Isabella Sergeyev huyó de Rusia después de la muerte de su abuela, cargando una culpa que la convirtió en una alfa fría y despiadada. Tres años después, un problema relacionado con la explotación de omegas la obliga a regresar al mundo que abandonó. Pero entre enemigos ocultos, secretos y una guerra que crece en silencio, Sasha se convierte en la única persona capaz de romper las murallas que Isabella construyó alrededor de sí misma.
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capitulo 4
La oficina de Isabella estaba en el último piso del edificio que llevaba tres años levantando en silencio. Cristales oscuros, seguridad privada en cada acceso, cámaras en cada esquina. Desde allí, Nueva York parecía pequeña. Domable.
Pero esa noche, la ciudad le devolvía la mirada.
Isabella Sergeyev observaba el horizonte con una copa intacta entre los dedos. No bebía cuando debía pensar. Y pensar era lo único que hacía desde que Milan había irrumpido en su mundo.
—Prostituyen omegas —había dicho él.
Y esas palabras no dejaban de arderle en la cabeza.
Un antro convertido en competencia directa. Un negocio sucio. Violento. Impune.
Y lo peor: inteligente.
Porque no se trataba solo de placer ilegal. Era control. Era mercado. Era dominación disfrazada de entretenimiento.
Isabella no toleraba la esclavitud. No de omegas.
Su imperio podía ser oscuro, pero tenía reglas. Y quien rompía las reglas… desaparecía.
Detrás de ella, la puerta se abrió sin ruido.
—¿Vas a quedarte mirando la ciudad toda la noche? —preguntó Milan.
Ella no se giró.
—¿Vas a quedarte respirando tan fuerte como si esto fuera tu territorio?
Milan sonrió apenas.
—Sigue siendo el tuyo, pequeña.
Isabella se volvió lentamente. Sus ojos azules eran hielo puro.
—No me llames pequeña.
—Para mí siempre lo serás.
El silencio se tensó entre ambos.
Tres años.
Tres años sin verla.
Tres años sin saber si estaba viva o muerta.
Y ahora estaban allí, hablando de negocios como si nunca se hubiera marchado.
—Dime todo —ordenó ella.
Milan apoyó las manos sobre el escritorio de madera oscura.
—El lugar se llama “Eclipse”. Hace seis meses empezó a mover clientes importantes. Al principio creímos que era suerte. Luego descubrimos que ofrecían algo diferente.
—Omegas —dijo Isabella.
—Omegas jóvenes. Algunos extranjeros. Otros… desaparecidos.
La mandíbula de Isabella se tensó.
—¿Secuestrados?
—Eso creemos. No tenemos pruebas directas. Pero varios contactos han hablado de contratos privados. Subastas cerradas.
Isabella dejó la copa sobre la mesa.
—Quiero nombres.
—El dueño es un tal Viktor Mikhailov.
El nombre le resultó familiar.
Demasiado familiar.
—Ruso —murmuró ella.
—Exiliado. Se movió a Nueva York hace años. No tiene vínculo oficial con nadie… pero sabemos cómo funciona esto.
Isabella caminó lentamente alrededor del escritorio.
—Si toca omegas, toca territorio prohibido.
Milan la observaba con atención.
Ya no era la chica que lloraba en silencio junto a la tumba de su abuela.
Era algo más afilado.
—¿Qué planeas? —preguntó él.
Ella levantó la mirada.
—Primero, confirmo.
Después… destruyo.
Esa misma noche, Isabella decidió infiltrarse.
No enviaría hombres.
No confiaría en rumores.
Quería ver el infierno con sus propios ojos.
Vestida de negro, elegante, dominante, entró a “Eclipse” sin anunciarse. El lugar vibraba con luces rojas y música profunda. El aire estaba cargado de feromonas artificiales, diseñadas para alterar el instinto.
Isabella lo notó de inmediato.
—Intentan manipular a las alfas —susurró para sí.
Un guardia se acercó.
—Lista privada.
Isabella inclinó apenas la cabeza.
—Dile a tu jefe que Isabella Sergeyev quiere hablar.
El nombre cayó como una piedra en el agua.
El guardia dudó. Luego desapareció tras una puerta.
Los segundos parecieron eternos.
La música seguía.
Risas.
Gemidos.
Negocios cerrándose en rincones oscuros.
Isabella recorrió el lugar con la mirada.
Y entonces lo vio.
Un omega.
Demasiado joven.
Con la mirada apagada.
Con un collar discreto bajo la camisa.
Un collar de propiedad.
El mundo se volvió rojo.
La puerta privada se abrió.
—Señorita Sergeyev —dijo una voz masculina—. Es un honor inesperado.
Viktor Mikhailov era alto, elegante, con sonrisa de serpiente.
—No acostumbro visitar competencia —respondió ella con frialdad—. Pero escuché cosas interesantes.
Él hizo un gesto para que entrara a su despacho.
—Los rumores son inevitables cuando se tiene éxito.
Isabella cruzó la habitación con paso firme.
—El éxito no suele llevar collar.
Viktor no perdió la sonrisa.
—Aquí todos eligen estar.
—¿Incluso los que no pueden decir que no?
Los ojos de él brillaron un segundo.
—El mundo funciona por jerarquías, señorita Sergeyev. Alfas dominan. Omegas obedecen.
El silencio que siguió fue peligroso.
Isabella se acercó lo suficiente como para que él percibiera su esencia.
—No confundas dominación con abuso —susurró—. Son cosas distintas.
Viktor sostuvo la mirada.
—¿Has venido a sermonearme?
—He venido a advertirte.
La tensión era casi física.
—Este es mi territorio —continuó ella—. Y no permito comercio de esclavos.
Viktor inclinó la cabeza apenas.
—Entonces tendrás que demostrar que puedes impedírmelo.
Desafío.
Provocación.
Guerra.
Isabella sonrió por primera vez.
Pero no era una sonrisa amable.
—No tienes idea de lo que acabas de iniciar.
Esa madrugada, Isabella regresó a su edificio.
Milan la esperaba.
—¿Confirmaste?
Ella se quitó los guantes lentamente.
—Sí.
—¿Y?
—Es peor de lo que pensábamos.
Milan exhaló con rabia contenida.
—Entonces vamos a derribarlo.
Isabella caminó hacia la ventana otra vez.
La ciudad seguía latiendo.
Pero algo había cambiado.
—No —dijo ella finalmente.
Milan frunció el ceño.
—¿No?
—No lo derribaremos rápido.
—¿Por qué?
Isabella giró el rostro hacia él.
—Porque quiero que sufra.
El tono no era impulsivo.
Era calculado.
—Vamos a quitarle clientes. Contactos. Protección.
Vamos a liberar a cada omega.
Y cuando esté solo…
Sus ojos brillaron con una oscuridad que Milan no había visto ni siquiera después de la muerte de la abuela.
—Entonces lo destruiré personalmente.
Milan la observó en silencio.
Había ido a buscar a su hermana pequeña.
Había encontrado a una reina.
Pero debajo de esa frialdad… aún había algo más.
—Isabella —dijo con voz más suave—. No tienes que cargar esto sola.
Ella se quedó quieta.
Por un instante —apenas un instante— la máscara se agrietó.
La culpa seguía allí.
La sombra de su abuela.
El recuerdo del disparo.
El olor a sangre.
—No estoy sola —respondió finalmente.
Pero no miró a su hermano cuando lo dijo.
Milan entendió que esa guerra no solo era contra Viktor.
Era contra sus propios fantasmas.
Y las guerras internas… eran las más difíciles de ganar.
La noche cayó sobre Nueva York.
Y en algún lugar de la ciudad, un omega lloraba en silencio.
Sin saber que la alfa despiadada que muchos temían…
acababa de decidir convertirse en su peor pesadilla.