Ximena Salcedo fue entregada a la familia Alcázar como parte de un trato: casarse con Héctor, el heredero que llevaba meses inconsciente, a cambio de recuperar la casa de su madre y pagar el tratamiento de su hermano.
Ella pensó que solo tendría que cuidar a un hombre que nunca volvería a abrir los ojos. Pero en la noche más inesperada, Héctor despierta.
Desde entonces, Ximena queda atrapada entre una familia poderosa que la vigila, secretos que nadie quiere revelar, una exnovia decidida a volver, enemigos dispuestos a destruirla y un esposo que parece frío, pero que cada vez la mira con menos distancia.
Lo que empezó como un matrimonio arreglado se convierte en una guerra de orgullo, deseo y confianza, donde Ximena tendrá que decidir si Héctor Alcázar es su salvación… o la mentira más peligrosa de su vida.
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Capítulo 14
Capítulo 14
Renata siguió hablando de Patricia.
-También escuché que su mamá se gastó en el casino todo el dinero de la compensación que tú les pagaste. En pocos días lo perdió todo. Cuando se quedó sin dinero, empezó a pedirle a Patricia. Si no le daba, la golpeaba. Ahora entiendo por qué Patricia siempre quiso subir de nivel como fuera. Con una mamá así...
Ximena se quedó sorprendida.
No imaginaba que la casa de Patricia fuera así.
Pensaba que solo eran codiciosas. Eso ya era molesto, pero esto daba tristeza.
-Podría buscar un trabajo decente. Mantenerse sola no es imposible. Y si no, Rodrigo Téllez, ese niño rico, al menos podría ayudarle un poco. Que se aleje de su mamá.
Renata negó con la cabeza.
-No es tan fácil. Además, Rodrigo solo juega. Cuando se aburra, la va a botar. No va a gastar demasiado en ella. A los hombres con dinero lo que menos les falta son mujeres.
Ximena pensó que tenía razón.
Renata la señaló con seriedad.
-Tú ten cuidado. Puede querer vengarse de ti porque está toda desbalanceada. Gente como ella trae la cabeza bien torcida.
-Si tiene tiempo para vengarse, mejor que piense cómo ganar dinero.
Renata contó que iba a pedir unos días libres para acompañar a su mamá a visitar a sus abuelos en su ciudad natal.
Así que, durante esos días, casi siempre fueron Ximena y Diego quienes siguieron pintando.
El tiempo pasó rápido.
El día en que terminaron el mural del patio, el abogado de la familia Alcázar buscó a Ximena.
Se reunieron en una cafetería.
El abogado le puso primero un documento sobre la mesa.
-Señora Alcázar, firme esto. El traspaso de la casa puede hacerse de inmediato.
El documento tenía pocas líneas.
Pero cada palabra dolía como una condena.
Era casi un contrato para venderse entera.
Al firmarlo, Ximena quedaba atada a la familia Alcázar. Si Héctor no pedía el divorcio, entonces, aunque él tuviera mil mujeres afuera, ella solo podría soportarlo. No podría dejar esa casa.
En realidad, cuando aceptó aquel trato con Lourdes, ya había previsto algo parecido.
Pero verlo en blanco y negro, tener que firmarlo y poner su huella, le apretó el corazón.
El abogado la vio quedarse quieta y tocó dos veces la mesa con el dedo.
-Señora Alcázar, firme, por favor.
Ximena volvió en sí.
Sonrió apenas, tomó la pluma y firmó con soltura.
-¿Ahora vamos a tramitar la escritura?
El abogado tomó el documento, revisó la firma y asintió.
-Ahora mismo.
Con ese papel, el traspaso fue rápido.
Cuando Ximena sostuvo la escritura de la vieja casa con su nombre impreso, sintió demasiadas cosas al mismo tiempo.
La casa por fin volvía.
Y ella, por fin, se había perdido a sí misma.
Quiso guardar la escritura en la caja fuerte que Elena le había dejado, pero no tenía la llave. Probó varias claves y ninguna funcionó.
Con la última esperanza, puso su fecha de nacimiento y la de Leo.
La cerradura sonó.
La caja se abrió.
No era muy grande, pero dentro había muchas tarjetas y libretas bancarias.
Ximena hizo una cuenta rápida.
Elena le había dejado ahorros de ocho cifras.
Heredar de golpe decenas de millones la dejó aturdida.
Además del dinero había joyas de Elena, participaciones accionarias y documentos de inversiones en el extranjero.
Sumando todo, lo que Elena dejó superaba por mucho los cien millones.
Ximena se había vuelto una pequeña rica de verdad.
Pero en ese momento no pudo sentirse feliz.
Había vendido su libertad por dinero.
Y ahora que tenía dinero, ese dinero no podía comprarle la libertad.
Tampoco podía dejarle todo eso a Leo, a menos que su enfermedad se curara por completo.
Y ella sabía que casi no había esperanza.
Ximena guardó todo de nuevo y se quedó sola, sentada, viendo la nada por mucho tiempo.
Si un día Héctor aceptaba divorciarse de ella, ¿de verdad iba a querer irse?
Las personas eran complicadas y codiciosas.
Ella tampoco era la excepción.
Cuando Héctor volvió, le preguntó por el traspaso de la casa.
Ximena no dijo mucho.
-Tu mamá me hizo firmar un contrato de servidumbre. Si la casa no se traspasaba, ya sería un abuso completo.
Héctor observó su rostro frío. Había confusión en su mirada.
-¿Qué contrato de servidumbre?
-No te hagas. En tu familia sí que saben actuar.
Ximena estaba molesta. Su tono era malo y ni siquiera quería hablar.
Héctor, en realidad, no sabía qué documento le había hecho firmar Lourdes.
Eso tenía que aclararlo.
Fue al cuarto de Lourdes.
Camila estaba ahí también.
Héctor entró directo al tema.
-Mamá, ¿qué contrato le hiciste firmar a Ximena?
Lourdes no lo escondió.
Le mostró el documento con la firma y la huella de Ximena.
-Este.
El texto era corto, pero cada línea tenía amenaza e injusticia.
Héctor se molestó con solo leerlo.
Si él se enojaba, ¿qué habría sentido Ximena?
-¿Para qué la hiciste firmar esto?
Su tono salió duro.
Camila no esperó a que Lourdes explicara.
-Primo, no seas malagradecido. La tía lo hizo por ti. ¿Por quién más? Además, recuperar esa casa costó más de diez millones. ¿Iban a dársela sin que ella pagara un precio?
-Cállate. ¿Quién te pidió opinar?
Era la primera vez que Héctor reprendía así a Camila.
Ella se sintió herida.
-Primo, ¿me estás regañando por esa mujer de afuera?
Lourdes abrazó a Camila para consolarla y luego miró a Héctor.
-Solo es una cláusula más fuerte del acuerdo original. Piénsalo. Si ella recupera la casa, puede irse cuando quiera. La familia Alcázar hizo mucho por ella. ¿Vamos a dejarla ir así de fácil? Si se va, debe pagar un precio. Eso es justo.
-Mamá, ella es una persona. No es una mascota.
-Lo sé. Pero es solo un papel. Ella sigue siendo la señora Alcázar. Sigue siendo libre. Quiere hacer algo, lo hace. Quiere estar en esta casa, en la ciudad, en el país o en cualquier parte del mundo, puede hacerlo.
Héctor respiró hondo, dobló el documento y se lo guardó en el bolsillo.
-Ya. Me voy.
Camila hizo una mueca a su espalda.
-Tía, mi primo ya no distingue quién le hace bien. ¿Se te olvidó cómo Ximena y ese hombre se miraban en el cumpleaños de Don Mateo?
-¿Por qué no puedes desearle algo bueno a tu primo? ¿Qué ganas con que Ximena le sea infiel?
Últimamente Lourdes no quería oír más rumores sobre Ximena.
Pero Camila insistió.
-Ese hombre fue su primer amor. Tía, no te confundas con esto.
-Basta. Tu primo lo resolverá. Estoy cansada. Sal.
Lourdes terminó sacándola del cuarto.
Cuando Héctor volvió a la habitación, Ximena ya estaba acostada.
Dejaba claro que no quería hablar con él.
Héctor tampoco la provocó.
Se acostó en silencio al otro lado de la cama.
Pero Ximena, por alguna razón, ya no pudo dormirse.
Le pasaron por la cabeza muchas cosas que la habían hecho sentirse humillada.
Lo del contrato que Lourdes le hizo firmar.
Y también la relación entre Héctor y Valeria.
-¿Héctor?
-¿No duermes?
-¿Crees que un matrimonio tiene que tener amor?
Héctor se detuvo un momento.
-Supongo que sí.
-¿Supongo?
Ximena se giró para mirarlo.
-O sea que también puedes aceptar un matrimonio sin amor, ¿no?
-¿Qué quieres preguntar?
Su mirada cayó sobre ella con demasiada precisión.
-Nada.
La pregunta que tenía en la punta de la lengua volvió a tragársela.
-Quiero hablar contigo de otra cosa.
-¿Qué cosa?
-Quiero ir a vivir unos días a la casa que me dejó mi mamá. ¿Puedo?
La voz de Ximena sonaba ligera, pero traía demasiadas emociones escondidas.
-¿Quieres que te acompañe?
Ximena negó con la cabeza.
-Quiero estar sola unos días.
-¿Cuándo vas?
-Mañana.
-Te llevo.
-Mejor pido un taxi.
Héctor no insistió.
-Está bien.
Esa noche no dijeron más.
Ximena se levantó temprano, metió unas cuantas prendas en una maleta pequeña y dejó la residencia Alcázar.
La vieja casa de Elena estaba en una colonia antigua del centro.
Aunque ya tenía años, el lugar era tranquilo, con árboles maduros y una claridad que le abría el pecho.
Al ver el árbol frente a la puerta y el columpio del jardín, Ximena sintió que volvía a la infancia.
Desde que Elena murió, la sacaron de esa casa.
Desde entonces no había vuelto a pisar ese patio.
Todo parecía igual que antes.
Y, al mismo tiempo, nada era igual.
Le tomó casi todo el día limpiar el jardín y la casa por dentro y por fuera.
Después de clases, Renata llegó con Diego para ayudarla.
-El patio está perfecto -dijo Renata, sacudiéndose el polvo de las manos-. Ni grande ni chico. ¿Cómo convenciste a los Alcázar de dejarte vivir aquí unos días?
-Cuando alguien no les importa, parece que tampoco les interesa detenerlo.
Ximena se encogió de hombros.
-¿Pero no les daba miedo que le pusieras el cuerno a Héctor? Si te sales de la casa, van a imaginar más cosas. ¿Están tranquilos?
Ximena no sabía.
Cuando se fue, nadie la detuvo.
Además, Héctor era hombre, no tonto. Si ella era capaz de engañarlo o no, él debía tenerlo más claro que Lourdes.
-Ya no hablemos de ellos. Por fin hay paz. Hagamos carne asada al rato.
Renata y Diego levantaron las manos, de acuerdo.
Mientras tanto, en la empresa Alcázar, Héctor terminó un día entero de juntas.
En sus manos tenía todas las pruebas de que Darío había intentado matarlo.
Bruno estaba de pie frente a él y le entregó otro expediente.
-Señor, aquí están las pruebas de que Darío se alió con una red criminal extranjera. Además, durante el tiempo en que usted estuvo enfermo, vendió documentos confidenciales de la empresa Alcázar al Grupo Robles.
Héctor levantó la mano.
Bruno se retiró.
Antes del accidente, todo el mundo en la ciudad sabía que Héctor y Valeria estaban enamorados.
El heredero de los Alcázar y una actriz famosa.
Una historia que muchos envidiaban.
Pero ese amor que parecía puro estaba mezclado con demasiadas cosas.
Entre ellas, Darío.
Darío era hijo fuera del matrimonio dentro de la familia Alcázar. En teoría, no tenía derecho a heredar nada importante.
Pero no se resignaba.
Siempre quiso quitar a Héctor del camino.
Así que tocó el punto más débil al lado de Héctor: Valeria.
En ese tiempo Valeria era una actriz que apenas empezaba a hacerse conocida. Venía de una familia con nombre, pero el mundo del espectáculo era lo que de verdad deseaba.
Quería entrar a fuerza.
Pero su carrera no avanzaba.
Después de una serie que se volvió algo popular, al fin tuvo un poco de fama. Aun así, entrar a un proyecto de un director grande seguía siendo casi imposible.
Además, Héctor no quería que se metiera demasiado en ese medio y nunca la ayudó en su carrera. Eso la tenía frustrada.
Cuando Darío apareció con el guion de un director importante, Valeria se volvió loca.
Por eso le contó sin piedad la ruta y la ciudad del viaje de negocios de Héctor.
Así se armó el accidente que casi lo mata.
La mujer que él había amado fabricó con otro hombre un choque destinado a quitarle la vida.
Eso fue lo que más lo hirió.
Héctor presionó el teléfono interno.
Bruno volvió pronto a la oficina.
-Señor.
-Encárgate de Darío. Y lo que los Robles nos deben, vamos a recuperarlo poco a poco.
Bruno entendió.
-Sí, señor.
Cuando Bruno salió, Héctor llamó al doctor Julián.
-¿Dónde estás?
-En el laboratorio. ¿Qué pasó?
Del otro lado se oía movimiento.
-¿El doctor Julián ya está tan ocupado que hay que pedir cita para verlo?
Héctor sacó un cigarro de la cajetilla, lo llevó a los labios y lo encendió.
Julián soltó una carcajada.
-Por ocupado que esté, nunca más que tú. Además, pensé que con eso de recién casados ibas a querer estar pegado a tu esposa. Si yo aparezco todo el tiempo, quedo como mal tercio.
-Al menos tienes tacto. Hablemos en serio. La prueba de ADN que te pedí para ese niño, ¿cómo va?
-Valeria lo cuida demasiado. No es fácil sacarle sangre, y conseguir cabello tampoco. Hay que esperar una oportunidad.
Que una actriz famosa tuviera un hijo no reconocido era demasiado raro.
Calculando tiempos, tampoco parecía tener espacio para haberlo tenido.
Héctor llevaba diez meses inconsciente.
No.
Diez meses.
¿Entonces...?
-Ese niño no será tuyo, ¿verdad? -preguntó Julián.
Héctor guardó silencio.
Julián casi se atragantó con el chisme.
-Si es hijo tuyo y de Valeria, ¿qué va a pasar con Ximena?
-No he pensado tan lejos.
-Pues tienes que pensarlo. Siendo honesto, esa muchacha es buena. Mucho mejor que Valeria. Tu gusto de antes dejaba bastante que desear. Tu mamá eligió mejor.
-¿Por qué hablas tanto?
Julián se calló con una risita.
-Está bien. Buscaré la oportunidad. Escuché que el padre de Valeria anda mal de salud. Tal vez pronto podamos movernos.
-Cuando tengas noticias, me avisas.
-Claro.
El niño de Valeria tenía tres meses.
Si se sumaban los diez meses que Héctor estuvo inconsciente, el embarazo habría ocurrido cuando su relación con Valeria seguía existiendo.
¿Era de Héctor?
Unos meses antes del accidente, él y Valeria ya estaban peleando fuerte. La relación estaba helada.
Decir que no tenían contacto sería mentira. A veces hablaban por teléfono.
Pero contacto íntimo, no.
Héctor tenía claro que ese niño no era suyo.
Pero después de descubrir que Valeria y Darío se habían unido para lastimarlo, lo que más temía era otra cosa:
que Valeria hubiera usado su material genético de alguna manera para embarazarse.
Por eso la prueba de ADN era necesaria.
Tenía que descartarlo antes de que, más adelante, Valeria usara al niño para amenazarlo.
Darío tenía que pagar.
Los Robles también.
Héctor miró la hora y decidió volver a casa.
La residencia Alcázar seguía igual.
Camila estaba en el jardín, hablando sin parar junto a Lourdes mientras tomaban el sol.
Al ver a Héctor, corrió feliz y se colgó de su brazo.
-Primo, hoy llegaste temprano. ¿Será que como Ximena no está, estás de mejor humor?
Héctor frunció el ceño y la miró.
Lourdes sonrió.
-Hijo, ven a sentarte un rato conmigo.
Héctor se sentó junto a ella.
-Hijo, Ximena está embarazada. No debiste dejarla hacer lo que quisiera. En esa casa no hay nadie que la atienda. Si pasa algo, ¿qué vamos a hacer?
Había un poco de reproche en su voz.
Héctor no explicó que Ximena no estaba embarazada.
Solo dijo:
-Fue a despejarse. En unos días vuelve.
-Primo, tú la consientes demasiado. Así se le olvida quién es.
Camila torció la boca.
-Si no consiento a mi esposa, ¿te consiento a ti?
Héctor la reprendió con una frase seca.
Camila se sintió agraviada al instante.
-Primo, antes tú me querías más. Ahora que tienes esposa, no solo dejaste de querer a tu prima, hasta me desprecias. ¿Sigues siendo mi primo o no?
-Ya habrá quien te consienta.
Héctor se levantó y habló como advertencia:
-Deja de molestar a Ximena. ¿Entendido?
-Tía, mira a mi primo...
Lourdes también intentó aconsejarla.
-Ximena es la señora de esta casa. Debes comportarte.
-Tía, ¿tú tampoco me quieres ya?
-No es eso. Tu papá dijo que deberías volver unos días a tu casa. También debes visitar a tus padres.
Camila no quería volver.
Desde niña había crecido en la casa Alcázar y no era cercana a Ignacio.
Y esa mujer era su madrastra. Aunque había entrado a su vida cuando Camila era pequeña, la odiaba.
-No vuelvo. Esa no es mi casa. ¿Para qué voy?
En la vieja casa de Elena, Ximena, Renata y Diego estaban en el patio comiendo carne asada y tomando cerveza.
Hacía mucho que Ximena no se sentía tan ligera.
Ese era el día más cómodo que había tenido desde que se casó con Héctor.
-Xime, ¿y si me mudo contigo? Esta casa está enorme, y el patio está precioso.
Renata se pegó a su hombro como niña consentida.
Ximena le acarició la cabeza.
-Si tu mamá te deja, puedes venir cuando quieras.
Al mencionar eso, Renata se apagó.
Su mamá la vigilaba demasiado. No solo no la dejaría vivir fuera. Si llegaba unos minutos tarde, el teléfono se convertía en una alarma interminable.
-Mi mamá no va a aceptar.
-Entonces come rápido y vete temprano para que no se preocupe.
Diego casi no hablaba. Se quedaba viendo al vacío una y otra vez.
Ximena y Renata se miraron, luego lo miraron a él.
-Diego, ¿traes algo en la cabeza?
-No. Nada.
-Con esa cara de tragarte las palabras, claro que traes algo. Dilo. A ver si podemos ayudarte.
Diego levantó los ojos hacia ellas y sonrió con amargura.
-Son problemas de familia.
-¿Familia?
Ximena y Renata querían ayudar, pero también sabían que meterse en asuntos ajenos podía ser imprudente.
Diego no pareció incomodarse.
-No pasa nada. Mi papá anda con otra mujer y la embarazó. Esa mujer quiere que él se case con ella. Supongo que mi papá no quiere, así que ella fue directo a buscar a mi mamá y la enfermó del coraje.
Ximena y Renata se quedaron impactadas.
Qué amante tan descarada.
-¿Y tu papá qué dice? -preguntó Renata.
-Mi papá no quiere divorciarse. Pero ese ya no es el punto. Mi mamá no puede pasar eso emocionalmente. Ella y mi papá empezaron desde cero, sufrieron juntos para levantar todo. Nunca imaginó que él la traicionaría. Pero la realidad...
Diego soltó un suspiro profundo, lleno de decepción y cansancio.
Era asunto de su familia.
Pero a veces parecía que los hombres eran iguales.
Cuando no tenían dinero, no pensaban tanto.
Cuando tenían dinero, empezaban a buscar por todos lados.
El padre de Diego era así.
Ernesto Salcedo también.
-Diego, si las cosas están así, debes prepararte para sostener tu casa cuando haga falta. Tu mamá va a necesitar apoyarse en ti. Si tú tampoco le das seguridad, ¿qué esperanza le queda?
Las palabras de Ximena tocaron a Diego.
Él asintió.
-Jefa, entiendo.
A las diez de la noche, Renata y Diego se fueron.
Ximena recogió el patio y volvió a la habitación.
La casa vacía hacía que muchos recuerdos de la infancia subieran poco a poco.
El más profundo era la muerte de Elena.
Ximena no podía imaginar cuánto valor había necesitado su madre para subir a una torre corporativa, a casi cien metros de altura, y lanzarse.
En ese entonces Ximena tenía apenas diez años.
No entendía por qué su mamá no los quería a ella y a Leo.
No entendía por qué, si su papá la amaba tanto, Elena había elegido terminar con su vida.
Ahora pensaba que quizá Elena ya había descubierto que Ernesto tenía otra mujer.
Con el carácter de Elena, por los niños, primero habría intentado que Ernesto volviera a casa.
Pero Ernesto la decepcionó.
¿Por eso eligió morir?
Y aun así, algo no cuadraba.
Elena era una mujer demasiado racional.
Si un amor no se podía salvar, no se habría quedado aferrada hasta destruirse.
Tampoco se habría torturado a sí misma.
Tenía dos hijos pequeños.
No los habría abandonado, sobre todo porque la enfermedad de Leo siempre fue su mayor preocupación.
Elena no era impulsiva.
Ximena tuvo una idea terrible.
¿Y si la muerte de Elena no fue suicidio, sino asesinato?
La sola posibilidad le cubrió la espalda de sudor frío.
Din don.
El timbre sonó.
Ximena se estremeció y volvió en sí, mirando hacia la puerta.
¿Quién podía venir tan tarde?
-¿Quién es?
Nadie respondió.
Ximena se levantó y encendió las luces del patio.
La colonia era segura. A los extraños les costaba entrar.
Entonces, ¿quién tocaba a media noche?
Por seguridad, tomó un bat de beisbol y salió con él en la mano.
El timbre siguió sonando.
Cuando abrió la puerta, también levantó el bat sobre la cabeza.
-Soy yo.
La voz del hombre era baja y ronca.
Ximena enfocó la mirada.
-¿Qué haces aquí?
-No estaba tranquilo. Vine a verte.
Héctor empujó la puerta, entró y volvió a cerrar con seguro.
-Baja el bat. ¿No te cansas de tenerlo arriba?
-¿Viniste a estas horas solo para ver si estoy bien?
A Ximena le pareció exagerado.
-¿O viniste a revisar si tengo un hombre escondido?
y tampoco que tuvo un aborto?
y esas zorrascaeran por ladronas y puras.🤭😂