera hablar contigo. No solo yo… también tu padre.
—Mamá, no sé si sea buena idea —dudé.
—Por favor. Prometo que será diferente.
—Está bien. ¿Dónde?
Mi madre me dijo que me esperaba en su casa y colgamos.
Gonzalo me observaba con el cabello despeinado y el rostro adormilado.
Se veía hermoso.
—Tenemos una comida con mis padres —le dije.
—Está bien.
Me acerqué a él, que aún seguía en la cama.
—Ayer… —me miró—, sobreanalizaste, ¿no es así?
Se apenó.
—No te estoy reprochando —agregué—. Yo entiendo.
—No fue intencional —dijo—, pero al verte en una situación tan vulnerable no pude evitarlo. Fue casi inconsciente.
Lo besé.
Lo amaba demasiado.
—Debemos irnos —dije al separarme.
No hizo falta explicar a dónde.
Ni por qué.
Nos preparamos en silencio, compartiendo esa calma extraña que queda después de una decisión importante.
Salimos del hotel directo a casa de mis padres.
El trayecto hasta la casa se me hizo más corto de lo que esperaba.
El auto se detuvo y ninguno de los dos se bajó de inmediato.
—¿Estás bien? —preguntó Gonzalo, sin mirarme del todo.
Asentí, aunque no estaba segura de que fuera cierto.
—Sí. Vamos.
Entramos.
Mi madre ya nos esperaba en la sala. Se levantó apenas nos vio, con una sonrisa contenida, nerviosa, como si no supiera bien cómo acercarse.
—Gaby… —dijo, y esta vez no dudó.
Me abrazó.
—Gracias por venir —susurró.
—Gracias por invitarme —respondí.
Mi padre estaba de pie, unos pasos atrás.
Serio.
Observando.
No dijo nada al principio.
Solo nos miró… a mí, y luego a Gonzalo.
—Arlet no está —anunció mi madre, como si necesitara justificar el silencio—. Tiene una entrevista.
Asentí.
No supe si sentir alivio o decepción.
—Queremos hablar con ustedes —dijo ella—. Pero antes… —miró a Gonzalo—, ¿te parecería bien si Gaby y Fausto hablan primero? A solas.
Mi madre tomó en cuenta a Gonzalo.
Sentí la mano de Gonzalo tensarse apenas en la mía.
—Está bien —dijo, aunque dudó un segundo.
Me giré hacia él.
—Voy a estar bien —le aseguré—. Te lo prometo.
Me miró como si quisiera decir muchas cosas y no eligiera ninguna.
Luego asintió.
—Aquí estaré.
Lo vi quedarse en la sala con mi madre, mientras papá y yo caminábamos hacia su estudio.
Mi padre me abrió la puerta para entrar.
Caminé tensa hasta posar las manos sobre el respaldo de una de las sillas.
Él avanzó en silencio, imponente como siempre, hasta colocarse frente a mí, del otro lado del escritorio.
—Papá…
—Hija… perdóname.
Sus palabras me sacudieron.
Intenté hablar, pero me interrumpió y ya no me dejó hacerlo.
Mi vista se fijó en él de inmediato.
Mi padre.
El hombre orgulloso que nunca se disculpaba por nada.
—Papá… —susurré, incrédula.
—Perdóname —repitió.
Apoyó una mano sobre el escritorio, como si necesitara sostenerse de algo.
—No sé hacer esto —admitió—. Nunca he sabido.
Tragué saliva.
—No tienes que hacerlo si no quieres —dije, con la voz más firme de lo que me sentía.
Alzó la vista.
—Sí tengo que hacerlo —respondió—. Porque ayer crucé una línea que no debía cruzar.
Guardó silencio un momento.
Luego respiró hondo.
—Me dolió que te fueras —confesó—. Más de lo que supe aceptar. Y en lugar de admitirlo… preferí enojarme.
Lo miré.
Por primera vez en años, no vi autoridad.
Vi culpa.
—Cuando te fuiste —continuó, tenso— no solo sentí que perdía a mi hija. También sentí que fallaba como padre. Creí que lo que yo quería para ti era lo mejor… y al verte tomar otro camino, sentí que no te enseñé lo suficiente.
Me miró entonces, de verdad.
—Siempre fuiste igual a mí —dijo—. Por eso te entendía… y por eso, cuando dejé de entenderte, me dolió el doble.
Sentí un nudo en la garganta.
—No supe cómo acercarme —añadió—. Y cuando lo intenté… ya estabas lejos.
Respiré profundo.
—Ayer pensé que venías a despedirte otra vez —confesó—. Que estabas aquí solo para anunciar algo… y desaparecer.
—No —negué—. Vine porque todavía los amo.
Eso le quebró algo.
Una lágrima escapó de sus ojos. Se pasó la mano por el rostro para limpiarla rápidamente y volvió a apoyar la mano sobre el escritorio.
—Ese hombre… —dijo, refiriéndose a Gonzalo—. Me equivoqué con él.
No respondí de inmediato.
—No lo juzgué por lo que es —continuó—, ni por lo que no tiene. Solo creí que me arrebataba la oportunidad de que volvieras.
Se quedó callado unos segundos, mirando el escritorio, como si las palabras pesaran demasiado.
—Cuando los vi juntos —añadió—, no vi a un hombre que te quitaba… vi a alguien que te sostenía. Y eso me asustó.
Levantó la vista hacia mí.
—Porque me di cuenta de que ya no era yo —suspiró—. Pero la culpa es toda mía. Desde que te dije esas palabras tan hirientes cuando te fuiste… y ayer, cuando volviste. Abriste una herida que no había cerrado por completo, pero eso no me justifica.
—No tienes que serlo —susurré—. Solo tienes que ser mi papá.
Asintió lentamente.
—No sé si puedo prometer hacerlo bien —dijo—. Pero puedo prometer no volver a atacarte por miedo.
Se enderezó un poco, recuperando algo de su porte, aunque sin la dureza de antes.
—Y respecto a Gonzalo… —hizo una pausa—. Le debo una disculpa. No hoy, quizá. Pero pronto.
Mis labios temblaron en una sonrisa.
—Eso significa más de lo que crees.
Me miró entonces con una mezcla de orgullo y resignación.
—Estás enamorada —dijo, no como reproche, sino como una constatación.
Asentí.
—Mucho.
Suspiró.
—Entonces tendré que aprender a amar al hombre que ama a mi hija.
Me acerqué a él.
Anhelaba su abrazo, como los que me daba justo antes de que las cosas empezaran a romperse entre nosotros, hace tantos años.
No dudó.
Abrió los brazos y me arrojé a él.
—Lamento no ser la hija que esperabas, papá.
—No —negó con firmeza—. Eres perfecta tal cual eres, hija. Siempre lo fuiste. Y no poder con eso fue lo que me llevó a dañarte.
—Te amo, papá —una lágrima rodó por mi mejilla.
—Yo también, hija. Yo también.
Y me quedé ahí, entre sus brazos, intentando recuperar ese tiempo que creímos perdido.