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10: la fecha marcada
El sobre llegó esa misma mañana, entregado en mano por un mensajero privado que ni siquiera esperó firma. Sauching lo abrió en su oficina del piso 72 del Eclipse Tower, con la ciudad extendiéndose como un mapa vivo bajo sus pies. Dentro había un solo documento: la confirmación oficial de la boda.
*Fecha: 20 de abril de 2026.*
*Lugar: Santuario Meiji, seguido de recepción privada en Eclipse Grand, salón imperial.*
*Invitados confirmados: 320 (familias Lee y Takahashi al completo, socios estratégicos, prensa selecta).*
*Nota adjunta de la madre de Minji:* “Todo está listo. Solo falta que tú y Minji den el sí. Estamos emocionados por unir nuestras familias para siempre.”
Sauching dobló el papel con precisión quirúrgica y lo guardó en el cajón sin expresión. Un mes. Treinta días exactos para que el contrato se sellara con anillos y flashes. No sintió nada especial. Ni ansiedad. Ni rechazo. Solo la certeza fría de que el engranaje seguía girando tal como lo habían planeado sus padres décadas atrás.
Guardó el teléfono en el bolsillo y siguió con su día.
Esa noche, Yougmin decidió salir a caminar.
El parque cercano al hotel estaba tranquilo después de las nueve. Luces bajas en los senderos, parejas paseando de la mano, algún corredor solitario con auriculares. Llevaba una sudadera con capucha, jeans oscuros y zapatillas. Nadie lo miró dos veces. Caminó despacio, respirando el aire fresco que olía a hierba húmeda y a ciudad. Pensó en Sauching, en la forma en que lo había mirado la noche anterior mientras lo montaba, en cómo sus manos se habían clavado en sus caderas como si nunca quisiera soltarlo. Sonrió para sí mismo. Era una sonrisa pequeña, casi secreta.
No vio venir el golpe.
Un brazo fuerte lo rodeó por detrás, tapándole la boca con un trapo que olía a químicos dulces. El mundo se volvió borroso en segundos. Intentó forcejear, patear, gritar, pero el brazo era como hierro. Otro hombre apareció por el lado, lo levantó por las piernas. Lo metieron en la parte trasera de una van negra sin placas. La puerta se cerró. El motor rugió. Todo desapareció.
Mientras tanto, en el salón imperial del Eclipse Grand, la cena de compromiso “informal” se desarrollaba con la elegancia calculada de siempre.
Minji lucía deslumbrante. Vestido largo de seda marfil con escote profundo en la espalda, diamantes en el cuello y en las orejas que captaban cada luz como estrellas caídas. Sonreía a los invitados, besaba mejillas, posaba para fotos con Sauching a su lado. Él estaba impecable: traje negro hecho a medida, corbata del mismo tono que los ojos de ella, sonrisa educada que llegaba justo hasta donde debía llegar. Nadie habría sospechado que su mente estaba en otro lugar.
Cuando Minji le tomó la mano bajo la mesa, él no la retiró de inmediato. Dejó que sus dedos se entrelazaran un momento, luego los soltó con naturalidad para tomar la copa de vino. Ella no dijo nada. Solo apretó los labios un segundo antes de volver a sonreír al grupo de socios que los rodeaba.
—Un mes —dijo uno de los tíos de Minji, alzando su copa—. ¡Por la unión de dos imperios!
Todos brindaron. Sauching levantó su copa también. Bebió. No miró a Minji ni una vez más de lo necesario.
La noche transcurrió sin incidentes. Discursos cortos. Fotos. Risas medidas. A las once y media, Sauching se excusó diciendo que tenía una llamada internacional urgente. Minji lo acompañó hasta la salida del salón, le dio un beso en la mejilla frente a todos y susurró:
—Nos vemos mañana en el brunch familiar.
Él asintió.
—Claro.
Se fue sin mirar atrás.
No mandó mensaje a Yougmin esa noche. No había razón. Yougmin solía contestar rápido si salía, y Sauching no era de los que controlaban cada minuto.
A la mañana siguiente, el teléfono de Sauching vibró a las 7:12 a.m. mientras tomaba café negro en su penthouse.
Número desconocido.
Una foto.
Yougmin.
Desnudo sobre una cama sucia en una habitación sin ventanas. Brazos y piernas atados a los postes con cuerdas gruesas. Mordaza de tela en la boca. Lágrimas secas en las mejillas, ojos rojos e hinchados mirando directo a la cámara con una mezcla de miedo y rabia contenida. El cuerpo marcado con moretones frescos en las costillas y los muslos. Alguien había escrito con marcador negro en su pecho: “200 MILLONES O LO COMPARTIMOS”.
El mensaje de texto que acompañaba la foto era corto:
*“La deuda no se pagó con 50. Ahora son 200. Transfiere en 48 horas o tu putito va a complacer a los 21 hombres del clan. Uno por cada millón que nos debes de intereses. No juegues con nosotros, Lee. Sabemos dónde vives.”*
Sauching sintió que algo se rompía dentro de él.
No era miedo. Era furia pura, helada, controlada.
Apretó el teléfono hasta que los nudillos se pusieron blancos. La taza de café se quedó olvidada en la mesa.
No iba a pagar. No porque Yougmin no valiera 200 millones —valía mucho más—, sino porque pagar sería admitir que esos insectos tenían poder sobre él. Sobre lo que era suyo.
Y Sauching nunca había admitido que nadie tuviera poder sobre él.
Excepto una persona.
Marcó el número que casi nunca usaba.
Taeyong contestó al segundo tono.
—¿Sauching-ah? ¿Tan temprano? ¿Ya extrañas a tu hermano mayor?
Sauching habló con voz plana, sin emoción.
—Los de Osaka lo tienen.
Silencio al otro lado. Luego una risa baja, peligrosa.
—¿Al chico bonito?
—Secuestrado anoche. Quieren 200 millones o lo pasan por 21 hombres. Me mandaron foto.
Otra pausa.
—¿Y qué vas a hacer?
Sauching cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, su voz era acero.
—Recupéralo. Sano y salvo. Sin pagar un yen.
Taeyong soltó una risa genuina esta vez.
—Esa es la primera vez que me pides ayuda así, hermanito.
—No es ayuda —corrigió Sauching—. Es orden. Tú controlas el norte. Ellos son escoria del sur. Acaba con ellos. Tráemelo de vuelta.
Taeyong dejó de reír.
—Considéralo hecho. Cada uno tendrá lo que merece.
Sauching no respondió a eso.
Solo dijo:
—Tráemelo vivo.
Colgó.
Se levantó, caminó hasta el ventanal y miró la ciudad que empezaba a despertar.
En algún lugar allá abajo, Yougmin estaba atado, asustado, esperando.
Y Sauching, por primera vez en su vida, sintió algo que no era deseo ni posesión.
Era rabia protectora.
Y eso era mucho más peligroso que cualquier deuda.