Maximilian es el Faraón del siglo XXI, un hombre que no perdona errores y que ha construido su mundo sobre el orden y el oro. Amara es la joya que él ha deseado en silencio, la mujer que rescató de un destino cruel para sentarla en un trono que ella nunca pidió.Pero en los pasillos dorados del palacio de cristal, los secretos pesan más que las joyas. Mientras las copas de cristal se alzan en honor a su unión, un beso robado en las sombras y un plan de huida están a punto de derribar el imperio de Maximilian.Él le dio el mundo. Ella solo quería un corazón. Cuando el hombre más poderoso del planeta descubra que su reina ama a un peón, la ciudad de oro conocerá la verdadera furia de un rey traicionado. Porque en la guerra por el amor, Maximilian no está dispuesto a perder... y Amara no está dispuesta a dejarse poseer."
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Capítulo 24: El Rescate del Orgullo
El sol de Neo-Luxor caía como un mazo de fuego sobre los techos de zinc del barrio bajo. Amara intentaba cruzar el pequeño patio de su casa para recoger la tela que había dejado secando, pero cada paso le pesaba como si tuviera grilletes de plomo en los tobillos. Su embarazo de cinco meses le exigía una energía que su cuerpo, debilitado por la anemia y la falta de una nutrición adecuada, ya no podía proporcionarle. De repente, el mundo empezó a girar. El azul intenso del cielo se tiñó de un gris ceniza y el sonido de los niños jugando en la calle se convirtió en un zumbido lejano. Amara se llevó una mano al vientre, su otra mano buscó desesperadamente un apoyo en la pared desconchada, pero solo encontró el vacío.
—¡Amara! —el grito de Marta, la sirvienta, rasgó el aire cuando vio a su señora desplomarse sobre la tierra seca.
Desde las sombras del callejón opuesto, Maximilian Al-Mansur sintió que el corazón se le detenía. Había estado observándola durante casi una hora, debatiéndose entre su orgullo y la necesidad de correr hacia ella. Al verla caer, el CEO de Neo-Luxor no lo pensó dos veces. Rompió su cobertura, ignorando que vestía ropas de civil y que cualquier enemigo podría reconocerlo. Corrió hacia el patio con la velocidad de un depredador que ve a su cría en peligro, apartando a los vecinos que empezaban a amontonarse con curiosidad y miedo.
—¡Atrás! ¡Déjenla en paz! —rugió Maximilian, su voz de mando silenciando instantáneamente el bullicio del barrio.
Se arrodilló sobre la tierra, sin importarle que su ropa de lino se manchara de polvo. Tomó el cuerpo de Amara entre sus brazos poderosos. Al sentirla, el alma se le cayó a los pies: estaba tan liviana, tan frágil, como una mariposa de cristal a punto de romperse. Su piel canela estaba gélida y sus labios tenían un tinte azulado que delataba la gravedad de su estado. A pesar de la palidez, Amara seguía siendo la mujer más hermosa que Maximilian hubiera visto jamás; incluso inconsciente, su rostro conservaba una nobleza que hacía que el entorno miserable pareciera una burla a su existencia.
Amara abrió los ojos por un segundo, desenfocada. Al ver el rostro de Maximilian tan cerca, al sentir el calor de su pecho y el aroma a sándalo que siempre lo acompañaba, una mueca de dolor y orgullo cruzó sus facciones.
—Vete… —susurró ella, su voz apenas un hilo de aire—. No me toques… prefiero morir aquí… que volver a tu torre…
—No vas a morir, Amara. No te lo voy a permitir —respondió él, su voz temblando por una mezcla de rabia y terror.
—¡Es mi hijo! —gritó ella con sus últimas fuerzas antes de que la negrura volviera a envolverla—. ¡No dejes que le pase nada… aunque me odies!
Maximilian la levantó en vilo. Sus músculos se tensaron bajo el peso de su esposa y del hijo que ahora sabía, con una certeza que le quemaba las entrañas, que era suyo. Salió del patio cargándola como si fuera el tesoro más valioso de su imperio. Sus escoltas, que habían permanecido ocultos, aparecieron de la nada, abriendo paso entre la multitud mientras el helicóptero médico, que Maximilian había mantenido en espera en un helipuerto cercano, descendía levantando una tormenta de polvo y arena.
El trayecto hacia el Hospital Central de Neo-Luxor fue un calvario de minutos que parecieron siglos. Maximilian no soltó la mano de Amara ni un segundo, observando cómo los paramédicos le colocaban oxígeno y le administraban fluidos intravenosos. Al llegar al hospital, una suite de máxima seguridad ya estaba preparada. El despliegue de médicos especialistas fue inmediato; el Faraón había regresado a reclamar lo que era suyo, y no aceptaría un "no" por respuesta.
—Tiene una anemia severa, señor Al-Mansur. Su nivel de hemoglobina es peligrosamente bajo para un embarazo de cinco meses —dijo el director del hospital, pálido ante la mirada asesina de Maximilian—. Si hubiera pasado una noche más en ese barrio, habríamos perdido a ambos. Necesita transfusiones urgentes y un tratamiento nutricional intensivo.
Maximilian se quedó de pie junto a la cama de alta tecnología, observando el contraste entre la piel de Amara y las sábanas blancas de seda. Estaba a salvo, rodeada del lujo que él podía comprar, pero mientras veía el rastro de la bofetada que él mismo le había dado meses atrás —una marca que solo él podía ver en su conciencia—, comprendió que haberla salvado físicamente era solo el principio. Había recuperado su cuerpo por la fuerza, pero el alma de la mujer más hermosa del mundo seguía estando a kilómetros de distancia, encerrada en un castillo de orgullo que su oro no podía derribar.
—Cuídenla —ordenó Maximilian a los médicos, con una voz que era una promesa de muerte si fallaban—. Y cuando despierte, asegúrense de que sepa que no está aquí como mi invitada, sino como la dueña de este hospital. No quiero que le falte nada, ni a ella ni al heredero.
El Faraón se sentó en un sillón en la esquina de la habitación, dispuesto a pasar la noche en vela. La guerra había cambiado de escenario, del polvo del barrio a la pulcritud del hospital, pero Maximilian sabía que la verdadera batalla empezaría cuando Amara abriera los ojos y se diera cuenta de que volvía a estar bajo su dominio.