Marco Vivaldi solo conoce dos colores en su vida, blanco o negro. Para él no hay quizás, no hay colores intermedios. El peso del pasado está sobre sus hombros haciendo estragos en su vida hasta que conoce a Isabella quien llega a convertirse en su arcoiris. Con ella descubre que hay una gama amplia de colores en la vida, de sentimientos y emociones...¿Pero que tendrán que enfrentar para disfrutar de ellos?
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Capítulo 14 Un ultimátum inesperado
El otoño comenzaba a teñir de tonos dorados los viñedos Vivaldi.
Era la época más importante del año.
Las uvas habían alcanzado el punto exacto de maduración y cientos de manos trabajaban desde el amanecer para recogerlas con el mayor cuidado posible.
Marco recorría las hileras de viñas acompañado por los capataces. Cada racimo era revisado con la misma atención que un joyero dedica a una piedra preciosa.
Para él, el vino no era un negocio.
Era un legado.
El último vínculo que conservaba con su padre.
—Estas filas estarán listas mañana —informó uno de los encargados.
Marco asintió.
—Que nadie acelere la recolección. Prefiero perder tiempo antes que calidad.
Los trabajadores conocían aquella frase de memoria.
Por eso respetaban tanto a su patrón.
Era exigente.
Pero jamás pedía algo que él mismo no estuviera dispuesto a hacer.
Mientras tanto, Isabella y Elisa ayudaban en la cocina a preparar el almuerzo para los vendimiadores.
El ambiente era completamente distinto al de semanas atrás.
Había música.
Conversaciones.
Risas.
Incluso Lucía parecía más joven cuando Isabella estaba cerca.
—Prueba esta salsa —dijo Gianna ofreciéndole una cuchara.
Isabella la degustó.
—Le falta un poquito de romero.
Gianna abrió mucho los ojos.
—¡Eso mismo estaba pensando!
Las dos rieron.
Lucía observó la escena con satisfacción.
La muchacha tenía una habilidad especial para hacer sentir importante a todo el mundo.
Y eso era un regalo que no se aprendía.
Se llevaba en el corazón.
Al terminar la jornada, Marco recibió una llamada inesperada.
—Ha llegado el señor Riccardo Bianchi.
Marco levantó la vista.
No esperaba aquella visita.
Riccardo Bianchi era uno de los empresarios más influyentes del norte de Italia y el principal distribuidor de los vinos Vivaldi en varios países europeos.
No era un hombre que viajara por asuntos menores.
—Hazlo pasar.
Minutos después, un hombre de unos sesenta años entró en el despacho.
Vestía un impecable traje gris y caminaba con la seguridad de quien estaba acostumbrado a ser escuchado.
—Marco.
—Riccardo.
Se estrecharon la mano.
Tras unos comentarios sobre la vendimia y el estado del mercado, el visitante dejó de sonreír.
—Debemos hablar con franqueza.
Marco comprendió que algo no marchaba bien.
—Te escucho.
Riccardo apoyó ambas manos sobre su bastón.
—Los inversores están preocupados.
Marco frunció ligeramente el ceño.
—¿Por la empresa?
—No.
Por ti.
El silencio llenó el despacho.
—No entiendo.
Riccardo suspiró.
—En los últimos meses han circulado demasiados rumores sobre tu vida privada.
Dicen que rehúyes a todas las mujeres.
Que nunca te casarás.
Y algunos incluso cuestionan tu orientación.
Marco sintió cómo se tensaba la mandíbula.
—Mi vida personal no afecta la calidad de mis vinos.
—Yo pienso igual.
Pero no todos lo hacen.
Hay socios que consideran importante la imagen pública de quien representa una marca de lujo.
Marco caminó lentamente hasta la ventana.
Permaneció unos segundos de espaldas.
—¿Qué quieres decir exactamente?
Riccardo habló con pesar.
—Si estos rumores continúan creciendo, varios inversores retirarán su apoyo a la próxima expansión internacional.
Marco giró lentamente.
Sus ojos grises habían perdido toda calidez.
—¿Me estás diciendo que quieren decidir con quién debo compartir mi vida?
—Te estoy diciendo que el mundo de los negocios puede ser absurdo.
Y que, a veces, la apariencia pesa tanto como la realidad.
Cuando Riccardo abandonó la mansión, Marco permaneció inmóvil en el despacho durante largo rato.
No sentía rabia.
Sentía cansancio.
Toda su vida había intentado mantenerse lejos de la sociedad para evitar precisamente aquello.
Que alguien opinara sobre un dolor que no comprendía.
Apoyó ambas manos sobre el escritorio.
Recordó el diagnóstico.
Las interminables sesiones de rehabilitación.
Las palabras del médico.
"Podrá caminar otra vez, pero debe prepararse para aceptar que quizá nunca pueda tener una vida íntima normal."
Aquella frase seguía persiguiéndolo dieciocho años después.
¿Cómo iba a casarse?
¿Cómo prometer una vida completa a una mujer sabiendo que podía decepcionarla?
Siempre creyó que mantenerse solo era un acto de honestidad.
Y ahora...
El mundo parecía castigar precisamente esa decisión.
Esa tarde, Isabella ayudaba a Lucía a cortar flores en el jardín.
Habían decidido decorar el comedor con pequeños arreglos para celebrar el inicio de la vendimia.
—¿Qué le parece este ramo? —preguntó Isabella.
Lucía sonrió.
—Perfecto.
La joven levantó la vista hacia la terraza principal.
Desde allí distinguió la figura de Marco.
Estaba completamente inmóvil.
Con la mirada perdida en los viñedos.
—¿Le ocurre algo? —preguntó en voz baja.
Lucía siguió su mirada.
Su sonrisa desapareció.
—Hoy recibió una visita importante.
—¿Malas noticias?
—Eso me temo.
Isabella volvió a mirar hacia la terraza.
Había algo en la postura de Marco que le oprimía el corazón.
Parecía un hombre sosteniendo un peso demasiado grande para cargarlo solo.
Sin pensarlo, tomó uno de los pequeños ramos de lavanda que acababa de preparar.
—Voy a dejárselo en el despacho.
Lucía sonrió con ternura.
—Hazlo.
Aunque dudo que admita que le gusta.
Marco seguía absorto en sus pensamientos cuando alguien llamó suavemente a la puerta.
—Adelante.
Isabella entró despacio.
Llevaba el pequeño ramo entre las manos.
—Perdone la interrupción.
Solo quería dejar esto aquí.
Colocó las flores sobre una mesa cercana.
Marco las observó unos segundos.
—¿Lavanda?
Ella asintió.
—Dicen que transmite calma.
Él levantó la vista.
—¿Y crees que la necesito?
Isabella sonrió con esa sinceridad que la caracterizaba.
—Creo que todos la necesitamos alguna vez.
Marco no pudo evitar devolverle una leve sonrisa.
—Gracias.
Ella caminó hacia la puerta.
Pero antes de salir se volvió.
—Señor Vivaldi...
Él la miró.
—Los viñedos no serían tan hermosos si todas las estaciones fueran iguales.
A veces el invierno parece eterno...
pero siempre vuelve la primavera.
La puerta se cerró lentamente.
Marco permaneció contemplando el pequeño ramo de lavanda.
Era un detalle sencillo.
Sin valor económico.
Y, sin embargo...
Hacía muchísimo tiempo que nadie intentaba aliviar una carga que ni siquiera conocía.
Tomó una de las flores entre los dedos.
Por primera vez desde la visita de Riccardo Bianchi, respiró un poco más tranquilo.
Aunque aún ignoraba que aquella muchacha, con su forma de ver la vida, estaba empezando a convertirse en la única persona capaz de devolverle la esperanza.
Y esa misma noche, mientras observaba el ramo sobre su escritorio, una idea comenzó a abrirse paso entre todos sus miedos.
Una idea tan absurda...
como irresistible.
¿Y si Isabella aceptara convertirse en su esposa?