El destino vuelve a reunirlos bajo el mismo techo, pero nadie sabe qué traerá consigo este reencuentro.
¿Encontrará Emma a alguien capaz de comprender su corazón?
¿Descubrirá que el amor puede llegar cuando menos lo espera?
¿O será una tentación inesperada la que ponga su mundo de cabeza?
En esta historia, nada está escrito todavía. Los sentimientos crecerán, los secretos saldrán a la luz y las decisiones de sus protagonistas irán marcando el rumbo.
Porque a veces, el corazón desea algo que la razón no sabe explicar… y la vida nos enfrenta a elecciones que jamás pensamos tener que hacer.
Bienvenidos a Tentaciones prohibidas.
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Volver a encontrarnos
Leonardo había imaginado aquel encuentro decenas de veces durante el vuelo. Había preparado frases, disculpas y explicaciones. Se había prometido que mantendría la calma y que hablaría con Emma como un adulto.
Pero verla allí, descalza, con el cabello a medio peinar y aquella expresión de absoluta sorpresa, hizo que todas sus palabras desaparecieran.
Emma tampoco pensó.
Simplemente reaccionó.
Se abalanzó sobre él y rodeó su cuello con los brazos.
Leonardo la recibió por instinto, sujetándola por la cintura y atrayéndola contra su cuerpo.
Después hundió el rostro en el hueco de su cuello.
Su aroma.
Había extrañado aquel aroma más de lo que quería admitir.
Emma cerró los ojos y se aferró a él, sintiendo que aquellas semanas de tristeza, dudas y silencios se desvanecían durante un instante.
Leonardo la estrechó entre sus brazos. Solo quería tenerla cerca.
Y, al mismo tiempo, ambos pronunciaron las mismas palabras.
—Te extrañé.
Se quedaron inmóviles.
Emma levantó lentamente el rostro.
Leonardo también.
Sus miradas se encontraron y, durante unos segundos, ninguno pareció recordar que existían razones para mantenerse alejados.
—Yo… —comenzó Emma, pero la voz se le quebró.
Leonardo deslizó suavemente una mano por su espalda.
—Hola, pequeña.
Emma sintió que los ojos se le humedecían.
—¿Qué haces aquí?
Él respiró profundamente.
Había cruzado medio continente para verla. Había pasado semanas preguntándose cómo estaría, qué pensaría de él y si todavía guardaba algún sentimiento por aquel hombre que le había pedido distancia.
Ahora que estaba frente a ella, no quería desperdiciar ni un segundo.
—Necesitaba verte —respondió con sinceridad.
Emma lo miró, buscando en su rostro alguna señal de que estaba jugando con ella.
—Pensé que querías que estuviéramos lejos.
Leonardo bajó la mirada.
—Lo sé.
—Me pediste distancia, León.
—Lo sé, Emma.
—Yo solo intento respetarla.
Aquellas palabras le dolieron.
Porque sabía que ella no estaba exagerando. Él había sido quien levantó aquella barrera y ahora estaba allí, cruzándola sin siquiera haberle avisado.
—No he podido concentrarme estas últimas semanas —confesó.
Emma dejó de respirar por un instante.
Antes de que pudiera responder, una voz sorprendida llegó desde el interior del departamento.
—¡Em! ¿Quién demonios llegó?
Lenna apareció en el pasillo con el perfume en una mano.
Al verlos abrazados en la entrada, se detuvo en seco.
Miró a Emma.
Después a Leonardo.
Y finalmente volvió a mirar a Emma.
—Leonardo…
Emma se apartó lentamente de él, aunque sus manos permanecieron unos segundos más sobre sus hombros.
—Lenna, yo…
—¡Espera! —exclamó su amiga—. ¿Leonardo Moretti está en nuestro departamento? ¿Y el señor Aless lo sabe?
Leonardo se aclaró la garganta, intentando recuperar la compostura.
—Hola, Lenna. ¿Qué te crees?
Ella lo observó de arriba abajo.
—Hola, pues… Obviamente no lo sabe. Si supiera que Leonardo Moretti le rompió el corazón a su hija, estarías muerto.
—¡Lenna! —advirtió Emma, sonrojándose.
—¡No, espera, Em! Es que esto es una sorpresa. Sobre todo porque hace unas semanas cierta persona estaba destrozada porque tú decidiste alejarte.
—¡Lenna!
—¿Qué? ¿Acaso estoy mintiendo?
Leonardo aceptó el golpe sin protestar.
El silencio pareció sorprender a Lenna, que esperaba alguna excusa.
Él miró a Emma.
—Vine a hablar con ella, si me lo permite.
Lenna cruzó los brazos.
—Eso dependerá de lo que tengas que decirle.
Emma contempló a ambos, nerviosa.
Había imaginado muchas veces volver a ver a Leonardo. En algunas fantasías, él la llamaba y le confesaba que la extrañaba. En otras, ella conseguía olvidarlo y lo recibía con indiferencia.
Nunca había imaginado que aparecería en su puerta justo cuando estaba a punto de salir a bailar.
Y mucho menos que la abrazaría como si también hubiera pasado semanas echándola de menos.
Miró el reloj.
Después observó a Lenna, que seguía esperando una explicación.
Finalmente, volvió la mirada hacia Leonardo.
—¿Viniste hasta aquí solamente para verme?
Él sostuvo su mirada.
—Sí.
Por primera vez en mucho tiempo, no intentó esconderse detrás de una broma ni de una frase arrogante.
—No espero que me perdones ni que olvides lo que pasó. Solo quiero que me escuches. Te debo una explicación y una disculpa.
Emma sintió un nudo en la garganta.
Una parte de ella quería abrazarlo otra vez y preguntarle por qué había tardado tanto.
La otra tenía miedo de volver a ilusionarse.
—Está bien —dijo finalmente—. Podemos hablar.
Leonardo soltó el aire que parecía haber estado conteniendo desde que abrió la puerta.
—Gracias.
Emma levantó un dedo, advirtiéndole.
—Pero no creas que eso significa que todo está bien.
Lenna miró a su amiga y después a Leonardo.
—Bueno, parece que la discoteca tendrá que esperar.
Emma suspiró.
—Lo siento, Lenna.
—No te preocupes. Pero quiero que sepas algo, Leonardo.
Él la miró.
—Emma es mi mejor amiga. Si has venido a confundirla otra vez y después marcharte como si nada, te aseguro que vas a tener que responderme a mí también.
Leonardo asintió con seriedad.
—Lenna, basta. No he venido para hacerle daño.
Lenna lo estudió unos segundos, como si intentara decidir si debía creerle.
Después señaló el sofá.
—Muy bien. Siéntense. Yo me voy a la discoteca. Em, me escribes si necesitas algo.
Emma asintió y abrazó a su amiga.
—Te quiero.
—Y yo a ti. No lo olvides.
Lenna le lanzó a Leonardo una última mirada de advertencia antes de marcharse.
La puerta se cerró, dejando a Emma y Leonardo solos en el departamento.
Durante unos segundos, ninguno supo qué decir.
Emma seguía descalza, con el peine en una mano y el cabello rubio a medio arreglar. Leonardo, por su parte, permanecía de pie junto al sofá, observándola con una mezcla de ternura y nerviosismo que pocas veces había experimentado.
—Bueno… —murmuró Emma—. Supongo que ahora sí puedes explicarme qué haces aquí.
Leonardo soltó una pequeña risa.
—¿No puedo venir a visitarte?
Emma arqueó una ceja.
—Claro que puedes. Pero no aparezcas después de semanas sin hablarme esperando que todo sea como antes.
—Tienes razón.
Ella lo observó, sorprendida por aquella respuesta.
—Y sigues siendo un idiota —añadió.
Leonardo sonrió.
Por un instante, ambos estuvieron a punto de reírse como antes, pero la tensión regresó cuando sus miradas se encontraron.
Él se puso serio y señaló el sofá.
—¿Podemos sentarnos?
Emma asintió.
Se acomodó en un extremo, mientras Leonardo ocupaba el asiento de enfrente. Él se frotó las manos, buscando las palabras adecuadas.
No había cruzado medio continente para improvisar, pero ahora que estaba frente a ella, todo lo que había ensayado durante el vuelo parecía insuficiente.
—Em, quiero pedirte perdón.
Ella dejó el peine sobre la mesa y lo miró directamente.
Leonardo respiró profundamente.
—Por cómo me comporté después de nuestro cumpleaños. Por haberte evitado en la playa, por mi manera de hablarte y por hacerte sentir que habías cometido un error al decirme lo que sentías.
Emma bajó la mirada.
Escuchar aquellas palabras de su boca era algo que había deseado durante semanas, aunque no se hubiera permitido reconocerlo.
—Me dolió mucho, León.
Él asintió, apretando ligeramente la mandíbula.
—Lo sé. Y créeme que lo lamento. Mi intención jamás fue lastimarte, pequeña. Nunca habría querido verte llorar por mi culpa.
Leonardo cerró los ojos un instante.
—No voy a buscar excusas para justificarme.
Aquella respuesta la sorprendió.
Estaba acostumbrada a que Leonardo respondiera a sus reproches con bromas, comentarios sarcásticos o alguna explicación que terminaba haciéndola reír. Pero esta vez no intentaba escapar de la conversación.
Estaba allí, dispuesto a escucharla.
—Estaba abrumado —continuó él—. No sabía cómo manejar lo que había sucedido. Pensé en nuestra familia, en Alessandro, en todo lo que podía cambiar entre nosotros y me asusté. En lugar de hablar contigo, hice lo más fácil: alejarme.
—¿Fue fácil para ti? —preguntó Emma con suavidad.
Leonardo la miró.
—No. Pero en esos momentos no pensé en lo que eso significaría para ti. Estaba tan preocupado por mis propios temores que no me detuve a pensar en cómo te sentirías.
Emma guardó silencio.
Una parte de ella todavía recordaba el dolor de aquella despedida en la playa. Recordaba haberle pedido que, al menos, no la tratara como a una extraña delante de su familia.
Pero también podía ver que Leonardo estaba arrepentido.
Y no quería convertir aquella conversación en una lista interminable de reproches.
—Yo tampoco sabía qué hacer —admitió finalmente—. Me sentí avergonzada por haberme abierto contigo. Pensé que quizá había arruinado nuestra relación y que ya no querías tenerme cerca.
Leonardo la miró con seriedad.
—Nunca he querido perderte, Em.
La respuesta salió de sus labios sin vacilación.
Ella levantó los ojos.
Leonardo sostuvo su mirada, consciente de que aquella era una de las pocas cosas de las que estaba completamente seguro.
—Eres demasiado importante para mí —añadió—. No quiero que desaparezcas de mi vida. No quiero que dejes de llamarme, que tengas miedo de contarme tus cosas o que sientas que tienes que evitarme cuando volvamos a estar con la familia.
Emma sintió que se le humedecían los ojos.
—Entonces no me alejes, León.
Él permaneció inmóvil.
—No me alejes de ti. Eso es lo único que te pido.
Su voz tembló ligeramente, pero continuó hablando.
—Sé que lo que pasó fue complicado. Sé que quizá necesitemos tiempo para acostumbrarnos a lo que ocurrió, pero no quiero perderte. No quiero que dejemos de bromear, que no podamos hablar de nuestras cosas o que cada vez que estemos juntos tengamos que recordar lo que pasó.
Leonardo sintió una presión en el pecho.
Emma respiró profundamente y reunió el valor para decir lo que llevaba semanas repitiéndose.
—Yo quiero que nuestra relación continúe como antes. Quiero poder llamarte cuando tenga un problema, contarte cómo me va en la universidad y escuchar tus historias. Quiero que vuelvas a ser ese hombre con el que podía hablar de cualquier cosa sin sentirme incómoda.
Hizo una pausa.
—No quiero obligarte a sentir nada por mí. Tampoco quiero que te quedes a mi lado por lástima. Solo quiero que no me apartes de tu vida.
Leonardo la contempló en silencio.
Había imaginado aquella conversación de muchas maneras, pero no estaba preparado para escucharla pedirle tan poco cuando él llevaba semanas sintiendo que su ausencia era demasiado.
Finalmente, sonrió y asintió.
—Está bien, pequeña. Vamos a intentarlo.
Emma lo miró con esperanza.
—¿De verdad?
—De verdad.
—¿Y volverás a llamarme?
—Claro.
—¿Y podré molestarte mientras estés trabajando?
Leonardo soltó una carcajada.
—Eso nunca has dejado de hacerlo.
Emma sonrió ampliamente.
—¿Cómo así? ¿No has dejado de pensar en mí?
Leonardo se puso nervioso.
—No es eso…
—Dijiste que no había dejado de molestarte, pero tú y yo llevamos semanas sin hablar.
Leonardo quería decirle que sí había pensado en ella, y mucho. Que apenas podía concentrarse en el trabajo cuando se descubría revisando sus fotografías en las redes sociales. Que había extrañado sus mensajes, sus bromas y hasta sus llamadas inoportunas.
Pero se contuvo.
—Em, ¿puedes dejar de molestarme?
Emma fingió indignación.
—Está bien. ¡Entonces todo vuelve a la normalidad!
—No tan rápido, señorita.
Ella frunció el ceño.
Leonardo se acomodó en el sofá.
—Porque los dos sabemos que las cosas serán un poco diferentes durante un tiempo. No quiero que finjamos que nada ocurrió ni que nos sintamos obligados a actuar de determinada manera. Necesitamos recuperar la confianza y aprender a estar cómodos otra vez.
Emma asintió despacio.
—Entiendo, gruñón.
—Y si alguna vez algo te incomoda, me lo dices. Nada de guardar silencio y después mirarme como si quisieras asesinarme.
Ella soltó una carcajada.
—¡Yo no te miro así!
Leonardo la señaló.
—Acabas de hacerlo.
—¡Eres un viejo tóxico!
—Viejo, dice. Ya quisieras llegar a mi edad viéndote así.
Ambos rieron.
La tensión comenzó a disiparse y, por primera vez desde aquel cumpleaños, Emma sintió que podía respirar con tranquilidad cuando estaba cerca de él.
Leonardo también lo notó.
Sonrió, aunque en el fondo sabía que aquel acuerdo sería mucho más difícil de cumplir de lo que ambos imaginaban.
Ser amigos significaba aprender a controlar ciertos impulsos, respetar los límites y no confundir la cercanía con una promesa.
Emma había aceptado darle otra oportunidad a la relación que siempre habían tenido. No le había pedido que la amara ni que le prometiera un futuro juntos.
Solo le había pedido que no la apartara de su vida.
Leonardo estaba dispuesto a intentarlo.
Pero mientras la observaba sonreír, comprendió que recuperar su lugar junto a ella no sería lo mismo que recuperar la tranquilidad que había perdido desde aquel beso.
Porque una cosa era prometer que volverían a ser los de antes.
Y otra muy distinta era conseguirlo.
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