Elías era un estudiante de arquitectura solitario, tímido y sensible. Vivía para dibujar, cantar en silencio y refugiarse en novelas románticas donde el amor era intenso y absoluto. Tras la muerte de su abuela —la única persona que lo comprendía—, su mundo quedó vacío… hasta que una historia BL cambió su destino.
En aquella novela, el villano llamó su atención más que nadie:
un alfa poderoso, frío y temido, el gran duque del norte.
Un hombre incomprendido, marcado por una infancia cruel y condenado a morir solo entre el hielo.
Elías lo entendió.
Y lo amó… aun sin existir.
Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Tras perder la vida en un accidente, Elías despierta reencarnado en un mundo de fantasía, convertido en un omega masculino, de belleza delicada y mirada tierna. El mundo de la novela es ahora real… y el duque del norte también.
Esta vez, Elías no piensa ser un espectador.
Esta vez, no permitirá que el villano muera solo.
Entre jerarquías alfa–omega, heridas del pasado y
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Capitulo 15:Donde el miedo aprende a descansar entre sus brazos
El silencio volvió poco a poco.
No el silencio pesado del encierro, ni el silencio cortante del miedo, sino uno distinto. Uno que respiraba. Que permitía existir sin sobresaltos.
El omega pasaba largas horas junto al duque sin hablar. A veces sentados frente al fuego. Otras, caminando despacio por los jardines interiores del castillo, donde las murallas altas lo hacían sentirse protegido.
El duque no lo apuraba.
No preguntaba más de lo necesario.
Solo estaba.
Una tarde, el omega se detuvo de pronto.
Sus manos comenzaron a temblar sin aviso. La respiración se le volvió irregular, como si el recuerdo lo hubiese alcanzado desde atrás.
El duque reaccionó al instante.
—Mírame —dijo con voz baja, firme—. Estás aquí.
Tomó su rostro con ambas manos, obligándolo a anclarse en el presente.
—Nadie puede tocarte —continuó—. Nadie puede llevarte. Yo estoy contigo.
El omega cerró los ojos, apoyando la frente en su pecho.
—Cuando cerré los ojos ahí… —susurró— pensé que este mundo me volvería a quitar todo.
El duque lo rodeó con los brazos, envolviéndolo por completo, como si su cuerpo fuera un muro.
—No lo hará —respondió—. Porque ahora no estás solo.
El omega respiró su aroma, ese frío limpio que siempre lo calmaba. Poco a poco, el temblor cedió.
—Gracias… por no soltarme —murmuró.
—Nunca lo haré.
Aquella noche, el omega durmió profundamente por primera vez desde el secuestro. Y el duque permaneció despierto, atento a cada respiración, como si el mundo aún pudiera intentar algo.
Los días siguientes trajeron un cambio distinto.
No brusco.
No urgente.
Pero constante.
El omega comenzó a sentir una necesidad extraña de cercanía. No era calor ni urgencia física. Era algo más profundo. Una inquietud suave que se activaba cuando el duque se alejaba demasiado. Un vacío breve que desaparecía apenas volvía a sentirlo cerca.
A veces le bastaba escucharlo caminar por la habitación.
Otras, necesitaba verlo.
Sentirlo.
Una mañana, mientras compartían el desayuno, el omega dejó la taza a medio camino.
—¿Te sientes bien? —preguntó el duque de inmediato.
El omega dudó.
—No sé cómo explicarlo —respondió—. No me siento mal… pero mi cuerpo está inquieto. Como si necesitara… saber que estás aquí.
El duque lo observó con atención.
No detectó un celo.
No había descontrol.
No había urgencia biológica.
Había algo distinto.
Un desajuste nacido del miedo.
Una herida buscando refugio.
El duque extendió la mano y tomó la suya con firmeza.
—Eso no es debilidad —dijo—. Es tu cuerpo recordando que sobrevivió. Y buscando asegurarse de que no volverá a estar solo.
El omega bajó la mirada, avergonzado.
—Me siento… dependiente.
El duque negó con suavidad.
—Te sientes protegido —corrigió—. Y eso está bien.
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Esa tarde, el omega se recostó junto a él sin decir nada. No pidió permiso. No explicó. Simplemente buscó su calor, apoyando la cabeza en su pecho.
El duque lo rodeó de inmediato, marcando su presencia de forma clara, posesiva, sin ocultarla.
No por dominio.
Por elección.
El omega suspiró al sentirlo. Su cuerpo se relajó, como si al fin hubiera encontrado el lugar exacto donde debía estar.
—Cuando estoy así… —murmuró— el ruido en mi cabeza se apaga.
El duque apoyó la barbilla sobre su cabello.
—Entonces quédate —dijo—. Todo el tiempo que necesites.
La cercanía despertó algo más. No hambre. No urgencia.
Deseo contenido. Cálido. Profundo.
El omega se movió apenas, inquieto, buscando acomodarse mejor entre sus brazos.
—¿Está bien… si me quedo así? —preguntó en voz baja.
—Está bien —respondió el duque—. Todo lo que sea contigo, lo está.
Sus feromonas se mezclaron de forma natural: las del omega suaves, buscando amparo; las del alfa firmes, envolventes, declarando sin palabras eres mío y estás a salvo.
El omega alzó el rostro, sus ojos brillando con una emoción nueva.
—No sabía que el deseo podía sentirse así —confesó—. Tranquilo… pero intenso.
El duque lo miró con una devoción sin reservas.
—Eso es porque no nace del cuerpo —dijo—. Nace del vínculo.
El beso que compartieron fue lento, profundo, cargado de promesas no dichas. El omega se aferró a su ropa, sorprendido por cómo su corazón latía con fuerza, no por miedo… sino por pertenencia.
El duque lo sostuvo con firmeza, marcando su espalda, reclamándolo sin prisa.
—Estoy aquí —susurró—. Para cuidarte. Para desearte. Para quedarme.
El omega apoyó la frente en la suya, respirando con calma.
—Entonces… —dijo— creo que puedo sanar.
Esa noche, el omega durmió entre sus brazos. No por necesidad física, sino por elección emocional.
Y el duque permaneció allí.
Presente.
Protector.
Amándolo con una paciencia que también era una forma de pasión.
Ambos sabían que aquello no era un final.
Era un equilibrio nuevo.
Y cuando el mundo volviera a ponerlos a prueba, no sería el miedo quien guiara sus pasos…
sino el lazo que habían elegido construir juntos.