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Bajo La Piel Del Látigo

Bajo La Piel Del Látigo

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Romance
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Catrina no nació cruel; la forjaron a golpes de desprecio y una traición devastadora de su tío, quien le arrebató las tierras de su padre y su inocencia. Hoy, es "La Generala", la mujer que gobierna el pueblo con puño de hierro y cuyo corazón parece de piedra volcánica.

​La paz armada de su mundo se altera con la llegada de Máximo, un joven heredero acostumbrado a los lujos de la capital y a que el mundo gire a sus pies. Castigado por su abuelo para "hacerse hombre" en la hacienda vecina, Máximo llega con arrogancia, pero se estrella contra la realidad de un pueblo que no le teme a su apellido. El destino los obliga a convivir cuando una amenaza externa pone en riesgo las tierras de ambos. Mientras Máximo descubre que la vida es más que fiestas, Catrina se enfrenta a un dilema: ¿puede el amor de un "niño mimado" sanar las cicatrices de una traición familiar, o terminará él siendo una víctima más de su sed de venganza?

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capitulo 14

​La casona de "El Renacer" ya no se sentía como un búnker de guerra, aunque los fusiles seguían descansando cerca de la puerta. Con el conflicto del agua escalando a los juzgados y la prensa nacional vigilando cada movimiento de Don Elías, la hacienda se había transformado en un centro de operaciones improvisado. Máximo había instalado su computadora y una maraña de cables en la mesa del comedor de caoba, rodeado de mapas catastrales y notificaciones legales.

​Afuera, la noche llanera era un manto denso, vibrante con el canto de los grillos y el crujido de la madera vieja refrescándose tras el calor del día. Catrina entró al salón principal arrastrando las espuelas, con el cansancio marcándole surcos bajo los ojos. Se detuvo a observar la escena: el heredero de la capital, con la camisa de lino arrugada y las mangas recogidas, estaba sumergido en un mar de hojas de cálculo, con una expresión de concentración absoluta que le borraba cualquier rastro de arrogancia.

​—Los hombres ya están en los puestos de vigilancia —dijo ella, dejándose caer en la poltrona de cuero frente a él—. Elías no moverá un dedo mientras los satélites de tus amigos de la prensa estén apuntando aquí, pero no me fío del silencio.

​Máximo levantó la vista y sonrió débilmente. Sus manos, que ahora lucían callos reales mezclados con las cicatrices de la paliza, se alejaron del teclado.

​—El silencio es nuestra mejor arma ahora, Catrina. Significa que sus abogados le están gritando que no haga estupideces —Máximo estiró los brazos, soltando un quejido—. Pero confieso que daría mi reino por un café que no sepa a gasolina.

​Catrina lo miró por un largo momento. Se levantó sin decir palabra y fue hacia una alacena de madera rústica. De allí sacó una botella de vidrio soplado, sin etiqueta, llena de un líquido transparente que brillaba como plata líquida bajo la luz de las lámparas.

​—Olvida el café —dijo ella, poniendo dos vasos de cristal grueso sobre la mesa—. Esto es "Puro de Caña". Lo destila un viejo en el monte que odia a Elías tanto como yo. Es más honesto que cualquier cosa que hayas bebido en tus clubes de la ciudad.

​La Grieta en el Muro

​Sirvió dos tragos generosos. El olor era fuerte, una mezcla de caña quemada y tierra húmeda. Máximo tomó el vaso, dudando un segundo, y bebió un sorbo. El fuego le bajó por la garganta, haciéndolo toser y lagrimear de inmediato.

​—¡Dios! —exclamó, limpiándose los ojos—. ¿Esto es licor o combustible de cohete?

​Catrina bebió el suyo de un solo trago, sin pestañear. Un pequeño rubor, casi imperceptible, apareció en sus pómulos.

​—Es carácter, citadino. Algo que te falta en las venas.

​—Oh, no empieces otra vez —rio Máximo, recuperando el aliento—. He sobrevivido a tus perros, a una paliza de tres hombres, a limpiar estiércol y a tus miradas de odio. Creo que mis venas están funcionando bastante bien.

​Se acomodaron en el porche de la casa, donde la brisa soplaba con más libertad. Por primera vez, no hablaban de deudas, ni de represas, ni de sabotajes. La botella empezó a bajar de nivel, y con ella, las defensas que Catrina había construido durante quince años.

​—¿Sabes qué es lo que más me extraña de la ciudad? —preguntó Máximo, mirando hacia la oscuridad del potrero.

​—¿El aire acondicionado? ¿Las mujeres de plástico?

​—No —él sonrió, con un gesto melancólico—. El anonimato. Allá soy "el nieto de don Vicente" o "el heredero Moretti". Nadie sabe si me gusta el café amargo o si odio las corbatas de seda. Aquí... aquí todo es tan real que me asusta. No hay dónde esconderse.

​Catrina lo observó de reojo. El licor le estaba aflojando la lengua, pero también el corazón. —Aquí no hay lugar para esconderse porque la tierra te conoce antes que tú mismo. Si mientes, la montaña te lo devuelve. Si eres débil, el sol te quiebra.

​—Tú nunca mientes, ¿verdad, Catrina? —Máximo se giró hacia ella. La luz de la luna iluminaba el perfil de la Jefa, suavizando la dureza de su mandíbula—. Pero sospecho que tampoco te dejas conocer. Eres como ese río: parece que solo hay agua y piedras, pero debajo hay una corriente que puede arrastrar a cualquiera.

​El Sonido del Deshielo

​Catrina bajó la vista hacia su vaso vacío. La mención del río la devolvió a su padre, a la soledad de la lucha. Pero la presencia de Máximo, su persistencia absurda y su lealtad inesperada, estaban haciendo mella en su armadura.

​—Mi padre decía que el respeto no se pide, se arranca —susurró ella—. He pasado tanto tiempo arrancando respeto que olvidé cómo se siente simplemente... estar.

​—Pues estás haciendo un trabajo pésimo "estando" ahora mismo —bromeó Máximo, intentando aligerar el peso de la conversación—. Tienes los hombros tan tensos que pareces un poste de luz. Relájate, Jefa. Mañana seguiremos peleando. Esta noche, solo somos dos personas borrachas con un licor ilegal.

​Máximo empezó a contarle una historia sobre su primer día intentando manejar el camión viejo de la tía Elena. Le describió con lujo de detalles cómo casi termina atropellando a un grupo de cabras porque no encontraba el freno y cómo terminó discutiendo con un gallo que se negaba a quitarse del camino.

​Usó gestos exagerados, imitando el graznido del gallo y su propio pánico. Catrina intentó mantener su máscara de seriedad, apretando los labios, pero una pequeña vibración empezó a sacudirle el pecho.

​—Y entonces, el gallo me miró —decía Máximo, poniéndose en pie con el vaso en la mano—, ¡y te juro que el animal tenía más dignidad que yo! Me sentí juzgado por un ave de corral, Catrina. ¡El gallo era el dueño de la carretera!

​Catrina no pudo más. Una carcajada sonora, profunda y genuina estalló en sus labios. Fue un sonido que Máximo nunca había escuchado: no era una burla, ni una risa cínica. Era la risa de una mujer que acababa de recordar que podía ser feliz.

​Se tapó la boca con la mano, sorprendida de su propio sonido, pero la risa siguió saliendo, iluminándole los ojos y relajando cada músculo de su cuerpo. Máximo se quedó paralizado, observándola. En ese momento, Catrina era la mujer más hermosa que había visto en su vida, no por su vestido negro de la fiesta, sino por la luz humana que emanaba de ella.

​—Te... te juzgó un gallo... —logró decir ella entre risas, con las lágrimas asomando a sus ojos—. ¡Eres un desastre, Máximo!

​—Soy un desastre con estilo —corrigió él, sonriendo de oreja a oreja—. Pero logré que la Jefa se riera. Creo que eso vale más que recuperar el agua del valle.

​La Nueva Realidad

​La risa fue apagándose lentamente, dejando paso a un silencio que ya no era incómodo. Se quedaron mirándose bajo el porche, con la botella casi vacía entre ambos. Catrina suspiró, limpiándose una lágrima con el dorso de la mano. Sus gestos eran suaves, vulnerables.

​—Gracias —dijo ella, con una voz apenas audible—. Hacía mucho tiempo que no me sentía... liviana.

​—Te queda bien —respondió él, acercándose un paso. El aroma del licor y el magnetismo de la noche los atraían como imanes—. Deberías hacerlo más seguido.

​Ella no retrocedió. La tensión entre ambos ya no era de guerra; era la tensión de dos imanes que habían pasado demasiado tiempo repeliéndose y que ahora, por fin, se daban la vuelta. Catrina puso una mano sobre el pecho de Máximo, sintiendo el latido acelerado de su corazón bajo la camisa de lino. Ya no era el heredero de cristal; era el hombre que se había ganado su lugar bajo ese techo.

​—Mañana —susurró ella—, el mundo volverá a ser un infierno. Elías no se rendirá, y tendremos que pelear de nuevo.

​—Que venga —replicó Máximo, cubriendo la mano de ella con la suya—. Pero esta noche, el infierno está cerrado.

​No hubo beso, no todavía. Pero en ese cruce de miradas, en esa risa compartida y en la calidez del licor artesanal, el pacto de sangre se había transformado en algo mucho más peligroso y profundo. Máximo ya no estaba allí para que su abuelo estuviera orgulloso, y Catrina ya no estaba sola en su fortaleza de odio.

​Bajo el mismo techo, la Jefa y el Caballero habían descubierto que su alianza era indestructible, no por los contratos ni por las balas, sino porque habían aprendido a reconocerse en la oscuridad. El hielo se había roto, y lo que fluía ahora era mucho más poderoso que el agua del río: era la esperanza de dos almas que habían dejado de pelear entre sí para empezar a pelear por un nosotros.

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valeska garay campos
se lee interesante 🤔👀
Silvia Chena
ES BUENÍSIMA LA NOVELA
Lobelia ❣️
👍👏
Silvia Chena
Algún problema va a traer, esa mina
Lobelia ❣️
muy bueno 👍👍
Lobelia ❣️
☺️👍👍🥰
Lobelia ❣️
me gusta sigues 👍👍
Celina Espinoza
gracias por compartir tu historia 🥰
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