León es un Omega dominante que odia a los alfas debido a su niñes donde muchos abusaron de el y lo maltrataron, el se niega a ser el Omega de un alfa pero se le hará difícil cuando encuentra su alfa destino Mateo que es una ternura El buscará conquistar a su Omega a como de lugar
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Capitulo 18
El pasillo de la universidad bullía con el ir y venir de estudiantes cuando Mateo caminaba distraído, pensando en León, en lo feliz que era desde que habían vuelto, en los desayunos con su hermanita y los delantales de ositos.
No vio el café venir.
El líquido caliente le quemó la camisa, la piel, el orgullo. Se detuvo en seco, mirando la mancha que se extendía sobre su ropa y luego al alfa que sostenía el vaso vacío con una sonrisa burlona.
—¡Maldito bastardo! —exclamó Mateo, la furia encendiendo sus ojos.
El alfa, uno de los secuaces de Cala, se encogió de hombros con cinismo.
—Esto pasa cuando te metes con el omega de alguien más.
Las palabras detonaron algo en Mateo. Algo profundo, primitivo, protector. Sus ojos se oscurecieron como tormenta.
—Si vuelves a repetir eso —gruñó, avanzando hacia él—, te voy a hacer pedazos.
El alfa retrocedió un paso, sorprendido por la intensidad, pero no lo suficiente. Mateo lo sujetó del cuello, apretando con fuerza.
—León es mi omega —escupió cada palabra—. Mío. Y será así porque él lo decidió. Porque es SU decisión. ¿Entiendes? No porque nadie lo obligue, no porque le pertenezca a nadie. Porque él ME ELIGIÓ.
Varios estudiantes se detuvieron a mirar. Algunos omegas observaban con miedo, otros con admiración. Los alfas del grupo de Cala intercambiaron miradas nerviosas.
Antes de que la situación escalara, unos compañeros lograron separarlos.
Mateo retrocedió, respirando agitado, pero su mirada no perdía fiereza.
—Esto no termina aquí —advirtió.
El alfa, pálido y temblando, fue arrastrado por sus amigos.
Mateo se quedó solo en el pasillo, ajustándose la camisa quemada. Maldita sea, pensó, y no era por la quemadura. Era porque sabía lo que vendría. Lo intuía en cada fibra de su ser.
Esto apenas comenzaba.
En la cafetería, León lo esperaba con una bebida y una sonrisa que se desvaneció en cuanto vio a Mateo acercarse con la camisa manchada y el rostro tenso.
—¿Qué pasó? —preguntó, levantándose de inmediato.
—Nada, mi vida —Mateo intentó restarle importancia, sentándose a su lado—. Estoy bien.
—¡No estás bien! —León no podía ocultar su furia—. ¡Esos malditos desgraciados! ¡Yo los vi! ¡Sé que fue uno de los amigos de Cala!
Mateo tomó sus manos, intentando calmarlo.
—Tranquilo, amor. De verdad, estoy bien. No vale la pena que te alteres.
León quería seguir protestando, quería ir a buscar a ese alfa y enfrentarlo él mismo, pero la calma de Mateo lo envolvía como siempre.
—Pero...
—Estoy bien —repitió Mateo, con una sonrisa tierna—. Solo contigo ya estoy bien.
León suspiró, rendido. Apoyó la cabeza en su hombro.
—Te amo, idiota.
—Y yo a ti, mi omega precioso.
Por un momento, todo estuvo bien.
Pero Mateo no podía quitar la vista de los ventanales. Algo le decía que vigilara. Algo le gritaba que no bajara la guardia.
Y entonces lo vio.
Desde el otro lado de la cafetería, un alfa desconocido sostenía un vaso humeante. Su mirada estaba clavada en ellos. En León específicamente.
Mateo se incorporó como un resorte.
—León, levántate —dijo, con una voz que no admitía réplica.
—¿Qué?
—¡AHORA!
Pero fue demasiado tarde.
El alfa lanzó el contenido del vaso en un arco mortal directo hacia León.
Mateo no lo pensó.
Su cuerpo se movió antes que su mente, interponiéndose entre el líquido hirviendo y su omega.
El café le dio de lleno en el rostro.
El dolor fue inmediato, cegador, insoportable. Mateo cayó de rodillas, un grito atrapado en su garganta.
—¡MATEO! —el grito de León desgarró el aire de la cafetería.
El omega se arrodilló junto a él, con las manos temblando, sin saber dónde tocar, sin saber cómo ayudar. El rostro de Mateo ya enrojecía, la piel quemada, pero aún así, aún así, sus ojos buscaban a León.
—¿Estás... bien? —preguntó Mateo, con la voz rota por el dolor.
León rompió a llorar.
—¡¿CÓMO VOY A ESTAR BIEN SI TÚ ESTÁS ASÍ, IDIOTA?! ¡¿POR QUÉ HICISTO ESO?!
Mateo intentó sonreír, aunque la quemadura se lo impedía.
—Porque eres... mi vida.
La cafetería entera se había quedado en silencio. Omegas y alfas miraban la escena conmocionados.
En algún lugar, Cala observaba desde las sombras, con una sonrisa retorcida.
Pero Mateo no lo veía. Solo veía a León. Su omega. Su razón de ser.
Y aunque le dolía todo el rostro, aunque la piel le ardía, aunque sabía que esto era solo el principio...
No se arrepentía.
Volvería a hacerlo.
Siempre.
Porque León era su todo.
Y no había café hirviendo, ni alfa malvado, ni dolor en el mundo que le impidiera protegerlo.
León sujetó a Mateo con una fuerza que no sabía que tenía, sosteniéndolo mientras lo guiaba hacia la enfermería. Sus manos temblaban, pero no por debilidad. Temblaban por la rabia contenida, por la impotencia, por el amor inmenso que sentía por ese alfa que acababa de quemarse el rostro por protegerlo.
—Ya llegamos —susurró, aunque no sabía si se lo decía a Mateo o a sí mismo—. Ya llegamos, mi amor.
La enfermera los recibió con urgencia, ayudando a Mateo a recostarse en la camilla. León no quería soltarlo, no quería separarse de él ni un segundo, pero las manos expertas de la enfermera lo apartaron con suavidad.
—Déjame trabajar —dijo ella—. Voy a cuidarlo.
León asintió, pero sus ojos no se despegaban de Mateo. De ese rostro querido, ahora enrojecido y ampollado por la quemadura. De esos ojos que, incluso en medio del dolor, buscaban los suyos para tranquilizarlo.
—Estoy bien —murmuró Mateo, con una sonrisa dolorosa—. No te preocupes.
Y eso rompió algo dentro de León.
Apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se clavaron en sus palmas. Dio media vuelta y salió de la enfermería sin mirar atrás.
No podía quedarse quieto. No podía esperar mientras el hombre que amaba sufría por su culpa.
Necesitaba encontrar al responsable.
Cala estaba en el patio trasero de la universidad, rodeado de sus secuaces, con esa sonrisa arrogante que nunca abandonaba su rostro. Como si nada hubiera pasado. Como si no acabara de casi destruir a Mateo.
León se abrió paso entre los alfas que intentaron detenerlo, y antes de que Cala pudiera reaccionar, sus manos ya estaban alrededor de su cuello.
—¡Vas a pagar por esto! —escupió, apretando con todas sus fuerzas.
Los secuaces dieron un paso adelante, pero Cala levantó una mano deteniéndolos. Su sonrisa se ensanchó, enfermiza, posesiva.
—Eso lo quiero ver —respondió con dificultad por la presión en su garganta—. Te voy a hacer la vida miserable hasta que aceptes ser mi omega. Por las buenas... o por las malas.
León apretó más fuerte, sus ojos brillando con una furia que pocos habían visto.
—¡Yo nunca voy a ser tu omega! —gritó, cada palabra cargada de odio y determinación—. ¡Mi alfa es y siempre será Mateo! ¿Me escuchas? ¡SIEMPRE! Y no importa lo que intentes, no importa lo que hagas, ¡NUNCA lo voy a dejar! ¿¡ENTIENDES!?
Cala rió, una risa ronca y perturbadora a pesar de estar siendo estrangulado.
—Eso lo veremos, León —susurró, clavándole la mirada—. Te cansarás. O Mateo se cansará de ti. Y cuando eso pase... yo estaré esperando.
León apretó una última vez, deseando con toda su alma poder terminar con ese monstruo ahí mismo. Pero las manos de los secuaces lo separaron, alejándolo de Cala mientras este se ajustaba el cuello, tosiendo pero aún sonriendo.
—¡ESTO NO TERMINA AQUÍ, CALA! —gritó León mientras se lo llevaban—. ¡VOY A PROTEGER A MATEO CUESTE LO QUE CUESTE!
Cuando finalmente logró liberarse de los alfas que lo sujetaban, Cala ya había desaparecido. León se quedó ahí, temblando, con las manos aún apretadas, con el corazón latiéndole con fuerza.
Respiró hondo. Se obligó a calmarse.
Y entonces corrió de vuelta a la enfermería.
...
Cuando entró, Mateo estaba recostado en la camilla, con el rostro vendado, pero sus ojos se iluminaron al verlo.
—León —dijo, extendiendo la mano—. Ven.
León cruzó la habitación en dos zancadas y tomó su mano, apretándola con fuerza. Las lágrimas que había contenido estallaron por fin.
—Lo siento —sollozó—. Todo esto es por mi culpa. Si no fuera por mí...
—No digas eso —lo interrumpió Mateo, atrayéndolo hacia sí con cuidado—. Esto no es tu culpa. Es de ese maldito obsesionado. Y no me arrepiento de nada. Volvería a hacerlo mil veces.
León levantó la vista, sus ojos verdes brillando a través de las lágrimas.
—¿Por qué? —susurró—. ¿Por qué me quieres tanto?
Mateo sonrió, una sonrisa tierna a pesar del dolor.
—Porque eres tú. Porque eres mi omega. Porque te amo más que a mi vida. Y porque... —apoyó su frente contra la de León—. Porque sé que tú harías lo mismo por mí.
León sollozó y lo abrazó, con cuidado de no lastimarlo.
—Sí —murmuró contra su pecho—. Haría cualquier cosa por ti. Cualquier cosa.
Y en ese momento, en esa pequeña enfermería, con el mundo desmoronándose a su alrededor, se prometieron en silencio lo que ya sabían:
Nada los separaría.
Ni Cala.
Ni todos los alfas del mundo.
Ni el dolor.
Ni el miedo.
Nada.
Porque su amor era más fuerte que todo eso.
Y eso, precisamente eso, era lo que Cala nunca podría entender.
espero el siguiente capítulo