Había regresado al pueblo con una sola intención: verla.
No pasaron ni diez minutos desde que bajó del bus cuando la noticia lo golpeó como una patada al pecho: “Ella se casa el sábado.”
El corazón le ardió. Los puños también.
¿Casarse? ¿Con otro? ¿Ella? ¿Suya?
No.
Eso no iba a pasar.
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“La noche del silencio roto”
Las campanas de la iglesia aún resonaban.
La música, el vino, las risas falsas… todo era un eco borroso en la cabeza de Elsa.
Caminaba como un fantasma entre los invitados.
El vestido ya no era blanco. Era un sudario.
La celebración parecía interminable.
Ella fingía sonrisas, pero por dentro gritaba.
Joshua, entre los invitados, logró acercarse.
La tomó de la mano con fuerza, como si intentara salvarla del abismo.
—Hermana, —susurró con la voz temblorosa— Tomás no sabía nada.
Sebastián lo buscó… y mintió.
Él no recordaba.
Tenía amnesia. Pensó que tú lo habías traicionado.
Elsa parpadeó.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Lo viste?
—Sí. Hablé con él. Le conté todo…
El alma de Elsa tembló.
—¿Y qué dijo?
—Nada. Solo lloró. Como si acabara de morir por dentro.
Ella se cubrió los labios.
Salió corriendo hacia el baño, sin mirar atrás.
Vomitando el dolor.
Los recuerdos.
La verdad.
Tomás… no la había olvidado.
Nunca la había dejado.
Esa noche, la fiesta terminó tarde.
La luna estaba alta cuando Sebastián la tomó del brazo.
La gente reía, brindaba.
Él fingía ser el esposo feliz.
Pero cuando cerró la puerta de la habitación nupcial, todo cambió.
—¿Sabes qué es lo que más disfruto de este día? —dijo, acercándose—
Que Tomás te vio. Blanca. Limpia. Pura.
Y ahora voy a destruir cada parte de eso.
Voy a borrarlo de tu cuerpo.
Voy a dejarte marcada como el ganado.
Elsa retrocedió.
—No me toques…
Pero él ya la tenía.
La empujó sobre la cama con violencia.
Ella intentó resistirse.
Gritó.
Pataleó.
Él se quitó el cinturón.
La golpeó con él.
Le arrancó el vestido como si rompiera papel.
Le escupió los sueños.
La ató con las cortinas.
La abofeteó.
Le jaló el cabello.
—Ahora eres mi esposa, —susurró con una voz enferma—
Y voy a recordártelo toda la noche.
Una y otra vez… hasta que no quede nada de Tomás en ti.
Elsa cerró los ojos.
Y se fue.
No físicamente… pero su alma se fue.
Esa noche no terminó.
No hubo descanso.
No hubo tregua.
Sebastián hizo lo que quiso.
Y más.
Solo por el placer de aplastar el último rincón donde ella aún se sentía viva.
Al amanecer, Elsa seguía atada.
Ensangrentada.
Humillada.
Con la piel marcada.
Con el alma hecha trizas.
Cuando él se durmió, ebrio de poder,
ella solo miró el techo…
y supo que ya no le quedaba nada que perder.
Y ese pensamiento…
fue lo único que le dio fuerza para no morir.
Parte 1 – “Cárcel de luna de miel”
La mañana llegó, pero el infierno no terminó.
Elsa despertó con la garganta seca, las muñecas rojas por la presión de las cortinas con que la ató, el cuerpo adolorido, marcado.
El aire olía a sudor, a lujuria podrida, a ceniza.
Estaba sola.
Las sábanas estaban empapadas.
La cama… era una tumba sin tierra.
Se sentó como pudo, con la vista baja, las piernas cerradas con fuerza.
Sintió un ardor insoportable.
Cada rincón de su piel gritaba.
Su alma ya no.
La ventana seguía cerrada.
Nadie en la casa parecía moverse.
Nadie preguntaba.
Nadie escuchaba.
Solo el eco de lo que Sebastián había hecho.
Una y otra vez.
Como si fuera su derecho.
Como si ella fuera un objeto.
Un trofeo ganado por deuda.
Una hora más tarde, la puerta se abrió con violencia.
Él entró. Sonriente. Lavado. Perfumado.
Como si nada.
—Buenos días, esposa, —dijo con tono burlón—
¿Dormiste bien? Porque yo dormí como un rey después de coronarte como mi reina.
Elsa no respondió.
Ni lo miró.
Solo se abrazó las rodillas, sentada en la orilla de la cama.
Sebastián se acercó.
Se arrodilló frente a ella.
Le tomó la cara con fuerza.
—¿No vas a hablarme? ¿O aún estás pensando en Tomás, el fantasma?
Te casaste conmigo. Eso es todo lo que importa.
Le rozó los labios con asco.
Y cada noche que venga, será lo mismo.
Porque ahora, Elsa… eres mía.
De nadie más.
Ella giró el rostro.
No lloró.
Ya no.
Durante el día, Sebastián le impuso silencio.
No podía salir de la habitación sin permiso.
Dos de sus hombres seguían en la entrada de la hacienda.
La cocinera no se atrevía ni a mirarla.
Joshua intentó subir a verla, pero fue apartado.
Elsa solo alcanzó a verlo desde la rendija de la puerta.
Esa noche, Sebastián volvió.
Ya no con vino.
Con rabia.
—Estuviste toda la tarde encerrada, sin decirme una sola palabra, —le gritó.
¿Qué crees que eres? ¿Una princesa de cuento? No.
Eres mi esposa.
Y yo decido qué haces, qué sientes, y con quién sueñas.
Elsa se levantó, desnuda aún bajo la bata.
Y lo miró.
Por primera vez, lo miró directo a los ojos.
—Entonces tómame, —le dijo con voz baja.
Haz lo que haces cada noche.
Gózate tu victoria.
Pero recuerda algo…
tú podrás tocarme, romperme, atarme,
pero nunca vas a tener mi alma.
Eso ya se lo entregué a alguien más.
Y lo mejor de todo…
es que nunca la vas a recuperar.
**
Esa noche Sebastián no hizo el amor.
Poseyó con rabia.
Con desprecio.
Con sadismo.
Pero Elsa ya no gritó.
Ya no suplicó.
Solo lo miró, fría.
Muerta por dentro.
Y cuando él terminó…
ella no lloró.
Solo pensó:
"Esto se acaba pronto.
Porque cuando Tomás regrese…
alguien va a morir."
ecxelente