En un rincón olvidado del Caribe, donde el salitre marca la piel y las olas susurran secretos prohibidos, nace una historia de orgullo, sangre y una pasión indomable. Clara de la Riva es la personificación de la pureza: de piel tan blanca como la espuma del mar y poseedora de un apellido que evoca nobleza. Sin embargo, tras los muros de su decadente mansión, el hambre y la ruina acechan. Su madre, una Condesa que se aferra con uñas y dientes a un título que ya no puede pagar, ve en la belleza de su hija la única salida para recuperar la gloria perdida.
Pero el destino tiene otros planes y llega al puerto bajo el nombre de Luis "Satán". Él es un hombre que no conoce leyes, un marinero de estatura imponente, músculos forjados por la tormenta y manos grandes capaces de dominar el océano. Luis ha crecido sin nombre y sin pasado, cargando con el estigma de ser un "hijo de nadie", mientras se convierte en el dueño absoluto de las rutas comerciales y del respeto —o el terror— de quienes lo ro
NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 14: La Jaula de Oro
La orden de captura llegó al puerto a las cuatro de la tarde, montada en un caballo blanco que el alguacil había ensillado con mantas coloradas, como si viniera a una fiesta y no a buscar a un hombre para llevarlo preso. El alguacil era un hombre joven, de cara enrojecida por el sol y por la vergüenza, y traía a dos soldados que parecían sacados de un cuadro: uniformes azules, cascos de latón, las manos firmes sobre las empuñaduras de los sables. Tocaron a la puerta con la misma cortesía con la que se toca a la puerta de un duelo, y cuando Luis abrió, ya no se sorprendió. Se había pasado la mañana esperando ese momento con la calma con la que se espera una tormenta anunciada: sabías que iba a llegar, sabías que no podías hacer nada para impedirlo, y solo te quedaba decidir si te ibas a mojar o si te ibas a ahogar.
—¿Luis Villalobos? —preguntó el alguacil, y Luis asintió con la cabeza, y le extendió las muñecas sin que nadie se lo pidiera.
—Soy yo. Llévenme, pero díganle a su patrón que no he hecho nada que la ley de Dios o la ley de los hombres pueda reprocharme.
—La ley no soy yo, señor —respondió el alguacil, y le puso las esposas con una delicadeza casi de joyero—. Yo solo cumplo lo que me mandan.
Clara apareció en el umbral antes de que se lo llevaran, con el pelo todavía revuelto y los ojos hinchados de haber llorado a solas en su cuarto, y al ver las esposas en las muñecas de Luis soltó un grito que se escuchó en todo el muelle. Luis se volvió hacia ella, y en su mirada no había miedo, no había vergüenza, no había rencor: había una ternura que parecía demasiado grande para caber en un hombre de su tamaño, una ternura que le suavizaba todas las aristas del rostro y le daba una belleza nueva, una belleza que Clara no le había visto nunca, una belleza que solo aparece en los hombres cuando están a punto de perder todo.
—Volveré —le dijo Luis, y la palabra le salió con la misma rotundidad con la que se clava un ancla en el fondo del mar—. Espérame, Clara. No me esperes llorando, espérame viviendo. Y si Adrián vuelve a esta casa antes de que yo regrese, le dices de mi parte que su hermano pequeño le manda recuerdos, y que lo va a recordar.
Los soldados se lo llevaron por el muelle, delante de todo el pueblo, y Clara lo vio alejarse con la espalda recta, la cabeza alta, las manos esposadas pero los hombros sueltos, como si en lugar de ir a la cárcel estuviera subiendo a un escenario a dar un discurso. La gente del puerto, que lo había visto crecer entre ellos, que lo había visto embarcar y regresar, lo miraba pasar con una mezcla de pena y de respeto, y muchos, en voz baja, se santiguaron, que es la forma que tiene la gente de mar de despedir a los que se van sin saber si van a volver.
La Condesa bajó las escaleras con la cara lavada, los ojos serenos, y la carta de un notario en la mano. Se había pasado toda la mañana escribiendo, dictando, mandando mensajes a unos y a otros, moviendo los hilos invisibles que solo las mujeres de su clase saben mover. Tomó a Clara del brazo, la llevó otra vez al salón, y le dijo, con la voz de una mujer que ha vuelto a encontrar su centro:
—Escúchame, hija. Tu padre, que Dios lo tenga en su gloria, dejó a un hombre en este puerto que sabía más de leyes que el mismo juez. Se llama don Evaristo Montenegro, vive en la casa de los azulejos azules, y es el único abogado de toda la costa que le ha ganado un juicio a un Villalobos. Manda a buscarlo ahora, dile que vienes de parte de la Condesa, y enséñale los papeles del cofre. Si hay alguien en este pueblo que pueda sacar a Luis de la cárcel antes del amanecer, es él.
Clara la miró con los ojos todavía llenos de lágrimas, pero asintió, se alisó el vestido con las manos, y salió corriendo hacia la calle, sin sombrero, sin guantes, sin ninguna de las cosas que una mujer de su clase necesita para salir a la calle. La Condesa la vio irse desde la ventana, y sonrió por segunda vez en veinticuatro horas, porque pensó, con esa clarividencia que da la edad, que su hija, en ese momento, se había parecido más a ella de lo que se le había parecido nunca.
La cárcel del puerto era una casa pequeña, de una sola planta, encalada en cal, con una puerta de hierro forjado y una ventana enrejada que daba al mar. Luis la conocía bien: de niño había ido a visitarla con su madre adoptiva, que le llevaba comida a los presos en las Navidades. La cama era un catre de madera con un colchón de paja, las paredes olían a salitre y a humedad, y en el rincón había un bacín de latón que nadie había vaciado en días. Luis se sentó en el catre, se quitó la casaca de seda con cuidado, la dobló como si fuera un bebé, y la puso debajo de la cabeza a modo de almohada. Luego cerró los ojos, y por primera vez en muchos meses, durmió sin soñar, porque hay un descanso que solo se concede a los hombres que ya han hecho todo lo que tenían que hacer.
En la celda de al lado, un borracho cantaba una canción de marineros. En el piso de arriba, el alguacil escribía un parte. Y en algún lugar del pueblo, Clara de la Riva, con los pies empolvados y el pelo al viento, llamaba con los nudillos a la puerta de la casa de los azulejos azules, decidida a sacar a Luis de la cárcel aunque tuviera que aprender ella misma todas las leyes del reino.