Valentina Serrano tiene veintitrés años, una marca de vestidos de novia que apenas sobrevive y un problema: acaba de confundir al hombre más poderoso de Ciudad de México con su primo.
Adrián Castellán no perdona. No sonríe. No explica. Pero cuando esa chica le muerde el cuello y sale corriendo, él se queda con su pasador de plata —y con algo más que no sabe nombrar.
Lo que empieza como una deuda se convierte en un contrato. Lo que empieza como un contrato se convierte en fuego.
Él le da todo: telas de Oaxaca, un imperio, la luna si la pide. Ella le da lo único que nadie más pudo darle: una Navidad.
Pero Adrián Castellán carga cicatrices que no se ven —un balazo cerca del corazón, un padre que lo destruyó, una infancia que le robaron— y su forma de amar se parece demasiado a una jaula.
Valentina tendrá que decidir: ¿puede amar a un hombre que quiere protegerla del mundo entero, incluso de sí mismo?
Él es la pesadilla de todos, pero eligió ser el Papá Noel de una sola persona.
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Capítulo 14
Capítulo 14: Solo serás mía
Y luego la había mandado a bañarse.
Valentina tardó doce minutos en salir.
No diez.
Doce.
Los contó porque necesitaba pensar en números para no pensar en la boca de Adrián, en sus manos, en la camisa blanca doblada sobre el lavabo como si él tuviera derecho a vestirla después de quitarle la calma.
La ducha ayudó poco. El agua caliente le quitó el olor ajeno del saco, pero no la sensación de haber sido besada hasta olvidar por qué estaba furiosa. Se miró en el espejo empañado: cabello húmedo, labios más rojos de lo normal, cuello marcado por historias que no sabía explicar sin sonar como protagonista de un escándalo.
—Ridícula —se dijo.
Luego se puso la camisa de Adrián.
Le quedaba enorme.
Por supuesto.
Le cubría hasta medio muslo y olía a jabón caro, algodón limpio y ese rastro mínimo de él que la hizo cerrar los ojos un segundo antes de odiarse por hacerlo.
Cuando abrió la puerta, Adrián estaba junto al ventanal de la sala, hablando por teléfono en voz baja. Se giró al escucharla.
La conversación terminó.
—Luego —dijo, y colgó.
Valentina cruzó los brazos, consciente de que el gesto levantaba un poco la tela.
—No diga nada.
Adrián la miró de la cabeza a los pies.
—No dije nada.
—Lo está pensando.
—Mucho.
El calor le subió a la cara.
Sobre la mesa baja, una caja de terciopelo azul descansaba junto a un sobre. Valentina no necesitó preguntar. El collar de perlas estaba ahí.
También había una carpeta con documentos de logística, órdenes reactivadas y una nota breve de Roberto confirmando que todo volvía a moverse.
Adrián había ordenado el daño y la reparación como quien mueve piezas de ajedrez.
Valentina se acercó a la mesa, pero no tocó la caja.
—No puedo aceptar eso.
—Puedes.
—No debo.
—Eso es distinto.
—Adrián.
El nombre salió con cansancio, no con pánico. Él lo notó.
—Sé mi novia.
Valentina levantó la vista.
El silencio de la suite no fue vacío. Fue un golpe.
—¿Qué?
—Sé mi novia.
Lo dijo igual que decía "firma aquí" o "que espere". Sin adorno. Sin sonrisa. Como si la propuesta fuera una conclusión inevitable y no una locura de cincuenta millones de pesos en una habitación de hotel.
Valentina soltó una risa corta.
—Usted necesita dormir.
—Dormí bien.
—Entonces necesita un médico.
—Ya tengo médico.
—Uno mental.
La comisura de su boca se movió.
—No.
Valentina se llevó una mano al cabello húmedo.
—No puede besarme, comprar un collar ridículamente caro, amenazar proveedores, mandarme a bañar y luego decir "sé mi novia" como si estuviera pidiendo café.
—No pedí café.
—¡Ese no es el punto!
Adrián caminó hacia ella con calma.
Valentina retrocedió un paso por instinto y se odió por darle esa satisfacción.
—¿Qué quiere decir con novia?
—Lo que significa.
—No. Con usted nada significa solo lo que significa.
Él aceptó el golpe sin pestañear.
—Exclusividad. Protección pública. Que dejes de esconderte cuando entro a una sala. Que nadie vuelva a creer que puede tocarte, humillarte o usar tu trabajo sin consecuencias.
Valentina sintió una punzada de algo peligroso.
—Eso suena a contrato.
—Puede serlo.
—Qué romántico.
—Nunca prometí ser romántico.
No. No lo había prometido.
Y aun así había comprado un collar que ella no podía comprar. Había buscado artesanos de Oaxaca sin poner su nombre. Había limpiado las órdenes de su padre antes de que Roberto entendiera el tamaño del problema. Había preguntado si debía detenerse. Había guardado sus cartas.
También había retenido su peineta. Había usado a Grupo Serrano para forzarla a subir. Había decidido demasiadas cosas por ella.
Valentina empezó a ordenar la lista en la cabeza como si evaluara un proveedor imposible.
Pros: era absurdamente atractivo. Peligroso, sí, pero atractivo de una manera que no perdonaba. No parecía tener mujeres rondando más allá de chismes y miradas ajenas. Cuando ella decía "para", él paraba. Cuando ella señalaba una raya, al menos la veía, aunque a veces la pisara antes. Podía proteger Juramento de gente como Diego, Julio o cualquiera que creyera que una marca pequeña no podía defenderse.
Contras: era mandón, celoso, manipulador y tenía una relación preocupante con quedarse cosas que no eran suyas.
Otro pro, incómodo: ella lo deseaba.
Mucho.
Valentina apretó los labios.
—Si digo que sí, no soy su propiedad.
—No.
—No vuelve a tocar los negocios de mi papá para obligarme a nada.
—No si me contestas.
—Adrián.
Él la miró.
—No volveré a usar a tu familia para traerte.
La frase quedó clara. Sin adorno. Valentina la guardó.
—No anunciaremos nada sin que yo lo sepa primero.
—La sala de subasta ya está anunciándolo por nosotros.
—Una cosa es el chisme. Otra, una confirmación. No quiero despertar mañana con mi cara en una nota de "la nueva mujer de Adrián Castellán" como si fuera accesorio de temporada.
—No eres accesorio.
—Entonces actúe como si lo entendiera.
Adrián sostuvo su mirada.
—No habrá comunicado sin ti.
—Tampoco apariciones sorpresa en mi trabajo.
—Si estás en peligro...
—Si estoy en peligro, me llama. No entra a mi taller como dueño del edificio.
—Puedo comprar el edificio.
—Y yo puedo terminar esta conversación.
Adrián se quedó callado.
Valentina contó ese silencio como una victoria pequeña.
—Otra cosa —dijo—. Ser su novia no significa acceso automático a mi cuerpo.
La mandíbula de Adrián se tensó.
—Lo sé.
—Quiero escucharlo.
—No tocaré lo que no quieras que toque.
Valentina sintió el rubor subirle, pero no bajó la vista.
—Bien.
Esa palabra pesó más que cualquier beso.
—Y si esto deja de servirme, se termina.
—Si deja de servirte, hablaremos.
—No. Se termina.
Adrián respiró hondo.
—Se termina —aceptó.
Valentina soltó el aire despacio.
—No decide por Juramento.
—Te daré recursos.
—No dije eso.
—No decidiré por Juramento.
—Y si me ayuda, me lo dice.
Adrián tardó un segundo.
—Depende.
—No.
—Valentina.
—No voy a estar agradecida por favores anónimos que después aparecen como deuda invisible. Si me ayuda, lo sé. Si no quiero, digo no.
Él la observó con una intensidad que le erizó los brazos bajo la camisa.
—Está bien.
Valentina respiró.
—Quiero el textil de Oaxaca reconstruido. No una imitación barata para callarme. Quiero a los artesanos originales o a quien pueda rehacer la técnica con respeto. Honorarios justos, crédito para ellos y contrato transparente.
—Hecho.
La rapidez la descolocó.
—No había terminado.
—Sigue.
Valentina miró la caja azul.
—Quiero el collar.
Adrián no sonrió, pero algo en sus ojos dijo que ya lo esperaba.
—Es tuyo.
—No como regalo.
—Entonces dime cómo.
—Como préstamo para la colección de Panamá. Si Juramento lo usa en campaña, habrá contrato de cesión temporal. Si después quiere regalármelo, lo discutiremos cuando yo no esté usando su camisa y usted no me haya secuestrado emocionalmente con perlas.
—No te secuestré.
—Emocionalmente.
—Eso no existe.
—Sí existe. Acaba de inventarlo.
Esta vez Adrián sí dejó salir una risa baja.
Fue mínima, pero real.
Valentina se quedó mirándolo un segundo más de lo necesario.
Gravísimo error.
—¿La peineta? —preguntó, para salvarse.
La risa desapareció.
—No.
—Adrián.
—Pide otra cosa.
—Es mía.
—Lo sé.
—Entonces...
—Será mi garantía.
Valentina abrió la boca.
—¿Garantía de qué?
—De que volverás.
La respuesta le pareció tan descarada que casi le lanzó la caja de perlas. Pero detrás de la arrogancia había otra cosa, más quieta, más antigua. Algo parecido a miedo, aunque Adrián Castellán no parecía hecho para sentirlo.
Valentina señaló la caja.
—El collar como préstamo. El textil con contrato. Mi familia fuera. Juramento independiente. Y si me falta al respeto, me voy.
—No te faltaré al respeto.
—Ya lo hizo varias veces.
—Aprenderé.
La palabra fue simple.
Demasiado simple para un hombre como él.
Valentina sintió que esa era la verdadera trampa: no el collar, no la camisa, no la suite. La trampa era imaginar que un hombre como Adrián podía aprender por ella.
—¿Y qué gano además de problemas?
Adrián se acercó un paso.
—Confía en mí, y tendrás todo lo que necesites.
—Suena peligroso.
—Lo es.
—Suena caro.
—También.
—Suena como si yo fuera a arrepentirme.
—Probablemente.
Valentina soltó una risa, vencida por lo absurdo.
—Es pésimo vendiéndose.
—No necesito venderme.
No. Ese era otro problema. Adrián Castellán no necesitaba venderse. Bastaba con estar de pie frente a ella, mirándola como si ya hubiera decidido el final de una historia que Valentina apenas empezaba a leer.
Ella extendió la mano.
—Trato.
Adrián miró su mano.
Luego la tomó.
Su palma era cálida, firme, definitiva.
—Trato.
Valentina intentó soltarlo.
Él no la dejó de inmediato.
—Una cosa más —dijo.
—No abuse.
—Mientras dure, solo serás mía.
El corazón le dio un golpe torpe.
—Y usted solo será mío —respondió antes de medir la frase.
Adrián se quedó quieto.
La mirada que le dio hizo que la suite pareciera quedarse sin aire.
—Hecho.
Valentina recuperó la mano y abrazó la camisa contra el cuerpo.
—Necesito ropa.
—Joaquín la traerá.
—Y necesito llamar a mi papá.
—Hazlo.
—Y necesito que salga mientras me visto.
Adrián miró la camisa que llevaba puesta.
—No.
—Adrián.
—Cinco minutos.
—Tres.
—Cuatro.
—Hecho.
Él caminó hacia la puerta con una expresión que, en cualquier otro hombre, habría sido una sonrisa.
Al salir, cerró despacio.
Adrián Castellán apoyó una mano en la pared del pasillo y cerró los ojos un segundo.
La peineta de plata seguía guardada en la caja negra de su equipaje.
Valentina Serrano acababa de aceptar ser su novia.
Pero para él, la verdad era más vieja, más honda y mucho menos negociable.
Ella siempre debió ser mía.
excelente
Gracias.