Dos enemigos jurados, unidos por la supervivencia entre el odio y la traición nace un amor oscuro y feroz que desafía todo. Cuando el destino golpea, Augus da su vida para salvar a Kae. Años después, ella vive en paz con su pequeño hijo, quien lleva el nombre de su padre: la prueba de que su vínculo trasciende incluso la muerte.
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Cadenas De Acero
La lluvia seguía golpeando el techo agujereado de la vieja fábrica cuando salieron al exterior. El aire frío limpiaba el olor a pólvora y sangre, pero no la sensación de que la guerra no había terminado del todo. Habían eliminado a los hombres de Marcos, pero en el mundo que habitaban, siempre quedaban sombras esperando su oportunidad.
De regreso en la mansión, el silencio era pesado pero tranquilo. Se dirigieron al baño principal, donde el agua caliente cayó sobre ellos, lavando el polvo y las manchas de la pelea. No había prisa, ni palabras innecesarias. Bastaba con la presencia del otro para saber que estaban a salvo, al menos por esa noche.
Más tarde, se sentaron en el amplio sofá del salón, con una copa de licor en la mano, observando el fuego que crepitaba en la chimenea. Las luces eran tenues, creando sombras largas en las paredes, igual que las que habían acompañado sus vidas desde pequeños.
—Esto no se detendrá —dijo Augus, rompiendo el silencio—. Mientras existan quienes quieran el poder de nuestras familias, nos buscarán.
—Lo sé —respondió Kae, girando la copa entre sus dedos—. Pero que lo intenten. Ya no somos dos enemigos separados. Somos uno solo. Y eso nos hace imparables.
Augus se giró hacia ella, su mirada oscura y penetrante. Dejó la copa en la mesa y se inclinó, apoyando un brazo en el respaldo del sofá, encerrándola en su espacio.
—¿Imparables? —repitió él, con una sonrisa cargada de esa peligrosa dulzura que solo él tenía—. Aún hay cosas que pueden romper a cualquiera.
—Nada que no podamos soportar —replicó ella, sin apartarse.
En ese momento, el sonido de un vehículo llegando a la puerta principal rompió la calma. No eran los guardias, ni los refuerzos habituales. El motor se apagó de golpe, y segundos después, una voz conocida y cargada de odio resonó desde el vestíbulo:
—¡Sé que están aquí! ¡No se escondan como cobardes!
Kae y Augus se miraron, y ambos entendieron al instante quién era: Rodrigo, el hermano menor de Víctor Hale, quien había permanecido en la sombra mientras su hermano y sus hombres actuaban. El último eslabón de la cadena.
Se levantaron con calma, tomando cada uno sus armas, y caminaron hacia la entrada. Al llegar, vieron a Rodrigo de pie en el centro del vestíbulo, acompañado de cuatro hombres armados. Su rostro estaba desencajado por la furia y el dolor.
—Mataron a mi hermano —escupió él, señalándolos con el dedo—. Acabaron con todo lo que construimos. Y ahora pagarán por ello.
—Tu hermano intentó destruirnos —respondió Augus con frialdad—. Jugó con fuego y se quemó. Tú cometes el mismo error al venir aquí.
—¿Error? —rió Rodrigo con amargura—. Ustedes creen que su unión es algo poderoso, pero es frágil. Solo hace falta tocar la herida del pasado para que se desmorone.
Hizo una señal, y uno de sus hombres arrojó un viejo álbum de fotografías al suelo. Se abrió, mostrando imágenes de años atrás: las familias de ambos, reunidas, momentos antes de que todo se volviera cenizas.
—Recuerden —gritó Rodrigo—. Recuerden que él ordenó la muerte de tu madre —señaló a Kae—. Y que ella entregó la información que destruyó tu imperio —volvió la mirada hacia Augus—. Eso no se borra con besos ni con sangre compartida.
El aire se tensó. Las palabras golpearon como cuchillos, desenterrando recuerdos que habían intentado enterrar. Por un instante, la duda quiso asomar, pero entonces Kae miró a Augus, y vio en sus ojos la misma verdad que ella sentía: el pasado ya no tenía poder sobre lo que habían construido.
—Tienes razón —dijo Kae con voz serena pero firme—. El pasado está ahí. Pero no define quiénes somos ahora.
—Mientes —rugió Rodrigo, levantando su arma—. El odio es más fuerte que cualquier cosa. ¡Yo lo demostraré!
Disparó sin previo aviso. La bala pasó silbando cerca de la cabeza de Augus, clavándose en el marco de la puerta. Fue el detonante.
Kae reaccionó al instante, lanzando dos cuchillos con una velocidad fulminante. Uno desarmó a Rodrigo, haciéndole soltar el arma, y el otro se clavó en el hombro de uno de sus hombres, que cayó al suelo gritando.
Augus se movió como una sombra, lanzándose contra los otros dos atacantes. Los golpes fueron secos, precisos, sin vacilación. No buscaba herir levemente: buscaba neutralizar la amenaza de forma definitiva. En segundos, los cuatro hombres estaban en el suelo, incapaces de moverse.
Rodrigo, herido y desesperado, intentó huir hacia la puerta, pero Kae se interpuso en su camino. Lo miró sin rencor, sin furia descontrolada, solo con una frialdad absoluta.
—No entiendes nada —le dijo ella—. El odio nos mantuvo vivos mucho tiempo, pero nos habría matado solos. Ahora tenemos algo más fuerte.
—¿Amor? —escupió él con desdén—. Eso no existe en gente como ustedes.
—No es el amor que conoces —respondió Augus, acercándose por detrás y sujetándolo con fuerza—. Es un vínculo que se forjó en la oscuridad. Y nadie puede romperlo.
Lo inmovilizaron, pero no lo mataron de inmediato. Querían que entendiera la lección. Kae se acercó, sacó uno de sus cuchillos y lo sostuvo frente a los ojos del hombre, que temblaba de miedo.
—Vas a decirle a todos los que quieran vengarse o tomar lo que es nuestro —dijo ella con voz baja y peligrosa—: lo que nos pertenece, lo defendemos con todo. Y quien intente separarnos, morirá de la forma más dolorosa.
Rodrigo, pálido y asustado, asintió con la cabeza. Lo soltaron, pero antes de que pudiera dar un paso, Augus habló:
—Y recuerda: si vuelves a aparecer, no saldrás con vida.
El hombre corrió hacia su vehículo y se alejó a toda prisa, dejando atrás a sus hombres heridos. Cuando el ruido del motor se perdió en la distancia, el silencio volvió a reinar.
Kae y Augus se quedaron solos en el vestíbulo, rodeados de desorden. Se miraron, y la tensión se disolvió lentamente, dejando paso a esa familiaridad intensa que solo ellos compartían.
—¿Crees que volverá? —preguntó ella.
—No —respondió él—. El miedo le enseñará la lección. Pero si lo hace… estaremos listos.
Se acercaron el uno al otro. Augus levantó una mano y acarició su mejilla con suavidad, un contraste brutal con lo que acababa de ocurrir.
—Hoy volvió a demostrarse —dijo él—. Nada de lo que digan o hagan puede separarnos.
—Nada —coincidió ella, inclinando la cabeza hacia su mano—. Ni el pasado, ni el odio, ni la muerte.
Se besaron entonces, con la misma intensidad de siempre, con la certeza de que su historia no era de cuentos felices, sino de supervivencia, de oscuridad compartida y de un amor que no conocía límites ni reglas.
caminaron juntos de regreso hacia el interior, dejando atrás el desorden y las sombras que habían intentado apagarlos. Sabían que el mundo seguía siendo peligroso, pero mientras estuvieran uno al lado del otro, no había nada que pudiera vencerlos.