Lo que el silencio esconde
Lucía es dulce, callada, invisible. Nadie sabe lo que guarda. Ni siquiera ella.
Hay cosas que su memoria enterró, pero su cuerpo no olvida. Pesadillas que no puede explicar. Silencios que pesan como losas. Una sonrisa que aprendió a usar como escudo.
Todo cambia cuando él aparece. No la toca. No la sigue. Solo la mira. Y esa mirada le susurra algo que la hiela: él sabe lo que ella olvidó.
Pronto descubrirá que no está solo. Que hay más personas mirando desde las sombras. Que su pasado nunca estuvo muerto, solo esperaba.
Y que el verdadero terror no son los monstruos que vienen de fuera… sino los que llevamos dentro y un día deciden despertar.
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Capítulo 4: La niña que creía en todo
Antes del miedo, Lucía fue una niña de ojos grandes y preguntas infinitas.
Nadie lo recordaba así, porque ella misma había enterrado esa versión bajo capas de silencio. Pero existió. Y en lo más profundo de su memoria, todavía quedaban retazos de luz.
Tenía siete años cuando descubrió que las nubes no solo eran agua. Su abuela, una mujer de manos arrugadas y voz de caramelo, se lo enseñó una tarde de lluvia.
—Mira, Lucía —le dijo señalando el cielo gris—. Cada nube guarda una historia. Las blancas son recuerdos felices. Las oscuras… esas son las que duelen. Pero todas pasan. Todas se van.
Lucía se quedó mirando el cielo durante horas, convencida de que podía ver las historias flotando. Su abuela era su persona favorita en el mundo. La única que no la trataba como a una niña tonta. La única que escuchaba de verdad sus disparates.
—Cuando sea grande —dijo Lucía una mañana, con los pies colgando de la silla de la cocina—, voy a ayudar a la gente a encontrar sus nubes perdidas.
—¿Y eso cómo se hace, preciosa?
—No lo sé aún. Pero lo aprenderé.
Su abuela sonrió y le revolvió el pelo. No se burló. Nunca lo hacía.
A los nueve años, Lucía escribía cuentos en un cuaderno rosa con candado. Inventaba mundos donde los monstruos terminaban siendo amigos y las niñas valientes salvaban el día. Su maestro decía que tenía una imaginación desbordante. Su madre decía que vivía en las nubes. Ambas tenían razón.
Pero también había algo más. Algo que nadie sabía.
Lucía sentía cosas que no podía explicar. A veces, antes de que alguien hablara, ya sabía lo que iba a decir. Otras, soñaba con lugares que nunca había visitado y semanas después los veía en fotografías. Su abuela decía que era un don. Algunas personas nacen con los sentidos más abiertos.
—No le digas a nadie —le susurraba—. La gente teme lo que no entiende.
Lucía asintió. Y aprendió a callar. No por miedo, sino por amor. Para proteger ese tesoro que ella y su abuela compartían.
Pero la abuela se fue cuando Lucía tenía once años. Se fue de repente, como las nubes oscuras que nunca avisan. Y con ella se llevó la parte más luminosa de la niña.
Después de eso, Lucía dejó de escribir cuentos. Dejó de mirar el cielo. Dejó de sentirlo todo.
Y un año más tarde, ocurrió aquello que su memoria decidió enterrar.
Ahora, en su apartamento, con el libro sin título sobre la mesa y la llamada del desconocido aún resonando en sus oídos, Lucía cerró los ojos y trató de recordar a esa niña de ojos grandes.
No pudo.
Solo encontró un eco lejano, como un susurro al otro lado de un muro muy alto.
Y entonces entendió por qué Daniel dudaba en ayudarla. Porque para recordar, primero hay que estar dispuesta a romper.
Y ella no estaba segura de querer hacerlo.
Pero quizá ya no tuviera elección. El hombre de la sonrisa, la llamada, el libro sin título, las palabras escritas… todo empujaba hacia un mismo lugar. Hacia aquello que ella llevaba años escondiendo, incluso de sí misma.
Lucía abrió los ojos y miró por la ventana. Afuera, el cielo estaba gris. Como aquella tarde con su abuela. Solo que ahora no había nadie para decirle que las nubes oscuras también pasan.