Dos príncipes gemelos unidos por el trono, pero separados por sus propias sombras. Entre secretos de palacio, guerras inminentes y mujeres invencibles que se niegan a ser dominadas, el amor se convertirá en su mayor fortaleza... o en su ruina. Una historia de lealtad, pasión y un destino escrito con sangre que ni el tiempo podrá borrar. Traiciones de corte, pasiones prohibidas y un imperio que renace del caos. Sigue la historia de dos hermanos y las mujeres que conquistaron sus corazones, sin imaginar que la profecía que los unió dejaría una huella imborrable que trascenderá a través de los siglos.
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Capítulo 14: La palabra de su majestad es la ley
El Rey
El Gran Salón del Consejo olía a miedo rancio y a incienso costoso. Los asientos vacíos que habían dejado el marqués de Vane y el Primer Ministro eran como llagas abiertas en medio de la mesa de caoba. Los nobles restantes se sentaban con la espalda rígida, mirando de reojo la mancha oscura que aún se entretejía en las vetas de la madera donde el cuello de Vane había encontrado mi acero días atrás.
Creían que la vacante del Ministerio de Guerra sería entregada a alguno de sus duques adinerados. Creían que el poder volvería a repartirse entre las grandes familias.
Qué patética es la ceguera de los aristócratas.
—Traigan al nuevo ministro —ordené, mi voz cortando los murmullos como un hacha.
Las pesadas puertas de bronce se abrieron. El sonido de unas botas de cuero pesado resonó contra el mármol, seco, rítmico, sin la delicadeza afectada de la nobleza.
Avanzó por el pasillo un hombre de hombros anchos, con la piel curtida por el sol de mil batallas y una cicatriz profunda que le cruzaba el pómulo izquierdo hasta el cuello. Vestía la armadura funcional de la guardia de élite, sin los adornos de oro ni las capas de terciopelo que tanto fascinaban a la corte.
Felipe.
Él era la única persona en todo este maldito imperio que conocía la verdad completa. Cuando yo no era más que la sombra encadenada en las mazmorras, obligada a ponerme una máscara de hierro para ejecutar los trabajos sucios de mi hermano, Felipe era el capitán que guardaba la puerta. Él vio mis heridas, él conoció mi verdadero rostro y fue él quien juró lealtad no al título, sino al hombre que sobrevivió al infierno.
Fue Felipe quien, meses atrás en la penumbra de mi celda, me dio la idea maestra:
«Si las conviertes en tu guardia real, los ministros las acusarán de traición y las ejecutarán por quebrantar las leyes del ejército. Hazlas tus concubinas. Colócalas en el harén. Nadie sospecha de las mujeres a las que el rey pretende amar; allí serán intocables mientras destruyen la corte desde adentro».
Le debía el trono. Le debía mi vida.
—Majestad —dijo Felipe, hincando una sola rodilla en el suelo frente al estrado con el puño sobre el pecho—. El capitán de la guardia de la fortaleza acude a vuestro llamado.
Un murmullo de indignación contenida recorrió las bancadas de los nobles. El Conde de Selia, un viejo gordo adornado con demasiadas gemas en los dedos, no pudo contenerse y se puso de pie, temblando de ira.
—¡Majestad! ¡Esto es una aberración indudable! —exclamó el conde, buscando el apoyo del resto de los consejeros—. ¿Pretendéis nombrar a un simple guardia herido en batalla, un hombre de cuna baja sin linaje ni tierras, como el nuevo Ministro de Guerra del Imperio? ¡El Consejo Real jamás aceptará a un campesino con armadura al mando de las tropas imperiales!
Otros tres duques se levantaron de inmediato, alzando la voz en protestas superpuestas.
—¡El alto mando militar pertenece a la nobleza de sangre!
—¡Es una ofensa para las Grandes Casas!
Observé el espectáculo en silencio. A mi lado, Amira no movió un solo músculo, pero sus ojos brillaban con la serenidad de quien ve a un ciervo caminar directo hacia una trampa. Alessia, parada detrás de mi trono, apoyó la palma de la mano sobre el pomo de su espada, esperando mi señal con una sonrisa contenida.
Me puse de pie lentamente. El murmullo en el salón murió de golpe.
—¿Mencionaste la sangre, conde? —pregunté, bajando los escalones del estrado a paso firme hasta quedar a un metro del Conde de Selia.
El anciano trago saliva, retrocediendo medio paso.
—M-majestad... la tradición dictamina que...
—La tradición dictamina que el Ministro de Guerra debe saber dirigir a un ejército —lo interrumpí, imponiendo mi estatura sobre él—. El marqués de Vane tenía sangre pura y linaje noble, y usó el Ministerio para robar el dinero de los campamentos, dejar morir de hambre a la Quinta División en el Norte y contratar mercenarios para intentar asesinar a su rey.
Hice una pausa, dejando que la sombra del recuerdo de la ejecución de Vane flotara en el aire.
—Felipe ha sangrado en doce campañas imperiales —continué, mi voz bajando a un tono cavernoso que hizo temblar a los ancianos del consejo—. Perdió a la mitad de su unidad defendiendo las fronteras mientras ustedes bebían vino en copas de cristal. No tiene tierras porque su vida entera ha sido este imperio. No tiene linaje porque su único apellido es la lealtad.
Me giré hacia el resto del Consejo, recorriendo uno a uno los rostros pálidos de los nobles.
—Resolveré el problema de la nobleza de raíz —declaré. Desenfundé la daga ceremonial de mi cinturón y, antes de que alguien pudiera reaccionar, tomé la mano de Felipe, hice un corte limpio en su palma y luego en la mía, apretando nuestros puños en un juramento de sangre frente a la corte—. A partir de este segundo, Felipe de la Guardia queda elevado al rango de Duque del Norte y es nombrado oficialmente Gran Ministro de Guerra y Comandante Supremo de las Fuerzas Imperiales.
El silencio que siguió fue absoluto. Ningún duque, ningún conde, ningún ministro se atrevió a respirar fuerte.
—Si alguno de ustedes cree que su 'sangre pura' lo hace más digno de este puesto que el hombre que ha protegido mi vida en la oscuridad —añadí, mirando fijamente al Conde de Selia—, puede dar un paso al frente y reclamar el puesto con su espada.
El conde bajó la cabeza de inmediato, cayendo de rodillas al suelo.
—L-la decisión de su majestad es absoluta... Larga vida al nuevo Ministro de Guerra —balbuceó con la voz quebrada.
Uno a uno, los miembros del Consejo se apresuraron a arrodillarse, acatando el decreto por puro terror a la guillotina.
Felipe se puso de pie a mi lado. Nuestros ojos se cruzaron por un segundo. En los suyos no había ambición de poder, solo la promesa silenciosa de que la guerra contra el Consejo Real estaba a punto de entrar en su fase más sangrienta.
Con Felipe al mando del ejército, Amira liderando la política, Daría estrangulando las arcas de los rebeldes, Lyra desmantelando la mente de los ministros y Alessia protegiendo las sombras, el reino finalmente estaba donde debía estar: en manos de los verdaderos demonios.
lo siento, me quedo con el rey y el príncipe 😅😅
yo creo que el rey ama a la reina, y que ella es su amada. por eso la reina sueña con ese enmascarado