Olivia Grimaldi lo tiene todo… excepto libertad.
Heredera de una de las familias más poderosas de Estados Unidos, su vida está cuidadosamente diseñada: un matrimonio arreglado, una imagen perfecta y un futuro donde el amor no tiene lugar. Hasta que una noche decide romper una sola regla… y conoce a Alexander Rozanov.
Rico, influyente y peligrosamente seguro de sí mismo, Alex no cree en límites ni en promesas. No persigue mujeres comprometidas, no se involucra y no repite errores.
Hasta que Olivia se convierte en su excepción.
Lo que comienza como una chispa prohibida se transforma en un juego de deseo, poder y control, donde cada encuentro los empuja más cerca de una línea que no deberían cruzar… y que, en el fondo, ambos desean romper.
Porque él no quiere salvarla.
Quiere que sea ella quien elija caer.
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Capítulo 3
Olivia
El ruido de la fiesta me persigue incluso cuando cierro la puerta detrás de mí. Música, copas chocando. Todo queda amortiguado, lejano, como si perteneciera a otra vida que no quiero habitar esta noche.
El estacionamiento está casi vacío. Frío y silencioso.
Camino mientras rebusco en mi bolso y saco un cigarrillo con manos que no tiemblan, cada músculo de mi cuerpo está rígido, tenso, como si me hubieran vertido concreto por las venas. No necesito pensar demasiado para saber por qué.
Marcos.
Casarme con él es una locura. Una locura elegante, aprobada, y la cual está siendo celebrada en este preciso momento… pero una locura al fin.
El encendedor prende a la primera. Aspiro hondo y dejo que el humo me llene los pulmones. El ardor familiar me calma apenas un poco. Lo suficiente para que el nudo en mi pecho afloje.
Me recuesto contra mi Porsche Macan color cielo. El metal frío contra mi espalda es un ancla. Cierro los ojos, aspiro, exhalo. Una y otra vez.
El cigarrillo se consume demasiado rápido.
Maldición.
Saco otro sin pensarlo. Lo enciendo antes de que el primero termine de morir en el suelo. Esta vez dejo caer la cabeza hacia atrás, apoyándola contra el coche, permitiéndome cinco segundos de nada. Solo nicotina y silencio.
Hasta que unos pasos rompen la burbuja.
Firmes y tranquilos. Demasiado lentos para ser un guardia.
—Nunca había visto una chimenea tan bonita.
Abro los ojos de golpe.
El susto me hace soltar el cigarrillo. Cae al suelo y lo aplasto de inmediato con el tacón, una y otra vez, como si pudiera borrar la evidencia. Si mis padres me ven fumando, no habrá vestido caro que me salve.
Levanto la vista y de inmediato noto quién es.
Es el mismo hombre que vi en la fiesta El de la mirada que no se apartó. De cerca es aún peor. Más alto de lo que recordaba. Traje oscuro, postura relajada, ojos atentos, peligrosamente atentos.
—¿Me está vigilando?— Le suelto sin ningún tipo de filtro.
No parpadea, ni se disculpa.
Sonríe. Una sonrisa ladeada, lenta, como si la pregunta lo divirtiera.
—No lo diría con esas palabras— Responde. —Observándola suena más correcto.
Cruzo los brazos de inmediato, cerrándome sin pensar. No quiero darle nada, ni una reacción, ni una grieta en la que pueda escudriñar.
—La fiesta es arriba— Le digo. —Debería estar allí.
—Es su fiesta— Contesta, sin moverse. —Usted también debería estar allí.
No respondo.
Entrecierro los ojos y lo analizo con cuidado. No parece nervioso o incómodo. Tampoco parece un hombre que quiera algo concreto… y eso es lo que más me inquieta.
No pienso quedarme a hablar con él, así como tampoco pienso volver a la fiesta.
Me separo del coche y empiezo a caminar hacia la salida del estacionamiento. Mis tacones resuenan más fuerte de lo que quisiera.
—Si quiere ir a algún lado— Dice detrás de mí. —Puedo llevarla.
Me detengo. Me doy la vuelta despacio y lo veo señalando su coche.
Un Alpine A110. Bajo, elegante, discreto. No es lo que alguien esperaría que conduzca este hombre. Y, sin embargo, encaja con él de una forma inquietantemente natural.
Caminar con tacones no es una opción. Volver arriba tampoco y si sigo avanzando, los guardias de mi padre me verán y, peor aún, le avisarán.
Aprieto la mandíbula.
—No necesito que me lleve a ningún lado— Digo, aunque mi voz no suena tan firme como quisiera.
—No dije que lo necesitara— Responde. —Solo que puedo hacerlo.
Lo observo unos segundos más. Mide el silencio sin isistirme.
Eso debería tranquilizarme.
Respiro hondo.
—Bien— Cedo finalmente. —No será muy lejos.
Su sonrisa se acentúa apenas un poco. Suficiente para que algo en mi estómago se tense.
—Claro— Dice. —No muy lejos.
Camino hacia su coche sin mirar atrás. Me digo que es solo un viaje, una distracción para lograr escapar unos minutos.
Después de todo…¿Qué es lo peor que podría pasar?