Abigail ha pasado años tallando la vida perfecta: una carrera prestigiosa como diseñadora de joyas de alta gama y un matrimonio que creía inquebrantable con Julián. Sin embargo, la perfección se astilla cuando descubre que su esposo y Mónica, su mejor amiga y socia, no solo mantienen un romance clandestino, sino que han estado conspirando para robar sus diseños y dejarla en la quiebra.
En medio del colapso de su mundo, reaparece Sebastián, un antiguo amor de la juventud que ahora es un magnate de la industria minera de gemas. Mientras Abigail planea su venganza —una tan fría y elegante como un diamante—, deberá decidir si permite que el fuego del pasado con Sebastián purifique su corazón o si las heridas de la traición la han vuelto tan dura e impenetrable como la piedra que diseña
NovelToon tiene autorización de Lobelia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 2
El silencio de la mansión tras la gala era casi tan ensordecedor como los aplausos de la noche anterior. Abigail caminaba descalza por la alfombra de lana virgen, sintiendo aún el eco del cansancio en sus pantorrillas, pero con el corazón lleno. El éxito de "Luz Eterna" seguía flotando en el aire como un perfume residual. Para ella, la vida finalmente se había alineado con la perfección de sus lienzos.
Julián se había quedado en el estudio, atendiendo una llamada de negocios de última hora. Abigail, impulsada por un tierno instinto de cuidado, recogió el saco de lino oscuro que él había dejado caer sobre el diván del dormitorio. Al levantarlo, el peso de la prenda reveló algo que no encajaba con la fluidez de la tela.
Un pequeño papel, doblado con descuido, se deslizó del bolsillo interior y aterrizó sobre el suelo de madera clara.
Abigail se agachó. Al desdoblarlo, el logotipo de "Vanity & Co." —la joyería que representaba la competencia directa de los intereses comerciales de la familia de Julián— saltó a la vista. Era un recibo. Sus ojos recorrieron las cifras y la descripción: Gargantilla de diamantes y zafiros azules. Edición limitada.
El aire en la habitación pareció volverse más pesado. No era el gasto lo que la inquietaba, sino el nombre del establecimiento. ¿Por qué Julián compraría algo en el lugar que siempre había criticado por su "falta de linaje"? Una punzada de extrañeza, fina como una aguja, le recorrió la nuca. La vulnerabilidad que había sentido en la gala, esa sensación de que todo era demasiado perfecto para ser real, regresó con fuerza.
En ese momento, Julián entró en la habitación desabrochándose los puños de la camisa blanca.
Al ver a Abigail con el papel en la mano, sus movimientos no se detuvieron, pero sus ojos se entrecerraron apenas un milímetro.
—¿Buscando tesoros en mis bolsillos, Abby? —preguntó él con una sonrisa juguetona, aunque su voz recuperó ese tono de barítono que solía usar para negociar.
Abigail sintió una oleada de culpa por haber invadido su privacidad, mezclada con una ansiedad que no lograba tragar.
—Se cayó al recoger tu saco, Julián. ¿Vanity & Co.? Pensé que detestabas sus diseños.
Julián se acercó a ella, acortando la distancia física hasta que Abigail pudo oler el aroma de su loción y el rastro de tabaco caro. Le quitó el papel con una suavidad que bordeaba la firmeza y soltó una carcajada breve, cargada de una ternura que parecía genuina.
—Maldita sea mi suerte —suspiró él, rodeándola con sus brazos y apoyando su frente contra la de ella—. Se suponía que sería la sorpresa para nuestro aniversario el próximo mes. Sabes que me gusta lo mejor, Abby, y aunque deteste a sus dueños, ese diseño de zafiros gritaba tu nombre.
Quería algo que no fuera previsible, algo que no viniera de nuestro propio inventario.
Abigail lo miró a los ojos. Buscó en sus pupilas cualquier rastro de duda, cualquier sombra que delatara una mentira. Julián mantuvo la mirada con una calma absoluta, una serenidad que solo poseen los hombres que están seguros de su verdad... o los que dominan el arte del engaño.
En ese instante, Abigail se enfrentó a una bifurcación emocional. Podía profundizar, preguntar por qué el recibo tenía una fecha tan reciente si el aniversario aún estaba lejos, o podía dejarse envolver por el calor de su abrazo. El miedo a romper el cristal de su felicidad actual fue más fuerte que su intuición.
—Lo siento —susurró ella, hundiendo el rostro en su pecho—. Arruiné la sorpresa. Soy una tonta.
Julián la estrechó más fuerte, besándole la coronilla.
—No eres una tonta. Eres curiosa, como toda buena artista. Pero prométeme que dejarás de ver fantasmas donde solo hay amor.
Abigail asintió, queriendo creerle con cada fibra de su ser. Decidió que la mancha en el cristal era solo una mota de polvo, algo que una caricia podía limpiar. Sin embargo, mientras él apagaba la luz de la mesilla, la imagen del zafiro azul —frío y cortante— permaneció grabada en su retina, recordándole que incluso las luces más eternas pueden proyectar sombras alargadas.
El hecho de que sea una joyería de la competencia añade una capa de "traición comercial" que Abigail intenta ignorar.
Su capacidad para convertir una sospecha en un gesto romántico muestra su gran habilidad de manipulación emocional.
Representa algo frío y valioso, pero que está fuera del control habitual de la pareja.
El dormitorio, que antes era el santuario de su felicidad, se transformó de pronto en un escenario de sombras alargadas. Abigail sostenía el recibo con la punta de los dedos, sintiendo que el papel térmico le quemaba la piel. No era solo un ticket; era una nota discordante en la sinfonía perfecta que Julián había compuesto para ella.
En el fondo de su mente, una voz pequeña y afilada —la misma que le dictaba cuándo un cuadro estaba terminado o cuándo una pincelada era falsa— le decía que algo no encajaba. Los zafiros no eran su piedra favorita, y Julián, tan meticuloso con la lealtad corporativa, jamás compraría en la competencia a menos que hubiera una razón de peso... o una urgencia que no permitiera rastreos familiares.
Sin embargo, Abigail sentía un terror paralizante ante la idea de que esa duda creciera. Si tiraba del hilo, ¿qué encontraría al final? El éxito de su carrera y su estabilidad emocional estaban tan entrelazados con la figura de Julián que dudar de él se sentía como dudar de sí misma.
“Es solo mi ansiedad decantándose después de la gala”, se dijo, tratando de asfixiar su instinto. Prefirió el abrazo de la mentira cómoda que la intemperie de la verdad. Su deseo de paz era, en ese momento, más fuerte que su necesidad de justicia.
Frente a ella, Julián operaba con la sangre fría de un ajedrecista. Mientras le hablaba de sorpresas y aniversarios, su mente estaba evaluando daños. No había pánico en él, solo un cálculo preciso: necesitaba que Abigail volviera a su estado de adoración. Si ella sospechaba, el "producto" que ambos representaban —la pareja de oro— se devaluaría.
Él la observaba con esa mirada de protector que ella tanto amaba, pero detrás de sus ojos no había ternura, sino una evaluación táctica. Sabía exactamente qué palabras usar: "sorpresa", "aniversario", "lo mejor para ti". Eran los disparadores emocionales que desarmaban Abigail. Julián no quería solo que ella le creyera; quería que ella se sintiera culpable por haber dudado. Al besarle la frente, cerró el trato de su manipulación, reafirmando su dominio sobre la narrativa de su vida.