El Caos del Capitán
En la Universidad de Saint Jude, las apariencias no solo engañan... te destruyen.
Ian Thorne es el dios de la duela. El capitán de baloncesto con la sonrisa perfecta, el carisma que ilumina auditorios y el rugido de una motocicleta negra que anuncia su llegada. Todos creen conocerlo. Pero cuando las luces se apagan y la multitud se dispersa, el "chico de oro" se desvanece. En su lugar queda un hombre de pocas palabras, mirada gélida y una lengua tan afilada como un bisturí. Ian tiene una regla de oro: nadie lo toca. Su espacio personal es una fortaleza blindada, y su curiosidad por la anatomía humana es puramente científica... hasta que ella aparece para alterar toda su estructura.
Sky es el incendio que nadie pidió, pero que todos se detienen a mirar. Loca, atrevida y absolutamente sinvergüenza, vive la vida sin filtros ni frenos. Está cansada de los chicos predecibles y de las promesas vacías. Ella busca un reto, algo que no pueda descifrar a simple vista.
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capítulo 16 viaje inesperado
El lunes por la mañana, la Universidad de Saint Jude amaneció envuelta en una neblina densa que parecía un presagio. En el laboratorio de Anatomía II, el ambiente estaba cargado de una electricidad estática que hacía que el aire se sintiera denso, casi difícil de respirar. Sky entró en el salón con su habitual paso ligero, pero se detuvo un segundo al notar que Ian ya estaba en su taburete. El capitán de los Lions parecía una escultura de obsidiana; su espalda estaba tan recta que rozaba la rigidez, y sus dedos, largos y hábiles, se cerraban con una fuerza inusual alrededor de la cadena de plata que descansaba sobre su pecho.
No intercambiaron palabras. No hacían falta. El silencio entre ellos ya no era un vacío, sino un puente tendido sobre un abismo de recuerdos compartidos: el calor de un sofá, el sabor de la harina en el aire y la promesa silenciosa de un deseo que amenazaba con devorarlos.
El profesor Garrick entró con la puntualidad de un relojero suizo. No traía sus habituales diapositivas de diagramas musculares, sino una carpeta de cuero ajada que golpeó contra el escritorio con un eco seco.
—Caballeros, señoritas —comenzó Garrick, y su voz, rasposa y autoritaria, reclamó cada rincón del aula—. La anatomía no es un concepto estático que se pueda dominar únicamente bajo la luz halógena de este laboratorio. El cuerpo humano es un organismo de adaptación, una máquina que solo revela su verdadera arquitectura bajo la presión del entorno. Por ello, la universidad ha dado luz verde al "Proyecto Verde".
Un murmullo de confusión se extendió por las filas de asientos. Sky arqueó una ceja, intrigada. Garrick continuó, sus ojos brillando con una chispa de sadismo académico.
—Realizaremos una expedición obligatoria de setenta y dos horas a la Reserva Natural de Monte Sombrío. El objetivo es documentar la respuesta neuromuscular ante el esfuerzo físico prolongado y el aislamiento sensorial. Es una prueba de campo crítica para su evaluación final.
Sky sintió una descarga de adrenalina. Un viaje. Lejos de las miradas curiosas del campus, lejos de la sombra de Madison. Era la oportunidad perfecta para terminar de desarmar al hombre que tenía al lado. Sin embargo, al mirar a Ian, notó que su mandíbula se había apretado tanto que un pequeño músculo en su sien palpitaba con violencia. Para él, el aislamiento no era un experimento; era su refugio, y Garrick estaba a punto de convertirlo en un espectáculo público.
Pero el verdadero golpe de gracia estaba por llegar. Garrick carraspeó, y su expresión se tornó casi fúnebre.
—Sin embargo, debo informarles de un contratiempo logístico. Debido a los recientes recortes presupuestarios impuestos por el decanato, la universidad no ha podido costear el albergue principal. Nos hospedaremos en la antigua estación forestal de la facultad.
Un silencio sepulcral cayó sobre el aula. Todos conocían la estación forestal: una serie de cabañas rústicas de madera que databan de los años setenta, diseñadas para albergar a guardabosques, no a estudiantes acostumbrados a la comodidad.
—Las cabañas son limitadas —sentenció Garrick, cruzando los brazos sobre el pecho—. Por lo tanto, se asignarán por parejas de laboratorio. Cada cabaña albergará a dos parejas. Cuatro personas compartiendo un espacio único, sin muros internos, con recursos mínimos y literas básicas. Durante tres días, su privacidad será un lujo que la ciencia no puede permitirse.
La noticia golpeó a Ian como un impacto físico. Sky pudo ver cómo sus hombros se tensaban aún más. El concepto de compartir un espacio tan reducido, de dormir a escasos metros de los demás, de no tener una puerta que cerrar para ocultar sus demonios, era la grieta definitiva en su armadura de hielo.
—Es una ironía poética, ¿no crees, Thorne? —susurró Sky, inclinándose hacia él hasta que su voz fue solo un aliento cálido en el oído del capitán—. El gran Ian Thorne, el hombre de los secretos y las paredes infranqueables, atrapado en una caja de madera conmigo. ¿Qué harás cuando el frío de Monte Sombrío te obligue a buscar el calor que tanto te asusta?
Ian giró la cabeza lentamente. Su mirada ya no era la del estudiante modelo; era la de un hombre que se sabía acorralado. Sus ojos negros, profundos como el bosque hacia el que se dirigían, se clavaron en los de Sky con una intensidad que la hizo estremecer.
—No lo celebres todavía, Sky —respondió él, con una voz ronca que vibraba con una advertencia gélida—. En Monte Sombrío no hay pasillos donde esconderse ni máscaras que aguanten la falta de sueño. Si decides invadir mi espacio en esa cabaña, asegúrate de poder manejar lo que desates. Porque una vez que esas puertas se cierren detrás de nosotros, no habrá reglas que te protejan de lo que soy cuando no tengo nada que perder.
Sky sostuvo su mirada, sintiendo que el corazón le martilleaba contra las costillas. El desafío estaba lanzado. Las amigas de Sky, a lo lejos, ya estaban cuchicheando y lanzando miradas cómplices, pero ella solo podía ver a Ian. La normalidad de la universidad se estaba desmoronando, dando paso a una geometría del confinamiento donde cada centímetro de proximidad sería una batalla y cada noche en la reserva, una promesa de rendición.
El Proyecto Verde acababa de empezar, y el bosque ya reclamaba sus primeras víctimas: las mentiras que ambos se habían contado para mantenerse a salvo.