En un mundo donde la magia y la traición se entrelazan, Valeria, una joven moderna, encuentra su vida truncada tras un fatal accidente. Al despertar, descubre que ha reencarnado en el cuerpo de la villana de una novela que acababa de leer. Con el rostro de la malvada que muere trágicamente, Valeria decide cambiar su destino. En lugar de seguir el camino de la oscuridad, planea reconciliarse con su media hermana, deshacer su compromiso con el héroe y recuperar el ducado que le pertenece por derecho. Sin embargo, en su búsqueda de venganza y redención, se verá atrapada en un romance inesperado con el verdadero villano de la historia. Entre intrigas y magia, Valeria deberá enfrentarse a sus propios demonios mientras intenta forjar un nuevo futuro.
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Capítulo 14
La sorpresa en el rostro de Elara fue genuina esta vez. Sus ojos verdes se abrieron de par en par, una mezcla de incredulidad y cautela en ellos.
—¿Disculparos, mi señora? —preguntó Elara, su voz apenas un susurro. La idea de que Seraphina se disculpara era, para ella, tan inverosímil como la nieve en pleno verano.
Seraphina asintió lentamente, sus ojos transmitiendo una profunda tristeza.
—Sí, Elara. Profundamente. Desde el día de mi… desmayo, he estado reflexionando. Y me he dado cuenta de la crueldad de mis palabras hacia vos. De mi injusticia.
Elara bajó la mirada, incapaz de sostener la de ella.
—No… no tenéis por qué, mi señora. Comprendo vuestro disgusto. Entiendo que… que mi llegada al ducado ha sido…
—Ha sido un factor, sí —la interrumpió suavemente, pero con firmeza. Quería evitar que Elara se culpara a sí misma—. Pero mis acciones, mis palabras, fueron mías. Y fueron impropias de una duquesa, e impropias de… una hermana.
Esa última palabra, "hermana", pareció golpearla. Elara levantó la vista de nuevo, sus ojos ahora llenos de una curiosidad teñida de dolor.
—Hermana… —repitió Elara, el nombre sonando extraño y ajeno en sus labios. La Seraphina original nunca la había llamado así, siempre había enfatizado su posición de "bastarda" o "intruso".
—Sí, Elara —dijo Valeria, su voz infundida con la emoción más genuina que pudo reunir. Y era genuina, porque ella sí veía a Elara como una hermana, una persona con la que podía forjar un vínculo—. Compartimos la misma sangre, Elara. Tenemos el mismo padre. Nos guste o no, somos familia. Y yo… yo he fallado en honrar ese vínculo. Mi padre siempre me enseñó que la familia es la base de todo, pero yo no lo he aplicado bien.
Hizo una pausa, dejando que sus palabras se asentaran. Vio la lucha en los ojos de Elara. La joven quería creer, pero la herida de las palabras pasadas de Seraphina era profunda. El miedo a ser herida de nuevo era casi tangible.
—Comprendo vuestra incredulidad —continuó, dando un paso más, sus ojos violetas suaves—. Sé que mis palabras, pronunciadas en el calor de la rabia y el agotamiento, fueron crueles e injustas. Desde que desperté, mi mente ha estado… confusa. El médico habló de un choque severo, de agotamiento. Y en esa confusión, muchas cosas se han aclarado para mí. He tenido tiempo para ver con más perspectiva la forma en que he tratado a quienes me rodean, y en particular, la forma en que os he tratado a vos.
Seraphina se acercó al banco de piedra y se sentó, dejando un espacio prudente entre ella y Elara. Su gesto invitó a Elara a sentarse también, pero la joven permaneció de pie, aún tensa.
—He vivido bajo una tremenda presión, Elara —dijo, bajando la voz a un tono más íntimo, un susurro que invitaba a la confianza—. Presiones de mi padre, de la corte, de las expectativas que se tienen de una duquesa. Y en mi ceguera, en mi propia miseria y resentimiento, descargué mi frustración en vos, que no teníais culpa alguna.
Seraphina miró hacia un rosal florecido, una rosa blanca inmaculada, y extendió una mano para tocar suavemente uno de los pétalos. Su voz era ahora una mezcla de cansancio y sincera autocrítica.
—Me obsesioné con la idea de que todo lo que tenía, todo lo que creía merecer, me sería arrebatado. Temí perder la posición que me ha sido tan inculcada como mi único valor. Y Kaelen… el Duque Kaelen… Él era parte de esa fantasía, de esa seguridad que yo creía necesitar.
Elara, cautelosa, finalmente se sentó, pero aún con el cuerpo ligeramente inclinado hacia la salida, lista para huir si era necesario. Su mirada seguía siendo escrutadora, intentando discernir la verdad detrás de las palabras de la siempre volátil Seraphina.
—¿El Duque Kaelen? —preguntó Elara, su voz un poco más fuerte, aunque aún llena de incredulidad. Había un brillo de esperanza en sus ojos, pero también un profundo recelo.
Seraphina la miró directamente a los ojos, su expresión seria y resuelta.
—Sí, Elara. El Duque Kaelen. Siempre fui educada para creer que mi matrimonio con él era la clave de mi futuro, de mi posición en la corte. Mi padre ha invertido mucho en esa alianza. Y yo… yo me aferré a esa idea, confundiéndola con afecto. Con amor.
Hizo una pausa, permitiendo que la verdad de sus palabras, o al menos la nueva verdad de Seraphina, se asimilara.
—Pero el amor, el verdadero afecto, no puede ser forzado ni comprado, ¿verdad? No puede nacer de un deber, ni de la posesión. Y en mi desesperación por encontrarlo, por aferrarme a lo que creía que me pertenecía, me convertí en… una persona que no me agrada. Una persona que os hizo daño.
Los ojos de Elara se llenaron de lágrimas, pero esta vez no eran de miedo, sino de una profunda tristeza y, quizás, de una comprensión incipiente.
—Vuestras palabras… fueron muy duras, mi señora —dijo Elara, su voz temblaba. —Me hicieron sentir como… como si no tuviera derecho a estar aquí. Como si fuera una intrusa, una carga.
—Y os pido disculpas de todo corazón por eso, Elara —Seraphina extendió una mano, vacilante, hacia la de Elara, pero la retiró antes de tocarla, respetando su espacio—. Nadie debería sentirse así. Especialmente no alguien que es… mi hermana. Comprendo que mi padre os haya traído aquí por razones que van más allá de nuestra comprensión, y que os sintáis fuera de lugar. Créedme, sé lo que es sentirse así en este castillo.
Esa última frase pareció resonar en Elara. La idea de que Seraphina, la duquesa orgullosa, pudiera sentirse como una forastera en su propio hogar, era algo que Elara podía entender. Recordó los recuerdos de Seraphina: la soledad, la falta de afecto paterno, la madrastra cruel.
—¿Vos… vos también os sentís así? —preguntó Elara, sus ojos verdes ahora buscando la verdad en los violetas de Seraphina.
Ella asintió lentamente, una expresión de vulnerabilidad, cuidadosamente calculada pero extrañamente sentida, en su rostro.
—Desde que era una niña, Elara. Este castillo, aunque es mi hogar, siempre ha sido un lugar frío. Lleno de expectativas, de deberes. Nunca de afecto genuino. Mi padre siempre me ha visto como una pieza en su juego de ajedrez político. Mi madre murió al traerme al mundo. Y mi madrastra… bueno, no es precisamente una figura materna.
Elara se encogió ligeramente. La crueldad de la Duquesa Rowena hacia Seraphina era un secreto a voces entre los sirvientes, y Elara misma había sentido la frialdad de la mujer.
—Yo… yo no sabía que vos… —Elara se detuvo, conmovida por la aparente honestidad de Seraphina.
—No hay razón para que lo supierais —Seraphina le ofreció una pequeña y triste sonrisa—. Siempre he ocultado mi dolor detrás de una fachada de orgullo y… arrogancia. Es la única forma en que creí que podía sobrevivir aquí. Pero el precio ha sido alto. He alejado a las pocas personas que quizás podrían haberme ofrecido algo de calidez. Y me temo que vos fuisteis la última de ellas.