Valentina Reyes lo tenía todo calculado: irse de aquella mansión, olvidar a Sebastián Montero y nunca volver. Pero la vida tiene otros planes.
Cuando Lumina Tech, la empresa que él le regaló y ella convirtió en su orgullo, está al borde de la quiebra, Valentina no tiene más opción que regresar a Las Lomas de Chapultepec — la residencia del hombre más poderoso de Ciudad de México. El mismo hombre que la crio como su protegida. El mismo que le rompió el corazón sin decir una sola palabra de amor en siete años.
Sebastián Montero parece no haber cambiado: la silla de ruedas, la mirada fría, el control absoluto. Pero debajo de esa armadura hay un hombre que la buscó por dos años después de que ella desapareció. Un hombre que guarda un anillo de oro en el bolsillo. Un hombre que esconde un secreto tan oscuro que prefirió perderla antes que destruirla.
Entre la guerra de las grandes familias empresariales, los celos que ninguno admite, y una conspiración que pone en peligro su vida, Valentina deberá decidir: ¿puede amar a un hombre que nunca le dirá "te quiero"… o su silencio es la prueba más grande de amor que existe?
Once años. Una historia de orgullo, sacrificio y el amor más terco del mundo.
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Capítulo 13
Capítulo 13 — La cobija
Valentina no volvió a dormir.
Guardó el escapulario en la palma durante casi una hora, sentada en la cama con la lámpara encendida, mirando el nudo torcido como si pudiera explicarle algo. No lo hizo. Los objetos de Sebastián tenían esa crueldad: hablaban lo suficiente para abrir una herida, nunca lo bastante para cerrarla.
A las dos y media de la mañana, se rindió.
Se puso una bata, salió al pasillo y bajó descalza por la escalera. La casa estaba en silencio, pero no dormida. Las Lomas nunca dormía del todo. Siempre había una luz mínima en el corredor, un guardia afuera, una respiración escondida detrás de las paredes.
Iba por agua. Eso se dijo.
No por respuestas.
En la cocina, encontró una jarra fría y un vaso junto al fregadero, como si Doña Esperanza hubiera sabido que alguien iba a bajar. Valentina bebió despacio. El agua le dolió en la garganta de tan fría.
Al dejar el vaso, vio la luz bajo la puerta del despacho.
Se quedó inmóvil.
No era asunto suyo. Nada de Sebastián era asunto suyo. Eso había intentado aprender durante años, con resultados humillantes.
Pero la imagen del escapulario bajo su almohada seguía pesándole en la mano aunque ya no lo llevara encima.
Caminó hasta el pasillo.
La puerta del despacho estaba entornada. Valentina no empujó. Solo miró por la abertura.
Sebastián estaba solo.
Había esperado a que la casa se quedara quieta antes de permitirse soltar el cuerpo. En la Fundación caminó más de lo que debía. No por orgullo, se dijo, aunque sabía que era mentira. La vio con el vestido blanco y no quiso recibirla sentado, no esa noche, no después de confesar tarde lo que debió decir siete años atrás.
El precio llegó al volver.
Braulio le ofreció llamar al médico de guardia. Sebastián dijo que no. Doña Esperanza dejó té y no preguntó. Todos en esa casa sabían obedecer cuando él quería estar solo; casi todos confundían eso con respeto.
La rodilla ardía desde el hueso. No era el dolor más fuerte que había sentido, pero sí uno de los más persistentes, de esos que no gritan y por eso mismo desgastan. Sebastián abrió un expediente para no escuchar el cuerpo. Leyó la misma línea cuatro veces.
No servía.
Entonces tomó la cobija.
La silla de ruedas descansaba junto al escritorio, pero él no estaba sentado en ella como durante el día, recto, impecable, hecho de control. Estaba en el sillón bajo junto a la biblioteca, la camisa arremangada, un expediente abierto en el regazo y una cobija gris cubriéndole las piernas.
Valentina dejó de respirar.
La cobija.
La reconoció antes de pensar. Era la misma que compró en un mercado de Coyoacán cuando él fingió no tener frío durante una noche de lluvia. Ella tenía diecinueve años, poco dinero y demasiadas ganas de cuidar a alguien que no se dejaba.
—No la necesito —había dicho él.
—No le pregunté.
Él la había mirado con esa paciencia de hombre que no entendía por qué una muchacha podía ser tan necia. Aun así, la usó esa noche. Después, nunca volvió a admitir que le gustaba.
Siete años después, seguía ahí.
Sobre sus piernas.
Valentina había pensado en esa cobija más veces de las que se permitiría admitir. Cuando dejó Las Lomas, la recordó una tarde de lluvia, mientras empacaba documentos de Lumina en cajas baratas. Se preguntó si Doña Esperanza la habría guardado, si Sebastián la habría tirado, si algún empleado la usaría sin saber que ella la compró con el dinero de una traducción urgente que hizo en la universidad.
Después se obligó a olvidar.
Una cobija no significaba nada, se dijo entonces.
Pero ahora la veía doblada sobre sus rodillas, gastada en una esquina, conservada con la misma terquedad que el escapulario, el vestido, el cuarto entero. Y cada objeto parecía repetirle lo mismo: él no soltaba, solo no sabía quedarse de una forma que no doliera.
Sebastián dejó el expediente a un lado y hundió los dedos en la rodilla derecha. No fue un gesto casual. Presionó con fuerza, soltó el aire por la nariz y cerró los ojos como si estuviera midiendo el dolor para que no se le escapara por la boca.
Valentina sintió que algo se le aflojaba en el pecho.
Hasta entonces, la silla había sido una pregunta peligrosa. ¿Herida real? ¿Estrategia? ¿Culpa? ¿Teatro para que nadie lo midiera? Ella no sabía. Él nunca daba suficientes piezas.
Pero nadie fingía así cuando creía que estaba solo.
Sebastián estiró la pierna apenas y el movimiento le arrancó una mueca breve, casi invisible. Luego tomó un frasco pequeño de la mesa, se puso ungüento en los dedos y comenzó a masajear el costado de la rodilla con una paciencia brutal.
Valentina apoyó una mano contra la pared.
No debía mirar.
Tampoco podía irse.
Él bajó la cabeza. Por primera vez en mucho tiempo, no parecía el hombre que podía doblar una sala entera con silencio. Parecía cansado. Solo. Demasiado humano.
Y eso era peligroso.
Valentina recordó la llamada de Luna: "No corras hacia él. Camina hacia ti."
Pero no se sentía como correr hacia él. Se sentía como ver sangre en una venda y no poder fingir que era pintura.
Sebastián volvió a presionar la rodilla. Esta vez la mano le tembló.
Valentina empujó la puerta antes de arrepentirse.
El sonido fue mínimo.
Sebastián levantó la cabeza.
En el primer segundo, no tuvo tiempo de ponerse la máscara. Sus ojos estaban oscuros por el dolor, la boca tensa, la respiración menos perfecta de lo habitual. Al verla, algo suave, casi vulnerable, cruzó su rostro.
Luego desapareció.
—¿Qué haces despierta?
Valentina entró despacio.
—Bajé por agua.
Sebastián retiró la mano de la rodilla y acomodó la cobija como si ella no hubiera visto nada.
—Ya puedes subir.
La orden le molestó menos de lo que debería. Quizá porque vio el frasco abierto, la piel enrojecida junto a la rodilla, el expediente abandonado.
—¿No debería llamar a alguien?
—No.
—Sebastián...
El nombre salió sin Don, sin usted, sin defensa. Los dos lo oyeron.
Él se quedó quieto.
Valentina tragó saliva y corrigió tarde, demasiado tarde.
—Perdón. ¿No debería llamar al médico?
—No es necesario.
—No parece innecesario.
Sebastián tomó el expediente, pero no lo abrió.
—Has tenido días largos. Vete a dormir.
—Eso no responde.
—No tiene que responderlo todo.
La frase la golpeó por razones que no tenían nada que ver con una rodilla.
Valentina miró la cobija.
—La conserva.
Él siguió su mirada.
—Sirve.
—Claro.
Una respuesta práctica. Siempre práctica. Como si la cobija no tuviera memoria, como si el escapulario no hubiera aparecido bajo su almohada, como si el vestido no hubiera sido comprado para una fiesta que él no alcanzó.
Valentina dio un paso más.
—¿Le duele mucho?
Sebastián levantó la vista.
Por un segundo, la suavidad volvió; no en una palabra, sino en los ojos y en la forma en que dejó de defenderse antes de recordar que debía hacerlo.
Luego la puerta cayó otra vez.
La mano de Sebastián volvió a cerrarse sobre la cobija, como si también necesitara esconder eso de ella.
—Vete a dormir, Valentina.