Un contrato por deber. Un secreto por proteger. Un amor nacido de la amargura.
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Capítulo 13: El Sabor del rencor
El silencio en el salón después del beso es más ruidoso que cualquier grito. Julian se aparta de mí con una brusquedad que me hace tambalear. Sus ojos azules, que hace un segundo ardían con una pasión descontrolada, ahora se cierran en dos rendijas de hielo y amargura. Se pasa una mano por el cabello, frustrado, como si odiara el hecho de haberme tocado.
—No te confundas, Benerice —su voz barítona recupera ese tono gélido que me hace sentir diminuta—. Que Alistair haya aparecido para remover el fango no cambia lo que pasó esa noche.
El calor que sentía en mis labios desaparece, reemplazado por un frío punzante. Bajo la mirada, sintiendo el peso de la culpa que él se encarga de recordarme cada vez que puede.
—Yo no quería que ella... —mi voz se quiebra.
—Pero fuiste tú la que sobrevivió —me corta él, caminando hacia el mueble bar para servirse otra copa. Sus movimientos son elegantes, varoniles y calculadores—. Isabella era la que sabía manejar este mundo. Ella sabía lidiar con hombres como Alistair. Y tú... tú solo eres la sombra que se quedó en su lugar por un error del destino.
Se bebe el whisky de un trago y me mira de reojo con esa picardía amarga que lo caracteriza.
—Limpia esa cara de asustada. Mañana tienes que estar en la oficina a las siete. No pienses que por lo que acaba de pasar voy a ser más blando contigo. Al contrario. Si Alistair está cerca, necesito que tu proyecto de bienestar sea impecable para que nadie sospeche que mi esposa es un manojo de nervios incapaz de sostener su propio apellido.
—¿Por qué me besaste entonces? —me atrevo a preguntar, con un hilo de voz.
Julian se detiene cerca de la puerta. Se gira lentamente, envolviéndome en su presencia dominante.
—Porque soy un hombre solitario, Benerice. Y porque a veces, el hambre es más fuerte que el juicio. Pero el hambre se sacia; el rencor, no.
Se marcha sin decir nada más, dejándome sola con el sabor de su beso y la crueldad de sus palabras.
A la mañana siguiente, el aire en la oficina de Blackwood Global es denso. Llego a las siete en punto, tal como él exigió. Julian ya está en su despacho, rodeado de asistentes y consultores. Me ignora por completo durante las primeras tres horas, tratándome como a una empleada más, una invisible.
Hacia el mediodía, Clara entra en mi despacho. Se ve nerviosa.
—Señora Blackwood, el señor Julian quiere verla. Ahora.
Camino hacia su oficina con las manos entrelazadas, tratando de calmar los latidos de mi corazón. Al entrar, lo encuentro revisando unas carpetas antiguas, de esas que estaban guardadas en la caja fuerte personal de Isabella. Su rostro es una máscara de concentración e inteligencia.
—Siéntate —ordena, sin levantar la vista.
Obedezco en silencio. Pasan los minutos y él sigue ignorándome, una de sus tácticas favoritas para demostrarme quién tiene el control. Finalmente, cierra la carpeta con un golpe seco y me mira fijamente.
—He estado revisando los gastos de Isabella antes del accidente —dice, y su voz tiene un matiz de sospecha que me pone la piel de gallina—. Hay transferencias que no cuadran. Y curiosamente, muchas de ellas se hicieron desde cuentas a las que tú también tenías acceso.
—¿Qué quieres decir? —mi corazón se detiene.
Julian se inclina sobre el escritorio, invadiendo mi espacio con esa masculinidad demandante que me asfixia.
—Quiero decir que Isabella no solo huía de Alistair esa noche. Huía de alguien que estaba robándole. Y ahora me pregunto si tu timidez y tus pasteles no son más que una fachada muy inteligente para ocultar lo que realmente pasó entre vosotras dos.
—¡Yo nunca le robaría a mi hermana! —exclamo, levantándome, el miedo convirtiéndose en indignación.
Julian se levanta también, rodeando el escritorio hasta quedar frente a mí. Me toma del brazo, no con fuerza, pero sí con una firmeza que me impide escapar.
—Eso es lo que vamos a averiguar. A partir de hoy, vas a trabajar aquí, en mi despacho. Quiero ver cada movimiento que haces, Benerice. Quiero saber si eres la víctima que finges ser o si eres la razón por la que ella ya no está aquí.
Me mira con una mezcla de deseo y odio que me hace temblar. La chispa de anoche sigue viva, pero ahora está envuelta en una red de sospechas y amargura. Julian es un hombre que no confía en nadie, y yo soy la persona que más motivos le ha dado para desconfiar.
—Prepárate —susurra cerca de mi oído, su aliento rozando mi piel—. Porque voy a desmantelar cada una de tus mentiras, pieza por pieza.