Emanuel lo tiene todo… menos la libertad de ser quien realmente es.
El mejor alumno de la universidad, el hijo perfecto, un secreto que pesa demasiado.
Una cita equivocada lo lleva a conocer a Sasha y a su hermano Héctor, alguien que vive sin esconderse y despierta en él lo que siempre negó.
Entre miradas prohibidas, decisiones difíciles y una verdad que amenaza con salir a la luz, Emanuel deberá elegir entre seguir fingiendo o amar sin miedo.
Porque hay silencios que duelen más que cualquier verdad.
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Capítulo XIX Demasiado tarde
Emanuel no dijo nada.
No gritó, no discutió, no pidió explicaciones.
Simplemente dio media vuelta… y se fue.
Sus pasos eran rápidos, casi torpes, como si el cuerpo se moviera antes de que el corazón terminara de romperse. Sentía el pecho apretado, la garganta cerrada, y una mezcla rara de bronca y tristeza que no sabía cómo acomodar.
—¡Emanuel! —gritó Sasha desde atrás.
Pero él no frenó.
Sasha giró furiosa hacia Héctor, los ojos llenos de enojo y sorpresa. —¿¡Qué estás haciendo, Héctor!? —le gritó—. ¡¿Te das cuenta de lo que provocaste?!
Héctor se quedó quieto, la mandíbula dura, los brazos tensos a los costados. No miraba a nadie. Miraba el piso, como si ahí estuviera la respuesta que no quería aceptar.
Santiago dio un paso al frente. Tenía la cara pálida, pero los ojos firmes. —Ve por Emanuel —le dijo, sin vueltas—. Ahora.
Héctor levantó la vista y lo miró. Por un segundo pareció dudar. Por un segundo… casi dio el paso.
Pero no lo hizo.
—Ya es tarde —respondió con voz baja, pero firme—. Hablaré con él mañana.
Sasha abrió la boca, incrédula. —¿Mañana? —repitió—. ¿Vos pensás que esto se arregla mañana?
Santiago apretó los puños. —Cuando alguien se va así… —dijo despacio— no siempre vuelve igual.
Héctor no contestó.
Por dentro, algo le dolía. Mucho. Pero su orgullo, su confusión y sus propios miedos eran más fuertes en ese momento.
Mientras tanto, Emanuel caminaba sin mirar atrás.
Cada paso era una decisión. Cada paso era una herida nueva.
No sabía si estaba más lastimado por lo que pasó…
o por lo que no pasó.
Y sin saberlo, esa noche marcaba un antes y un después para todos.
Porque a veces…
no decir nada,
también es una elección.
Y no siempre tiene vuelta atrás.
Santiago salió corriendo sin pensar.
No escuchó a Sasha, no miró a Héctor, no le importó nada más que una sola cosa: Emanuel.
Subió las escaleras de dos en dos, con el pecho apretado y la cabeza llena de culpa. Sabía exactamente dónde buscarlo. Siempre había sido así. Cuando Emanuel estaba roto, volvía al mismo lugar.
Empujó la puerta de la habitación despacio.
—Ema… —susurró.
Emanuel estaba sentado en la cama, con la cara entre las manos. Sus hombros temblaban. No hacía ruido, pero las lágrimas caían una tras otra, como si llevaran años acumulándose.
Santiago se quedó quieto un segundo, mirándolo. Verlo así le dolió más que cualquier discusión.
Se acercó despacio y se sentó a su lado.
—Amigo… lo siento —dijo al fin, con la voz quebrada—. Nunca quise que te doliera así.
Emanuel no levantó la mirada.
—Yo sé —respondió, apenas audible.
Santiago respiró hondo. —Yo amo a Marcos —confesó—. Con Héctor no hay nada… solo cariño, como el que se tiene a un amigo. Vos me conocés. Sabés que nunca te haría daño.
Emanuel levantó la cara. Tenía los ojos rojos, la mirada cansada. —Yo sé que vos no me harías daño —dijo—. Nunca dudé de vos.
Hizo una pausa, tragándose el nudo en la garganta.
—Pero Héctor… Héctor tiene sentimientos por vos.
Santiago negó con la cabeza, rápido. —No es así, Emanuel.
—Sí lo es —respondió él, con tristeza—. Y si estuvieras en mi lugar… también lo harías por mí. También lo sentirías.
Santiago no supo qué decir. Por primera vez, se quedó en silencio.
Emanuel se pasó la mano por la cara. —No sé… necesito tiempo —susurró—. Me dolió. Y mucho.
Santiago sintió los ojos llenarse de lágrimas. Sin decir nada más, se acercó y lo abrazó fuerte. De esos abrazos que no piden permiso. De los que sostienen.
Emanuel se dejó caer contra su pecho.
Y sin darse cuenta… volvieron a ser niños.
Como aquellas veces en que la madre de Emanuel le gritaba que dejara de llorar.
Como cuando le pegaba por mostrar tristeza.
Como cuando Emanuel salía corriendo, con los ojos llenos de miedo, y se escondía en la habitación de Santiago solo para poder llorar en paz.
—Acá podés llorar —le decía siempre Santiago.
Y ahora… seguía siendo verdad.
Emanuel lloró como no lo hacía desde hace años. Santiago lo sostuvo, mojado en lágrimas, sin soltarlo. Como antes. Como siempre.
Porque había cosas que cambiaban…
pero otras, como ese abrazo,
eran eternas.

Emanuel cerró la puerta de la habitación en silencio. El aire todavía estaba cargado de lo que había pasado con Santiago, de ese abrazo que lo había desarmado por completo. Se pasó la mano por el rostro, todavía húmedo por las lágrimas, y caminó despacio hasta la mesa de luz.
Ahí estaban los papeles.
Los tomó con manos temblorosas. La dirección. La letra de Héctor era clara, firme… demasiado firme para alguien que decía que solo era “cariño de amigos”. Emanuel apretó el papel contra el pecho. Sabía que, si se quedaba un minuto más, iba a flaquear. Y esta vez no podía hacerlo.
Abrió el bolso con movimientos rápidos, casi desesperados. Metió la dirección, algunas cosas sueltas, y sacó una hoja en blanco. Se sentó en la cama, respiró hondo y empezó a escribir. Cada palabra le costaba, como si le arrancaran algo por dentro.
Dejó la carta doblada sobre la mesa de luz, justo donde Santiago la vería primero. Encima, otra nota más corta, dirigida a Héctor. No quiso releerlas. Sabía que, si lo hacía, no se iba a ir.
Se colgó el bolso al hombro y miró la habitación por última vez. Ese lugar había sido refugio, risa, infancia, heridas compartidas. Ahora era solo un recuerdo más.
Salió sin hacer ruido.
El pasillo parecía interminable. Cada paso era una lucha entre seguir adelante o volver atrás. Pero Emanuel mantuvo la mirada al frente. Bajó las escaleras, cruzó la puerta y la noche lo envolvió por completo.
En el metro, el ruido de la gente, las luces frías y el traqueteo del vagón no lograban tapar el caos que llevaba dentro. Se sentó junto a la ventana, abrazando el bolso como si fuera lo único que lo sostenía. Cuando el tren arrancó, Emanuel no miró atrás. No quiso ver nada que pudiera hacerlo dudar.
Mientras tanto, en la habitación, Santiago entró con el corazón todavía apretado. Iba a decir algo… cuando vio la carta.
—Emanuel… —susurró.
La leyó despacio. Con cada línea, el pecho se le iba cerrando más. Entendió el dolor, la confusión, la decisión. Cuando terminó, se quedó sentado en la cama, en silencio, con los ojos perdidos.
Luego vio la nota para Héctor.
Nada volvió a ser igual en ese instante.
Emanuel, ya lejos, apoyó la frente contra el vidrio del metro. Una lágrima silenciosa cayó, pero no la limpió. Sabía que dolía… pero también sabía que era necesario.
Por primera vez, estaba eligiéndose a sí mismo.
Y aunque no lo sabía aún, ese viaje sin mirar atrás iba a cambiar el destino de todos.

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Emanuel se fue… y nada volvió a ser igual
Los secretos duelen, los silencios pesan y las decisiones cambian destinos.
¿Hizo bien en irse? ¿Alguien llegará a tiempo para detenerlo?
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Seguí la historia para no perderte nada, porque esto recién empieza…
Luna Aoul 🌸