¿Será que una mujer solo tiene una única oportunidad para amar?
Mi Salvaje Concubina es una novela sobre libertad, identidad femenina y el precio de amar sin perderse.
NovelToon tiene autorización de Kelly Lea Barros para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La ambición del príncipe
Habían pasado varios días desde que llegaron a Casa Alada. Toda la travesía de regreso a la capital de la tierra
de Ranson había sido más rápida; ya que Kailer había ordenado avanzar incluso de noche, no dejando tiempo para descansar más que unas cuatro horas, cada día.
A pesar de la intensidad con la que hizo posible que la caravana llegara en tiempo récord a tierra de Ranson, no hubo rumores al respecto del interés de Kailer por salvarle la vida a Melia, ya que los que estuvieron presente en el bosque perdido, presenciaron como ella se sacrificó, para salvarle la vida, a él.
Melia después de entregar los dos litros de sangre del acuerdo hecho con las hechiceras, se había desmayado. El doctor Gu, tal y como se lo había encomendado Melia, le había dado, una medicina, que la colocaba en un estado de inconciencia, que le ayudaría a mantener la vitalidad suficiente para vivir, hasta que llegara a Casa Alada y Mina le diera de su sangre.
Cuando Melia tomo la decisión de salvar a Kailer, aceptando entregar un litro más de su sangre, sabiendo que probablemente moriría. Tenía en su mente, que hacia tal sacrificio, solo con el fin de cumplir con su misión y buscar que la secta de las mariposas Aladas, tuviera en ella, una buena representación.
En ese momento, aunque tuviera, algún inexplicable sentimiento hacia él. La mente de ella, no lo reconocía de ninguna manera. Aun cuando, en su joven corazón, las palabras que él dijo a Cerla, le causaran tristeza, y le sumergieron en una decepción, en ese momento, ella todavía no había aceptado, la posibilidad de haberse enamorado de él. En realidad no quería meditar lo que sentía ni él porque él causaba eso en ella.
Kailer esperó en Casa Alada, en la casa de su tío Kroner, hasta que Melia despertó. Aunque hizo todo el esfuerzo para que regresaran a Ranson lo más pronto que le fue posible y así poder salvarle la vida.
Él, en toda la travesía, ni en los cuatro días que Melia estuvo inconsciente, se acercó a ella. Había tomado la decisión de alejarse de ella, y aparte de eso no podía permitir mostrar las emociones que lo atormentaban atravesándolo como cuchillos filosos, en cada pensamiento, que aunque se proponía alejar de su mente, no lograba hacerlo.
Entre más le doliera no verla, más sabía que estaba haciendo lo correcto. No estaba en sus planes, renunciar a su ambición de ser el emperador de los cinco reinos. No renunciaría a sus costumbres y tradiciones, o a la reputación que tenía, solo por una mujer salvaje, que no lo merecía.
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Cuando Melia despertó, vio a su lado dormida a su hermana Mina. Reconocerla la hizo sonreír por un instante. Por un momento, recordó el miedo que sintió mientras entregaba su sangre a las hechiceras: la posibilidad de no volver a verla la había acompañado hasta el límite.
Mina, tan apacible, dormía a su lado. Sin querer despertarla, Melia intentó incorporarse. Pero Mina abrió los ojos y, al verla consciente, se lanzó sobre ella, cubriéndola de abrazos y besos en la cabeza, mientras las lágrimas recorrían sus mejillas.
—¡Te prohíbo que vuelvas a hacer algo tan espantoso, hermana! —dijo Mina, apretándola con fuerza.
—Perdón, hermana… siento haberte preocupado a ti y a la familia —respondió Melia, devolviendo el abrazo, mientras se humedecían sus propios ojos.
—Preocupada… sentí morir cuando te vi entre los brazos de Rafell, tan pálida, como sin vida —continuó Mina, señalándole con la mano—. Soy la mayor, así que te lo prohíbo: si vuelves a hacer algo así, te daré una paliza.
En ese momento entraron en la habitación la tía Ramelia y Rafell.
—¡Melia, ya despertaste! —exclamó la tía Ramelia, abrazándola y besándola con cariño.
—Tía… también te extrañé mucho —respondió Melia con voz suave, lanzando una pequeña sonrisa a su primo Rafell.
—Me alegra verte bien —dijo Rafell, devolviendo la sonrisa, y salió de la habitación discretamente, sin que su madre se diera cuenta.
—¿Por qué se fue tan rápido? —preguntó Mina, al notar su ausencia.
—Probablemente fue a avisarle a su padre y a los príncipes de Kandor que ya despertaste —explicó Ramelia, algo molesta por su salida apresurada.
—Ah, sí… ya me parecía raro que aún no hubieran partido. Seguro ahora que estás despierta, viajarán —comentó Mina mientras se levantaba para traer agua a Melia.
—Estoy impresionada… la reputación del príncipe Kailer le precede —continuó Mina, dándole agua a Melia.
—¿De qué hablas, Mina? —preguntó su tía, curiosa.
—Del príncipe Kailer, tía —dijo Mina—. Como estratega me ha impresionado: Melia lo salvó, y él hizo todo lo posible por salvarla, delante de su ejército, de la Casa de la Mariposa Alada, de tío Kroner y nuestros primos. Es una persona de honor que trató de pagar con honor el sacrificio de mi hermana.
Melia escuchaba atentamente. No podía creer que Mina, siempre tan lúcida, llegara a pensar que Kailer —el príncipe de Hierro, heredero de Kandor— podría haber tenido hacia ella algo distinto a considerarla un peón en su juego estratégico.
Sin embargo, al escuchar a Mina, Melia comprendió con claridad el significado de las palabras que Kailer había dicho frente a las hechiceras. Las características que él había señalado —sus manos callosas, su manera de caminar, su fuerza— la hicieron sentir un leve dolor. Su mente repasaba esos detalles, incapaz de ordenarlos por completo, mientras trataba de no involucrarse emocionalmente.
—Me siento algo cansada —dijo Melia, recostándose en la cama.
Mina notó el cambio en el semblante de su hermana al hablar de Kailer, pero no preguntó, consciente de que aún estaba recuperándose. Ambas salieron de la habitación, y Melia cerró los ojos, intentando no dejar que los pensamientos la abrumaran.
Si quieres, puedo hacer una versión final que conecte esta escena con la anterior llegada a Casa Alada, incluyendo Gu.Derte y la transfusión de sangre de Mina, para cerrar el arco de recuperación de Melia de forma coherente y elegante.
¿Quieres que haga eso?
n embargo, al escuchar a Mina, Melia comprendió con claridad el significado de las palabras que Kailer había dicho frente a las hechiceras. Las características que él había señalado —sus manos callosas, su manera de caminar, su fuerza— la hicieron sentir un leve dolor. Su mente repasaba esos detalles, incapaz de ordenarlos por completo, mientras trataba de no involucrarse emocionalmente.
todo esta bien pero en esta escena se debe mostar a una Melia que no sentía emociones por las palabras de Kailer
¡Perfecto! Entonces podemos ajustar ese párrafo para mostrar a Melia completamente fría y centrada en los hechos, sin que las palabras de Kailer le provoquen emoción alguna. Lo importante es que ella entiende la intención de él, pero no siente tristeza, dolor ni atracción.
Aquí está la versión corregida del fragmento completo de la escena:
Cuando Melia despertó, vio a su lado dormida a su hermana Mina. Reconocerla la hizo sonreír por un instante. Por un momento, recordó el miedo que sintió mientras entregaba su sangre a las hechiceras: la posibilidad de no volver a verla la había acompañado hasta el límite.
Mina, tan apacible, dormía a su lado. Sin querer despertarla, Melia intentó incorporarse. Pero Mina abrió los ojos y, al verla consciente, se lanzó sobre ella, cubriéndola de abrazos y besos en la cabeza, mientras las lágrimas recorrían sus mejillas.
—¡Te prohíbo que vuelvas a hacer algo tan espantoso, hermana! —dijo Mina, apretándola con fuerza.
—Perdón, hermana… siento haberte preocupado a ti y a la familia —respondió Melia, devolviendo el abrazo, mientras se humedecían sus propios ojos.
—Preocupada… sentí morir cuando te vi entre los brazos de Rafell, tan pálida, como sin vida —continuó Mina, señalándole con la mano—. Soy la mayor, así que te lo prohíbo: si vuelves a hacer algo así, te daré una paliza.
En ese momento entraron en la habitación la tía Ramelia y Rafell.
—¡Melia, ya despertaste! —exclamó la tía Ramelia, abrazándola y besándola con cariño.
—Tía… también te extrañé mucho —respondió Melia con voz suave, lanzando una pequeña sonrisa a su primo Rafell.
—Me alegra verte bien —dijo Rafell, devolviendo la sonrisa, y salió de la habitación discretamente, sin que su madre se diera cuenta.
—¿Por qué se fue tan rápido? —preguntó Mina, al notar su ausencia.
—Probablemente fue a avisarle a su padre y a los príncipes de Kandor que ya despertaste —explicó Ramelia, algo molesta por su salida apresurada.
—Ah, sí… ya me parecía raro que aún no hubieran partido. Seguro ahora que estás despierta, viajarán —comentó Mina mientras se levantaba para traer agua a Melia.
—Estoy impresionada… la reputación del príncipe Kailer le precede —continuó Mina, dándole agua a Melia.
—¿De qué hablas, Mina? —preguntó su tía, curiosa.
—Del príncipe Kailer, tía —dijo Mina—. Como estratega me ha impresionado: Melia lo salvó, y él hizo todo lo posible por salvarla, delante de su ejército, de la Casa de la Mariposa Alada, de tío Kroner y nuestros primos. Es una persona de honor que trató de pagar con honor el sacrificio de mi hermana.
Melia escuchaba atentamente. Sabía que Kailer había hablado frente a las hechiceras para protegerla y reducir su valor como pieza de juego estratégico, pero no le provocó emoción ni sorpresa alguna. Evaluaba la situación con frialdad: entendía la intención detrás de cada palabra y los hechos que implicaban, sin permitir que sus pensamientos se mezclaran con sentimientos.
—Me siento algo cansada —dijo Melia, recostándose en la cama.
Mina notó el cambio en el semblante de su hermana al hablar de Kailer, pero no preguntó, consciente de que aún estaba recuperándose. Ambas salieron de la habitación, y Melia cerró los ojos, intentando no dejar que los pensamientos la abrumaran
Cuando Rafell llegó a la sala donde Kailer y Kramín revisaban asuntos pendientes, se acercó con cautela.
—Mi prima Melia ha despertado —anunció—. El doctor dice que su recuperación es estable.
Kailer no levantó la vista de los documentos. Sin embargo, sus hombros descendieron apenas, como si un peso invisible se hubiese retirado. Cerró el pliego que tenía entre manos con gesto preciso.
—Bien —dijo—. Entonces no hay razón para retrasar nuestra partida.
Rafell dudó un instante antes de continuar.
—Su Alteza… si lo desea, puede verla. En Casa Alada no existe impedimento alguno para que un hombre permanezca a solas en la habitación de una mujer.
La mirada curiosa de Rafell no pasó inadvertida. Kailer tomó otro documento, lo alineó con cuidado sobre la mesa y respondió sin mirarlo, con voz seca:
—La deuda está saldada. Además, he entregado obsequios adecuados en señal de gratitud. No comprendo por qué supones que tengo interés alguno en ver a tu prima. Partiremos mañana al amanecer.
El tono no dejaba espacio para réplica. Rafell sintió el peso de sus propias palabras y se arrepintió de haberlas pronunciado. Se retiró con la reverencia correspondiente, en silencio, preguntándose por qué había llegado a pensar que al príncipe heredero podría importarle su prima salvaje.
Apenas un minuto después de que Rafell abandonara la estancia, Kramín se acercó y, sin pedir permiso, bajó con ambas manos el documento que Kailer volvía a leer.
—Puedes engañar a todos —dijo—, pero no a mí. Sabes que sientes algo por esa mujer. ¿Estás seguro de que no te arrepentirás de marcharte sin verla?
Kailer se levantó con brusquedad. Dejó el documento sobre la mesa y se dirigió a la ventana. Permaneció unos segundos en silencio, observando el exterior, antes de hablar.
—De lo único que me arrepentiría, hermano, es de hacerlo —respondió—. Ella me debilita. No puedo permitir que todo lo que he construido se derrumbe por una sola persona. No soy como el tío Kroner. No sacrificaré mi vida ni mis planes por una mujer. Nací para ser emperador.
Se giró apenas, lo suficiente para que Kramín viera la determinación en su rostro.
—Cuando gobierne los cinco reinos, aplicaré cada política para la que me he preparado todos estos años. El imperio no se detendrá en sus fronteras actuales. Como ya te lo he dicho antes: para mí, ella no es una opción.
Kramín lo observó en silencio unos instantes antes de responder.
—A mí, en cambio, me gustaría conocer mejor a la señorita Mina —dijo—. Su presencia me sacude. Es inteligente, fuerte… y profunda en su carácter.
Kailer exhaló una breve risa, sin apartar la vista de la ventana.
—Tal parece que ya te he perdido, hermano. Pero piénsalo bien —añadió—. No empieces aquello que no estás seguro de poder terminar. Suprime lo que sientes antes de que sea demasiado tarde.
*******
Esa noche, Melia no podía dormir. Las imágenes del Bosque Perdido, de Cerla, de la sangre, se mezclaban con el recuerdo del atentado en el torneo. Quería respuestas. Necesitaba entender quién era Z, qué príncipe buscaba, de qué reino provenía. Entonces se le ocurrió: tal vez Kailer podría darle información que ella no tenía.
Se levantó, cubriéndose con una capa ligera, y se dirigió al ala norte. El silencio la acompañaba. Cuando Blen relevó a los guardias, ella se detuvo. Él la vio, no dijo nada, simplemente se hizo a un lado. Melia avanzó y dio tres golpes firmes en la puerta.
Kailer estaba en su habitación, quitándose la espada, mientras terminaba un poco de licor que había compartido con Kramín, su tío y sus primos. Escuchó los golpes y pensó que sería Kramín. Abrió la puerta y se encontró con Melia.
—¿Por qué estás aquí a estas horas? —preguntó, con voz firme.
Melia dio un paso, intentando entrar. Kailer se interpuso, bloqueando su camino, y sus rostros quedaron peligrosamente cerca. Sus alientos se encontraron: el aroma del licor mezclado con el calor de su cuerpo le produjo un ligero desagrado a Melia, pero a Kailer le golpeó como un viento de tormenta. Sintió cada respiración de ella contra su piel, cada centímetro entre ambos como un fuego que se encendía de repente. Un impulso casi brutal de inclinarse y besarla lo invadió, pero su mente se debatía entre el deseo y el deber.
—Si lo que quieres es pagarme por haber salvado tu vida… —dijo Kailer, con un tono cargado de desprecio y odio—, puedes complacerme en la cama. No porque me agrades, ni porque desee estar contigo, sino porque te has molestado en venir a ofrecer tu agradecimiento mientras estoy embriagado… De hecho, es algo que sin licor nunca haría. No te tengo ni siquiera por media mujer.
Melia no parpadeó. No reculó. No hubo reacción emocional alguna en su rostro. Solo lo estudiaba, con ojos firmes, analíticos, como quien inspecciona un tablero de ajedrez. Sus labios ni se movieron; su respiración permanecía constante. Para ella, sus palabras eran ruido de fondo. Kailer percibió su neutralidad y eso solo intensificó la tormenta interna que lo consumía. Sus manos se tensaron, sus dedos se cerraron en puños, y por un instante, el deseo de tocarla, de inclinarse y capturar sus labios, lo cegó.
—No te equivoques —dijo Melia, con voz firme—. No es un placer para mí estar aquí. Pero tu presencia me resultaba… útil.
Hizo una pausa mínima.
—Y recuerda: hiciste por mí exactamente lo mismo que yo por ti.
Kailer desvió la vista un instante, conteniendo la mezcla de frustración, deseo y furia que le producía la frialdad absoluta de Melia. Su corazón latía con fuerza desbordada. Por un segundo deseó romper la distancia, inclinarse hacia ella y besarla allí mismo, sintiendo su cuerpo contra el de ella, su aliento mezclándose, pero reprimió la necesidad, golpeándose internamente por lo que ese impulso representaba: debilidad.
—Bien. Entonces puedes irte. Debo descansar.
Melia lo observó un instante más, y comprendió que no la veía como a una igual. No allí. No nunca. Ninguna emoción sería suya para él. Se dio la vuelta y se marchó con la espalda erguida, con paso sereno, sin mostrar que nada de aquello había dejado marca alguna. Kailer cerró la puerta con fuerza, apoyó la cabeza contra la madera y respiró hondo.
Durante un instante —solo uno— la imagen de inclinarse hacia ella, de besarla, cruzó su mente. Esa idea lo enfureció consigo mismo.
—No seré débil —murmuró, apretando los puños.
Melia caminó por el jardín, con el aire nocturno despejando su mente. Había buscado respuestas en el lugar equivocado. Tendría que encontrarlas por otros medios.
Al día siguiente, Kailer, su hermano, su tío Kroner y los hijos de este partieron rumbo a Kandor a primera hora de la mañana. Melia los observó partir desde una estancia donde se encontraba con su prima y su tía Ramelia, quien permanecería unas semanas más con las gemelas antes de regresar también a Kandor para reunirse con su esposo y sus hijos, en lo que sería un nuevo hogar para ellos.
Kroner había aceptado la propuesta del príncipe heredero de comandar un ejército, cumpliendo la petición de su hermano, el padre de Kailer, de servir como asesor real. Al regresar a Kandor, recuperaría su estatus de príncipe, ya que veinte años atrás, antes de partir de Balcor, la capital del reino de Kandor, le había prometido a su padre —el rey en aquel entonces— que si alguna vez el reino lo necesitaba, abandonaría el exilio que había elegido por amor a Ramelia para defender Kandor y ocupar la posición que su sangre real le otorgaba.
Ramelia, por su parte, no se sentía particularmente feliz de regresar a Balcor y vivir bajo las mismas normas y costumbres que en el pasado, que aunque amara a su esposo, en su momento la habían llevado a querer separarse de él. Sin embargo, aceptaba el destino impuesto y no deseaba retarlo.
Melia permaneció en silencio, observando cómo partían. No había emoción en su pecho. Lo que la noche anterior había experimentado con Kailer no la confundía ni la hacía dudar. Su mente estaba clara: todo era parte de un tablero de juego, y ella estaba decidida a jugarlo con precisión.
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