los tres herederos: Alessandra la mayor (por un año) y los gemelos Enzo y Matteo (mejores por un año)
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XXII. Il crollo della corona.
El sudor me resbalaba por la nuca, humedeciendo el escudo de armas de mi familia mientras me perdía en el ritmo frenético de la carne. No había una gota de ternura en lo que estábamos haciendo; era una colisión de poder y necesidad pura. Isabella estaba completamente a mi merced, con sus ojos avellana en blanco y su cabello rubio desparramado como seda sucia sobre mis almohadas oscuras.
—Mírame, Isabella... —le ordené con la voz convertida en un rugido ronco y sucio—. Mira cómo te estoy rompiendo el orgullo de niña rica.
Cambié la postura con una agilidad violenta, colocándola de espaldas sobre el colchón y elevando sus caderas con mis manos firmes. Me posicioné encima de ella en una tijera frontal, hundiendo mi sexo contra el suyo con tal presión que sentí cómo sus labios vaginales se estiraban y palpitaban contra los míos. El contacto era eléctrico, una fricción de piel contra piel que producía un sonido húmedo y obsceno, un eco de nuestra lubricación mezclándose sin control.
—¡Ahhh! ¡Alessandra, por favor! —gritó ella, arqueando su cuerpo natural hacia mí, buscando desesperadamente más de ese castigo.
—¿Quieres que pare? —le espeté, enterrando mis dedos en sus muslos con fuerza, dejando marcas rojas que tardarían días en borrarse—. ¡Dime que eres mi zorra, Isabella! ¡Dime que la princesa de los Conor no es nada frente a la General!
—¡Soy tuya! ¡Soy tu zorra! ¡Fóllame más fuerte, Ale! —chilló, entregada por completo a la sumisión que su arrogancia solía ocultar.
Escuchar su súplica disparó mi deseo mujeriego hasta niveles insoportables. Intensifiqué la fricción, moviendo mis caderas en círculos violentos y estocadas rápidas que hacían que nuestros clítoris chocaran una y otra vez. Era un roce abrasador, una tortura de placer que me tenía al borde del abismo. Isabella empezó a temblar bajo mi peso, sus gemidos se convirtieron en gritos de agonía y éxtasis que rebotaban en las paredes de mi habitación.
—Eso es... grita para mí —susurré contra su oído, mordiendo su lóbulo con saña—. Que todo Milán sepa que la hija de los Conor se está corriendo bajo el mando de una Veraldi.
Sus espasmos comenzaron. La sentí contraerse, sus paredes vaginales apretándose contra mi propio sexo mientras un chorro de su humedad me empapaba los muslos. Yo no me quedé atrás; la visión de su rostro desfigurado por el orgasmo y el calor de su cuerpo natural fueron el detonante final. Solté un gemido largo y gutural mientras mi propio clítoris palpitaba con una fuerza que me hizo perder la visión por un segundo.
Me desplomé sobre ella, jadeando, sintiendo su corazón latir desbocado contra mi pecho. Estábamos cubiertas de sudor, fluidos y el rastro de una batalla que nunca debió ocurrir. Me incorporé lentamente, pasándome la mano por mi cabello corto y militar, recuperando mi máscara de acero mientras miraba a la niña rubia que yacía derrotada en mi cama.
—Vístete —dije, mi voz recuperando esa frialdad profesional que me definía—. Y ni una palabra de esto a tu padre si quieres seguir teniendo una lengua con la cual gemir.
Isabella se desparramó sobre mis sábanas con una parsimonia que me revolvió el estómago. Se veía relajada, casi triunfante, mientras soltaba un bostezo fingido y declaraba que no pensaba moverse de allí porque estaba "agotada". La miré con una mezcla de asco y una irritación que amenazaba con hacerme estallar los vasos sanguíneos.
—Maledetta figlia di puttana, è una stronza di merda, sembra un parassita attaccato al mio corpo! Merda, che fastidio! —rugí hacia mis adentros, sintiendo cómo la rabia me tensaba la mandíbula hasta el dolor.
(¡Maldita hija de puta, es una zorra de mierda, parece un parásito pegado a mi cuerpo! ¡Mierda, qué fastidio!)
Hice un esfuerzo sobrehumano para no sacarla a rastras de la habitación. Necesitaba quitarme el rastro de su perfume de niña fresa y el sudor de la traición de mi piel. Me puse en pie, ignorando su mirada avellana que me seguía con malicia, y caminé con paso firme hacia el baño para ducharme, esperando que el agua helada apagara el incendio que todavía sentía entre las piernas.
No pasaron ni dos minutos bajo el chorro de agua cuando escuché el clic de la puerta. Volteé los ojos con una irritación galopante. Allí estaba ella, recostada contra el marco de la puerta, intentando coquetear de nuevo con esa voz melodiosa y manipuladora que suele usar para salirse con la suya. No le hice el más mínimo caso; me mantuve bajo el agua, dándole la espalda, tratando de convencerme de que ella era invisible.
Sin embargo, cuando cerré la llave y me di la vuelta para alcanzar la toalla, mi corazón se detuvo y luego empezó a latir con una furia renovada.
—¡¿Pero qué carajo...?! —el grito se quedó atascado en mi garganta, pero en mi mente fue una explosión de decibelios.
Isabella no estaba desnuda. Llevaba puesta mi sudadera oversize negra, la misma que uso para ocultar mi cuerpo y mi autoridad, la que huele a mi colonia y a mi soledad. La prenda le quedaba enorme, ocultando su minifalda y su top roto, haciéndola ver pequeña y, lo que era peor, peligrosamente integrada en mi espacio personal.
—¡Maldita sea! ¡Quítate eso ahora mismo! —grité en mis adentros, sintiendo que su descaro no tenía límites.
Verla con mi ropa puesta era una invasión que no podía permitir. Isabella Conor no solo se había metido en mi cama; ahora estaba intentando marcar territorio con mi propia piel de tela, y la General que hay en mí quería arrancársela a jirones por el puro atrevimiento de tocar lo que es mío.
El agua golpeaba mi nuca con una violencia necesaria, intentando lavar no solo el rastro del sexo, sino la irritación que me provocaba tener a esa niña invadiendo mi santuario. Pero el vapor del baño no lograba sofocar su voz; Isabella estaba ahí, apoyada con descaro, moviéndose con mi sudadera puesta como si fuera la dueña de la mansión.
—¿Quién era el feucho que estaba en el sótano? —preguntó, con ese tono de curiosidad banal que usas para preguntar por el clima—. ¿Te robó dinero? ¿Drogas?
Cerré los ojos con fuerza, apretando los puños bajo el chorro de agua. No quería responderle. No quería que sus labios de "niña fresa" pronunciaran los pecados de mi organización. Pero ella no se callaba.
—Era muy feo, la verdad —continuó Isabella, soltando una risita que me raspó los nervios—. Mi papi dice que los feos como ese son unos cerdos embaraza-mujeres y las abandonan cuando se dan cuenta de que quedaron preñadas. ¿Acaso pasó eso? ¿Algo peor?
Me quedé helada bajo el agua. La precisión de su comentario, aunque nacido de la arrogancia de su padre y su visión clasista de la mafia, dio justo en el blanco de la traición de Pietro Lombardi. Era exactamente lo que ese animal había hecho: usar su posición para preñar a las mujeres de los cargamentos, dañando la "mercancía" y rompiendo la única regla de oro que yo había impuesto en los muelles.
—Silenzio, Isabella... —mascullé, aunque sabía que no me escuchaba por el ruido del agua.
Me daba asco que ella lo viera como algo anecdótico, como un chisme de salón. Para mí, era una falla en mi sistema, una grieta en mi control como General. Me molestaba que una niña de diecisiete años, con su ropa corta y su actitud de zorra manipuladora, pudiera simplificar así la brutalidad de mi mundo.
—Si no me respondes, voy a pensar que era tu amante y que te dejó por una más bonita —provocó, y pude imaginar perfectamente el pucherito que estaría haciendo afuera de la ducha.
Salí del chorro de agua y aparté la cortina de un tirón, dejando que el frío la golpeara tanto como mi mirada heterocromática. Estaba empapada, furiosa y desnuda frente a ella, pero mi autoridad no necesitaba ropa.
—No vuelvas a mencionar lo que viste abajo —le advertí, mi voz vibrando con una amenaza real—. Ese "feucho" cometió el error de creer que podía jugar con mi imperio. Y si sigues haciendo preguntas estúpidas, Isabella, voy a empezar a creer que tú también eres una distracción que no me puedo permitir.
Matteo:
El aire en el salón de juegos estaba denso, y no solo por el humo del cigarrillo de Enzo. Me mantuve en las sombras, observando el movimiento de la arena roja en mi muñeca izquierda mientras el segundero del reloj de pared marcaba un ritmo monótono. Mis ojos grises, gélidos como el mármol de la entrada, pasaban de mi gemelo a mi primo, analizando cada microexpresión.
Llevábamos tres meses viviendo en un mausoleo. Desde que Alessandra se cortó el cabello y se convirtió en una máquina de picar carne, la casa había perdido el poco calor que le quedaba. Y todo porque la artesana castaña, esa Giulia de manos delicadas y mirada limpia, se había esfumado de su vida dejando un agujero negro en el centro de nuestra familia.
—No podemos seguir así —dije, rompiendo el silencio con mi tono pausado y analítico—. Alessandra está cometiendo errores. La tortura de hoy en el sótano fue... excesiva, incluso para ella. Está perdiendo el control porque está intentando enterrar algo que sigue vivo.
Enzo, vestido con una camisa de seda negra semiabierta que dejaba ver su piel bronceada, golpeó la mesa de billar con el taco. Su temperamento bullía bajo la superficie, pero por una vez, no estaba gritando insultos al aire.
—Es un maldito desastre —gruñó Enzo, apretando la mandíbula—. Se pasea por aquí como si fuera un fantasma de acero. Si no hacemos que esa mujer, la castaña, regrese y le ponga un bozal a nuestra hermana, Alessandra va a terminar quemando todo Milán solo para sentir algo de calor.
Lorenzo, sentado en el borde de la mesa con sus zapatillas de edición limitada colgando y sus cadenas de oro brillando bajo la luz tenue, jugaba con un encendedor. Se veía serio, algo raro en el alma de la fiesta, hasta que una sonrisa ladeada y peligrosa asomó en su rostro.
—Estoy de acuerdo, hay que reconciliarlas antes de que Ale se vuelva un robot —comentó Lorenzo, pero luego bajó la voz y se inclinó hacia nosotros con un brillo de malicia en sus ojos verde olivo—. Pero no ignoremos los gemiditos de la zorra puertorriqueña que se escabulló en la habitación de nuestra hermana hace un rato. Porque si el viejo Conor se entera de que su "niña fresa" está siendo devorada por una Veraldi... hmmm, les va como puercos en feria.
Enzo se tensó, mirando hacia la dirección de las escaleras.
—Esa Isabella es una distracción peligrosa —sentenció mi gemelo—. Es una parásita. Alessandra la está usando para no pensar en Giulia, y eso es como usar gasolina para apagar un incendio. Si el padre de esa rubia teñida se entera, tendremos una guerra en los puertos que no necesitamos.
—Exacto —concluí, ajustándome los lentes—. Isabella es el síntoma, Giulia es la cura. Necesitamos un plan. Tenemos que sacarla de su departamento, evitar al perro ese que se encontró y ponerla frente a Alessandra.
—Yo me encargo de la logística del "secuestro amistoso" —propuso Lorenzo, recuperando su energía alocada—. Conozco los horarios de Giulia, sé cuándo sale a comprar materiales para sus joyas.
—Y nosotros nos encargaremos de que Alessandra esté en el lugar correcto, sin armas y sin esa sudadera negra que parece su armadura —añadió Enzo, mirando a Matteo—. Hermano, tú diseñas la trampa. Yo pongo el músculo.
Me quedé mirando el reloj de arena en mi muñeca. Tres meses de silencio eran suficientes. Alessandra creía que podía arrancarse los sentimientos como se arrancó la pulsera de alambre, pero nosotros íbamos a demostrarle que hay lazos que ni el acero de los Veraldi puede cortar. El plan estaba en marcha.