Acompáñame a ver la historia de Luisa Mendez..
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La fragilidad del cristal roto
Los años habían pasado no habían cambiado la jerarquía del mundo de Diego Sotomayor, solo habían aumentado su obsesion. La fiesta de graduación de la preparatoria —o quizás la primera gran fiesta tras el ingreso a la universidad— se celebraba en una casa de campo a las afueras de la ciudad. El aire estaba cargado de música estridente, olor a alcohol y el calor sofocante de cuerpos jóvenes buscando libertad.
Luisa estaba allí, aunque se sentía como un fantasma entre la multitud. Se había esforzado por lucir diferente esa noche; llevaba un vestido azul pálido que resaltaba su piel clara y se había soltado el cabello, pero seguía refugiada en las sombras de la terraza, observando desde lejos el centro de la pista de baile.
Allí, bajo las luces de colores, Estefany Intriago brillaba más que nunca. Se reía mientras sostenía un vaso rojo, rodeada de chicos que competían por su atención. Y entre ellos, como siempre, estaba Diego. Pero algo era diferente esa noche. El rostro de Diego no mostraba la esperanza de antaño, sino amargura,perdía la razón cada vez que Estefany se alejaba de él para coquetear con otro.
Luisa lo vio beber. Uno, dos, cinco vasos. Vio cómo intentó acercarse a Estefany para invitarla a bailar y cómo ella lo apartó con desdén, casi de asco, antes de darle la espalda para irse con el capitán del equipo rival.
El corazón de Luisa se encogió. El dolor de Diego era su propio dolor.
Unas horas más tarde, cuando la fiesta empezaba a decaer y el frío de la madrugada se filtraba por los huesos, Luisa encontró a Diego sentado en los escalones de piedra que daban al jardín trasero. Tenía la corbata deshecha y la mirada perdida en el vacío. Botellas vacías rodeaban sus pies.
—Diego… —susurró ella, acercándose con miedo.
Él levantó la vista. Sus ojos estaban rojo parecía que había llorado . Por un segundo, no pareció reconocerla.
—¿Eres tú, la "tonta"? —arrastró las palabras, con la voz pastosa por el alcohol.
—Soy yo, Luisa. Estás muy ebrio, Diego. Déjame llamar a alguien para que te lleve a casa.
Él soltó una carcajada seca, carente de humor.
—¿A casa? ¿Para qué? ¿Para estar solo con mis pensamientos? —se puso de pie con dificultad, tambaleándose—. Ella me humilló de nuevo, Luisa. Delante de todos. Le dije que la amaba… le dije que haría cualquier cosa por ella. ¿Y sabes qué hizo? Se rió. Dijo que soy un niño rico aburrido que no sabe cuándo rendirse.
Luisa sintió el impulso de abrazarlo, de decirle que ella jamás se reiría de sus sentimientos. Pero el miedo la mantenía estática.
—Tú no eres aburrido, Diego. Ella no te merece —dijo ella con una valentía que no sabía de dónde venía.
Diego se acercó a ella. Su aliento olía intensamente a whisky. La tomó por los hombros con una fuerza que casi le dolió, obligándola a mirarlo. En ese estado de embriaguez, la mente de Diego estaba distorsionada. No veía a Luisa, la chica que lo adoraba; veía un consuelo, un refugio para su ego herido, o quizás, una forma de castigarse a sí mismo.
—Tú siempre estás ahí, ¿verdad? —murmuró él, acercando su rostro al de ella—. Tan callada, tan fiel… mirándome como si fuera un dios. Al menos alguien me mira así.
—Diego, estás mal, vamos a que te sientas —intentó decir ella, pero sus palabras murieron cuando él la besó.
Fue un beso desesperado, casi violento, cargado de la frustración que Estefany le había provocado. Para Luisa, fue el cumplimiento de un sueño que rápidamente se transformó en una pesadilla de confusión. Ella no supo cómo detenerlo, y en su fragilidad de carácter, no quiso hacerlo. Pensó, en su ingenuidad, que si se entregaba a él, Diego finalmente vería quién era ella. Que el calor de su cuerpo borraría el recuerdo de Estefany.
Se equivocó.
El encuentro ocurrió en el asiento trasero del auto de Diego, entre sollozos y promesas que él nunca hizo. No hubo ternura, solo la urgencia de un hombre que intentaba llenar un vacío con la persona equivocada.
Cuando todo terminó, el silencio que cayó sobre ellos. Diego se echó hacia atrás, apoyando la cabeza en el volante. El efecto del alcohol empezaba a disiparse, dejando paso a una cruda realidad.
Miró a Luisa a través del espejo retrovisor. Ella se estaba arreglando el vestido, con las manos temblorosa y con cara de vergüenza.
—Luisa… —su voz estaba lleno de arrepentimiento .
—¿Diego? —respondió ella, esperando que él le dijera que la amaba, que todo estaría bien.
Él cerró los ojos con fuerza, apretando los nudillos contra el cuero del volante.
—Esto… esto no debió pasar —dijo él con una frialdad. Estaba borracho. No sabía lo que hacía.
Luisa sintió como si algo se rompiera dentro de su pecho, su ilusión se hizo añicos.
—Lo sé —susurró ella, intentando aguantarse las ganas de llorar. Yo también… yo también estaba confundida.
—Escúchame —Diego se giró hacia ella, pero no para tocarla, sino para marcar distancia—. Olvidemos esto. Nunca ocurrió. Mañana seguiremos como si nada. Tú tienes tu vida y yo tengo la mía. Prométeme que no se lo dirás a nadie. Especialmente a Estefany.
Luisa bajó la mirada, asintiendo mecánicamente. El dolor era tan agudo que ya ni siquiera podía sentir sus propias manos.
—Te lo prometo —dijo ella.
Salió del auto y caminó hacia la carretera, sola, bajo la luz de la luna que empezaba a desvanecerse. Diego no la siguió. No le preguntó cómo llegaría a casa. Simplemente encendió el motor y se alejó en la dirección opuesta, huyendo de su error, sin saber que acababa de plantar la semilla de un vínculo que no podría romper por mucho que lo intentara.
Pasaron las semanas ya habían entrado a la universidad. Ahora Diego, fiel a su palabra, la ignoraba en los pasillos o le dedicaba saludos distantes que dolían más que los insultos de sus antiguos acosadores. Él estaba concentrado en su "victoria": Estefany, al ver que Diego se había distanciado un poco, finalmente había cedido a sus avances. Eran la pareja perfecta de la universidad. Diego caminaba por el campus con el brazo alrededor de los hombros de Estefany, radiante, creyendo que finalmente tenía todo lo que quería.
Mientras tanto, en un rincón olvidado de la biblioteca, Luisa sostenía una prueba de farmacia en su mano. Dos líneas rojas. El mundo se detuvo.
La noticia que Diego Sotomayor tanto temía estaba a punto de destruir su fantasía, y Luisa, la chica tímida que nunca quiso causar problemas, estaba a punto de convertirse en la mujer que él aprendería a despreciar con cada fibra de su ser.