Elisabete nació ciega y siempre fue diferente a los demás lobos de su manada, pero llevaba consigo un destino grandioso: convertirse en la Luna, la líder espiritual del grupo. Cuando llega el momento del ritual que confirmaría su puesto, es rechazada públicamente por el alfa Caíque, humillada y expulsada, sumida en soledad y dolor. Sola y vulnerable, recuerda su infancia marcada por rechazos, pero también por un entrenamiento secreto que aguzó sus otros sentidos, convirtiendo su aparente fragilidad en fuerza.
Guiada por Alisson, el alfa enemigo de Caíque, Elisabete atraviesa territorios peligrosos y encuentra refugio seguro por primera vez. Bajo su protección, comienza a sanar viejas heridas, reconectar con su propia fuerza y descubrir que, incluso en la oscuridad, es capaz de sobrevivir y volver a confiar. Mientras tanto, Caíque, el alfa que la rechazó, se da cuenta de que su error puede tener consecuencias inesperadas. Entre recuerdos dolorosos, enfrentamientos y nuevos vínculos, el destino de Elisabete se transforma, demostrando que la verdadera fuerza viene de superar el rechazo y encontrar aliados en los lugares más inesperados.
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Capítulo 5
Elisabete se despertó con la sensación de estar caída en el vacío.
El corazón latía demasiado rápido. El aire parecía pesado. Por un momento, no supo dónde estaba. Palpó a su alrededor con desesperación, los dedos tocando el suelo frío, la madera de la pared, el borde de la cama improvisada.
La cabaña.
El olor a hierbas.
El recuerdo de la comida caliente.
—No fue un sueño… —susurró.
Aun así, el miedo no cedía.
Demasiado silencio.
Territorio enemigo.
Demasiada protección.
Nada de aquello tenía sentido para alguien como ella.
Elisabete se levantó despacio, cada músculo tenso, como si esperara ser atacada en cualquier instante. Caminó hasta la puerta, tocó la madera con la punta de los dedos.
Del lado de afuera… voces distantes. Sonidos de una manada despertando. Pasos. Metal siendo manipulado. Armas.
El pánico apretó.
—Yo no pertenezco a este lugar… —murmuró.
Y, sin pensarlo más, abrió la puerta.
El aire frío de la mañana tocó su piel. El territorio de Alisson despertaba. Lobos pasaban cerca, pero ninguno se acercaba. Aun así, Elisabete se sentía expuesta. Vulnerable. Pequeña.
Dio algunos pasos.
Después otros.
Intentando alejarse… solo un poco.
El problema era que, para quien nunca ha visto, todo camino equivocado parece correcto hasta que se vuelve imposible.
El olor de las construcciones fue quedando distante.
La tierra cambió.
El viento se hizo más fuerte.
Y, de repente…
Demasiado silencio.
Elisabete se detuvo.
—No… no… —el pánico subió demasiado rápido.
Giró el cuerpo.
Intentó volver.
Dio tres pasos… y tropezó.
Cayó de rodillas.
El suelo ahora era húmedo, irregular.
Bosque.
—Me he perdido… —la voz salió débil, quebrada.
El miedo comenzó a distorsionar todo.
Los sonidos se hicieron más altos.
Los olores se mezclaron.
La respiración fallaba.
Y entonces… vinieron las alucinaciones.
Primero, los susurros.
—Defectuosa…
—Rechazada…
—La Luna se equivocó…
La voz de Caique surgió en medio de ellas.
—Llévenla de aquí.
Elisabete se llevó las manos a los oídos.
—¡Para! ¡Para! —gritó.
Pero las imágenes surgieron aun así.
El ritual.
Las antorchas.
La risa.
El desprecio.
La oscuridad se hizo aún más oscura.
Intentó levantarse, pero las piernas cedieron.
Cayó de nuevo.
Las manos se hundieron en el lodo.
El cuerpo entero comenzó a temblar.
—No aguanto más… —lloró.
Las lágrimas vinieron fuertes.
El llanto se volvió sollozo.
El sollozo se volvió desesperación.
Sola.
Perdida.
Ciega.
Otra vez.
—Luna… —susurró, entre lágrimas. —Si aún estás ahí… no me abandones…
El sonido de pasos fuertes rompió el caos.
Elisabete no se dio cuenta de inmediato, presa demasiado a sus propias alucinaciones. Solo cuando una presencia real se impuso delante de ella es que el mundo pareció reorganizarse poco a poco.
—Elisabete.
El nombre vino firme.
Real.
Cálido.
Ella alzó el rostro a ciegas.
—Yo… yo estoy soñando…
—No lo estás.
Ella sollozaba cuando sintió manos grandes y firmes sujetar sus brazos, impidiendo que se deslizara más en el lodo.
—Has huido —dijo Alisson—. Y casi mueres de miedo en el proceso.
—Yo pensé que… que ibas a devolverme… —la voz de ella falló—. Todo el mundo siempre devuelve…
Él se quedó en silencio por un instante.
Después la jaló con cuidado, hasta sentarla sobre una raíz más firme.
Elisabete temblaba entera.
—¿Por qué no confías en mí? —preguntó él, sin dureza.
Ella lloró una vez más.
—Porque confié una vez… —susurró—. Y aquello me destruyó.
El viento pasó entre los árboles.
Alisson respiró hondo.
—Cuando te encontré a los dieciséis años… —comenzó, finalmente— …estabas exactamente así.
Elisabete paró de llorar por un segundo.
—¿Cómo así?
—Perdida. Temblando. Intentando parecer fuerte mientras todo dentro de ti gritaba por socorro.
Ella sintió el peso del recuerdo invadir el pecho.
—Sentí odio de aquel día —continuó él—. No de ti. Del mundo que permitiría que una joven Luna vague sola en la frontera de un territorio enemigo.
—¿Por qué no me mataste? —preguntó, en voz baja.
—Porque no exhalabas debilidad. Exhalabas supervivencia.
El silencio entre ellos se hizo diferente.
—Aquella noche… —confesó él— cambió la forma en que yo veía a los Alfas. Cambió la forma en que yo veía el poder.
Elisabete tragó saliva.
—Nunca entendí por qué me ayudaste…
Alisson se arrodilló frente a ella, quedando a la misma altura.
—Porque aquel día, yo percibí que tú eras todo lo que tu Alfa nunca sería.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué?
—Valiente. Incluso con miedo. De pie. Incluso herida. Yendo hacia adelante, incluso sin ver.
Las palabras tocaron algo demasiado profundo.
—Entonces, ¿por qué ahora? —preguntó ella, con la voz embargada—. ¿Por qué traerme aquí?
Él vaciló.
—Porque, esta vez… no estabas solo perdida.
—¿Qué estaba?
—Rota.
El llanto volvió, pero ahora no era solo dolor.
Era alivio.
Alisson se quedó allí, sin tocarla, respetando el espacio que ella necesitaba para recomponerse.
—No voy a devolverte —afirmó—. Y no voy a usarte. Ni a descartarte. Aquí, tú eres una persona. No un error.
Ella respiró hondo.
—Y si yo confío… ¿y tú eres igual a él?
El silencio fue pesado.
—Entonces tendrás el derecho de odiarme.
Elisabete asintió lentamente.
—Llévame de vuelta… —pidió—. Por favor.
Alisson se levantó y extendió el brazo.
Ella aceptó.
El toque no fue de posesión.
Fue de amparo.
Mientras caminaban de vuelta, Elisabete sentía el corazón aún en pedazos… pero, al menos ahora, no estaba más sola en su propia oscuridad.
Y, por primera vez desde el rechazo…
Ella se permitió creer que tal vez no todo Alfa naciera para destruir.