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Nos Queríamos En Silencio

Nos Queríamos En Silencio

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor de la infancia
Popularitas:483
Nilai: 5
nombre de autor: samuel luna

Es una historia sobre la amistad, los sentimientos callados y el miedo a cambiar lo que ya se tiene por decir la verdad.

NovelToon tiene autorización de samuel luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 14: Una forma distinta de empezar

Los días posteriores a la conversación con Daniel fueron extraños.

No porque todo se hubiera arreglado, sino porque ya no había una mentira clara contra la que luchar. Antes podía enfadarme con el silencio, con las suposiciones, con las decisiones que otros habían tomado por nosotros. Ahora la verdad estaba sobre la mesa, y la verdad era más incómoda que cualquier secreto.

Daniel y yo habíamos decidido volver a conocernos.

La frase parecía sencilla.

En la práctica significaba aprender a preguntar cosas que durante años habíamos dado por sentadas.

¿Estabas triste o solo cansado?

¿Quieres verme o necesitas espacio?

¿Lo que dijiste significa eso o estoy interpretándolo?

Era agotador.

También era una de las cosas más sinceras que habíamos hecho.

El primer día, Daniel me invitó a caminar por el parque detrás de la universidad. No lo llamó una cita. Yo tampoco. Ambos parecíamos demasiado conscientes de que ponerle nombre a algo podía convertirlo en una expectativa.

—¿Qué hacemos aquí? —pregunté.

—Caminar.

—Eso lo sé.

—Intentar estar juntos sin resolver toda nuestra vida en una tarde.

—Eso suena difícil para ti.

—Lo es.

Sonreí.

El parque estaba lleno de estudiantes. Algunas parejas compartían un helado, otras discutían sentadas en el césped. Nosotros avanzábamos despacio, con una distancia cuidadosa entre los hombros.

—Quiero preguntarte algo —dijo Daniel.

—Adelante.

—¿Qué recuerdas de la noche del accidente?

La pregunta me sorprendió.

—¿Por qué me preguntas eso?

—Porque llevo años recordándola por ti.

—No entiendo.

—Tú estabas allí, aunque no lo supieras. Todo lo que hice después estuvo relacionado con esa noche.

Bajé la mirada.

—Recuerdo que discutimos. Recuerdo que no me contestaste durante horas. Recuerdo que mi hermano me dijo que no querías verme.

—Yo sí quería verte.

—Lo sé ahora.

—¿Qué pensaste de mí?

Me detuve.

—Que te habías cansado.

Daniel recibió la respuesta en silencio.

—Pensé que yo había confundido nuestra relación —continué—. Que para ti era más fácil alejarte que decirme que no sentías lo mismo.

—Nunca fue eso.

—Lo sé ahora. Pero en ese momento eso fue lo que viví.

Daniel asintió.

—Entonces no basta con que te cuente mi versión. También tengo que aprender a escuchar la tuya.

—Sí.

—¿Qué más recuerdas?

—Que me volví más desconfiada. Empecé a esconder todo lo que sentía. Cuando tú me preguntaste si me gustaba alguien, no pude decirte que eras tú porque pensé que ya habías elegido a otra persona.

Daniel soltó una risa amarga.

—Y yo te pregunté precisamente porque creía que habías elegido a Andrés.

—Somos increíbles.

—Somos un desastre.

—Un desastre con demasiada paciencia.

Seguimos caminando.

Por primera vez en mucho tiempo, hablar del pasado no terminó en una discusión. No porque doliera menos, sino porque ninguno intentaba ganar.

A mitad del parque, Daniel señaló un pequeño puesto de comida.

—¿Quieres algo?

—¿Vas a comprarme el café sin azúcar para demostrar que me conoces?

—No. Voy a preguntarte qué quieres.

Lo miré.

—Eso es nuevo.

—Estoy practicando.

Pedí un chocolate caliente.

Daniel pidió un café.

Nos sentamos en una banca y observamos a la gente pasar. Era una escena normal, casi aburrida. Y, sin embargo, me gustó precisamente por eso.

No había secretos nuevos.

No había mensajes anónimos.

No había fotografías escondidas.

Solo nosotros intentando descubrir cómo ser honestos sin destruirnos.

—¿Qué quieres de mí ahora? —preguntó Daniel.

La pregunta me obligó a pensar.

—No quiero que me prometas que todo va a salir bien.

—No puedo.

—No quiero que actúes como si tuvieras que compensarme cada día por lo que hiciste.

—Eso también será difícil.

—No quiero que te conviertas en una versión perfecta de ti mismo solo para que yo no vuelva a enfadarme.

Daniel sonrió.

—Entonces ¿qué quieres?

—Quiero que seas claro. Si estás celoso, dilo. Si estás asustado, dilo. Si necesitas tiempo, pídelo. Pero no desaparezcas.

—Puedo hacer eso.

—Y yo también tengo que cambiar.

—¿Qué cambiarías tú?

Tomé el vaso entre mis manos.

—Dejar de asumir que si alguien me quiere, voy a perderlo. A veces he esperado tanto una señal de peligro que he terminado creando una.

Daniel me observó con atención.

—No eres responsable de todo lo que salió mal.

—Tú tampoco.

—Pero sí somos responsables de lo que hagamos ahora.

La frase me quedó resonando.

Aquella noche decidimos no besarnos.

No porque no quisiéramos, sino porque queríamos comprobar que podíamos pasar tiempo juntos sin usar la cercanía física para evitar las conversaciones difíciles.

Al día siguiente estudiamos en la biblioteca.

Daniel se sentó frente a mí y trabajó en silencio durante casi dos horas. De vez en cuando levantaba la mirada y yo lo descubría observándome. Ya no apartaba los ojos inmediatamente.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—No digas nada cuando sí hay algo.

—Estaba pensando que me gusta verte concentrada.

—Eso es una frase peligrosa.

—Estoy intentando ser claro.

—Entonces sigue.

—Me gusta la forma en que frunces el ceño cuando algo no te sale. Me gusta que subrayes demasiado. Me gusta que tomes apuntes como si fueras a explicárselos a alguien más.

Sentí calor en las mejillas.

—Eso no es justo.

—¿Qué parte?

—Que después de ocultarme tantas cosas vengas con observaciones bonitas.

—Puedo decirte también que dejas las tapas de los bolígrafos en cualquier parte.

—Eso sí es más creíble.

Sonrió.

La normalidad empezó a encontrar un espacio entre nosotros.

No era la normalidad antigua, la que estaba llena de secretos disfrazados de costumbre.

Era otra. Más lenta, más consciente y, quizá por eso, más frágil.

Una tarde, mientras salíamos de la universidad, Valeria apareció frente a nosotros.

Daniel se tensó.

Yo también.

—Hola —dijo ella.

—Hola —respondí.

Valeria me miró.

—¿Podemos hablar?

Daniel abrió la boca, pero lo detuve con una mirada.

—Sí.

Nos apartamos unos pasos.

—No quiero interferir entre ustedes —dijo—. Solo quería devolverte algo.

Sacó de su bolso una pequeña fotografía.

Era la misma imagen que me había mostrado días atrás, pero ahora podía observarla mejor. Daniel aparecía a su lado, más joven, sonriendo sin saber que aquella foto iba a sobrevivir a la relación.

—¿Por qué me la das?

—Porque creo que ya la viste desde el dolor. Tal vez algún día puedas verla desde la verdad.

—¿Y cuál es la verdad?

Valeria sostuvo la fotografía entre los dedos.

—Que él me quiso de una forma incompleta. Y que yo acepté estar ahí esperando que se volviera suficiente.

La honestidad de sus palabras me sorprendió.

—Lo siento.

—Yo también. Pero ya no te culpo.

—Nunca te culpé.

—Al principio quizá no. Después sí.

No tenía sentido negarlo.

—Gracias por decírmelo.

Valeria asintió.

—Cuídense. Pero no se cuiden tanto que vuelvan a esconderse.

Después se marchó.

Regresé junto a Daniel.

—¿Qué te dijo? —preguntó.

—Que no quiere que repitamos los errores.

—¿Y tú?

Guardé la fotografía en mi bolso.

—Yo tampoco.

Daniel miró hacia la calle.

—¿Te arrepientes de haberme dado una oportunidad?

Pensé en ello.

—No te he dado una oportunidad completa.

—¿Qué me has dado entonces?

—La posibilidad de demostrarme si la mereces.

Él asintió.

—Me parece justo.

—Y tampoco sé si esto es una relación.

—Podemos no nombrarlo todavía.

—¿No te molesta?

—Antes quería definirme contigo para sentirme seguro. Ahora prefiero ser honesto aunque no tenga una etiqueta.

La respuesta me conmovió.

Caminamos hasta la esquina. Allí, Daniel extendió la mano.

No para besarme.

No para prometerme algo.

Solo para preguntarme si quería acompañarlo un poco más.

Tomé su mano.

—¿Qué estamos haciendo? —pregunté.

—Empezando de una forma distinta.

—¿Sin pasado?

—Con el pasado. Pero sin dejar que decida todo.

—Eso va a ser difícil.

—Sí.

—¿Y si volvemos a lastimarnos?

Daniel apretó suavemente mis dedos.

—Entonces hablaremos antes de desaparecer.

—¿Y si vuelve el miedo?

—Lo diremos en voz alta.

—¿Y si no sabemos qué hacer?

—Pediremos tiempo.

Lo miré.

—Estás respondiendo demasiado bien.

—He tenido tres años para pensar.

—Yo también.

Se detuvo frente a mi casa.

—¿Puedo besarte ahora?

La pregunta me hizo sonreír.

—Sí.

El beso fue breve, pero distinto a los anteriores. No tenía la urgencia del descubrimiento ni el peso de una confesión pendiente. Era un beso más tranquilo. Más consciente.

Cuando nos separamos, Daniel mantuvo la frente contra la mía.

—No quiero volver a quererte en silencio —dijo.

—Entonces no lo hagas.

—¿Y tú?

—Yo tampoco.

Nos despedimos sin dramatismo.

Daniel se alejó por la acera y yo me quedé observándolo hasta que desapareció en la esquina.

Esa noche saqué la fotografía de Valeria y la guardé en una caja junto a la carta de Daniel.

No para conservar el dolor.

Sino para recordar que la verdad no siempre llegaba a tiempo, pero seguía siendo mejor que cualquier historia inventada.

Antes de dormir, recibí un mensaje.

Daniel: Hoy te pregunté qué querías y no intenté responder por ti. Creo que eso es progreso.

Sonreí.

Yo: Sí. Pero todavía tienes mucho que aprender.

Daniel: ¿Puedo hacerlo contigo?

Miré la pantalla durante unos segundos.

Yo: Puedes intentarlo.

La respuesta tardó menos de un minuto.

Daniel: Entonces mañana te invito a una cita. Una de verdad. Sin secretos, sin intermediarios y sin huir.

Por primera vez, la palabra “mañana” no me pareció una amenaza.

Me pareció una oportunidad.

1
Julián
excelente
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