Ella fue a la cárcel por un crimen que no cometió su marido la dejo sola, los 5 años que estuvo en prisión cuando salía la persona la juzgaba y decidió irse a otro país y cumplir sus sueños 6 años después regresa solo para visitar a su familia y por una promesa que le hizo a su madre muerta, allí se vuelve a encontrar con su marido.
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El hombre que ya no reconocía: Parte I
Narrador
Todo comenzaba a salirse de control.
Brandon observaba a su amigo sin comprender qué locura estaba a punto de cometer. Debía detenerlo. Claro que debía hacerlo. Daniel estaba borracho, alterado y no se encontraba en condiciones de enfrentarse a Victoria.
Sin embargo, antes de que pudiera reaccionar, el automóvil se detuvo frente a la casa de los padres de ella.
Daniel abrió la puerta de golpe y descendió tambaleándose.
—¡Victoria! —gritó en medio de la calle—. ¡Victoria, salí!
El silencio de la madrugada se quebró con su voz.
Las casas permanecían a oscuras, pero no tardarían en encenderse las primeras luces. Los vecinos podían escuchar perfectamente los gritos de aquel hombre que parecía haber perdido toda noción de la realidad.
—¡Sé que estás ahí! ¡Dejá de esconderte y salí!
Brandon bajó detrás de él.
—Daniel, basta. Subí de nuevo al auto.
Lo sujetó por los hombros e intentó obligarlo a mirarlo.
—No sé qué pretendés hacer, pero este no es el momento ni el lugar. Si querés hablar con Victoria, vas a hacerlo mañana, cuando estés sobrio y seas capaz de mantener una conversación.
Daniel se apartó de un tirón.
—¡Victoria!
—Escuchame —insistió Brandon—. No estás en condiciones de verla.
Intentó llevarlo hacia el vehículo, pero Daniel se resistió.
—¡Dejá de esconderte! —continuó gritando—. ¡Salí y hablá conmigo!
Una luz se encendió en el piso superior de la casa.
Después otra.
Brandon miró alrededor con preocupación. Algunas cortinas comenzaron a moverse y varias siluetas aparecieron detrás de las ventanas.
No sabía qué más hacer.
Había visto a Daniel enojado muchas veces. También lo había acompañado en noches en las que había bebido más de la cuenta. Pero nunca lo había visto comportarse de aquella manera.
No era solamente el alcohol.
Había algo más.
Algo oscuro que parecía haberse apoderado de él.
Daniel no dejaba de mirar la puerta de la casa. Por alguna razón que ni él mismo parecía comprender, necesitaba ver a Victoria.
Necesitaba comprobar que seguía allí.
Que todavía podía alcanzarla.
Que no había desaparecido de su vida para siempre.
Victoria abrió los ojos al escuchar los primeros gritos.
Durante unos segundos creyó que formaban parte de una pesadilla. Sin embargo, su nombre volvió a resonar desde la calle.
Reconoció la voz de inmediato.
Daniel.
Se incorporó en la cama con el corazón acelerado.
No podía entender qué hacía su esposo frente a la casa de su padre a aquella hora de la madrugada. Tampoco comprendía por qué gritaba como un desquiciado.
Su primer impulso fue quedarse escondida.
No quería verlo.
No se sentía segura enfrentándose a él, mucho menos en aquel estado.
Pero los gritos continuaban.
En cualquier momento alguno de los vecinos llamaría a la policía. Y lo último que Victoria necesitaba era volver a quedar expuesta ante las miradas y los comentarios de todo el barrio.
Se colocó una bata sobre el pijama, calzó sus pantuflas y salió del dormitorio.
Aquello era exactamente lo que había intentado evitar.
Había enviado una carta porque no estaba preparada para verlo frente a frente. Porque necesitaba cerrar aquella historia desde la distancia, sin volver a enfrentarse a unos ojos que alguna vez habían significado todo para ella.
Pero Daniel había ido a buscarla.
Y ahora debía dar la cara ante el pasado que tanto deseaba dejar atrás.
Cuando abrió la puerta, el aire frío de la madrugada golpeó su rostro.
Descendió lentamente los escalones.
Cada paso parecía eterno.
A unos metros de la entrada se encontraba Daniel. Junto a él había otro hombre al que no consiguió reconocer de inmediato debido a la oscuridad.
A medida que se acercó, distinguió su rostro.
Era Brandon.
El mejor amigo de su esposo.
O, al menos, lo había sido en otra época.
Brandon fue la única persona del entorno de Daniel que la visitó en prisión. El único que se sentó frente a ella dispuesto a escuchar su versión sin juzgarla.
Al verla, él dejó escapar un suspiro de alivio, aunque la preocupación no desapareció de su rostro.
—Victoria, perdoname —dijo—. Intenté detenerlo.
Ella apenas pudo asentir.
Sus ojos estaban fijos en Daniel.
Hacía cinco años que no lo veía tan cerca.
Había imaginado aquel encuentro cientos de veces, pero ninguna de esas fantasías se parecía a la realidad.
Daniel estaba desarreglado. Tenía la camisa abierta en el cuello, el cabello revuelto y los ojos enrojecidos por el alcohol.
Aun así, continuaba siendo el hombre al que alguna vez había amado.
El hombre con quien había imaginado compartir el resto de su vida.
—¿Por qué me hacés esto, Victoria? —preguntó él.
En sus ojos había dolor.
Pero también algo más.
Algo que ella no conseguía reconocer.
—¿De qué hablás?
Daniel dejó escapar una risa sin humor.
—No te hagas la que no entiende. Me mandaste esos malditos papeles.
La observó como si ella acabara de cometer una traición imperdonable.
—¿Querés dejarme? ¿Es eso? ¿Hay otro hombre?
El dolor que había aparecido en su mirada fue sustituido por una furia abrasadora.
Victoria sintió que el miedo le recorría todo el cuerpo.
Durante un instante se quedó paralizada. Después respiró profundamente, intentando dominar el temblor de sus manos.
No podía demostrarle cuánto la intimidaba.
—Estás equivocado —respondió con una serenidad que no sentía—. No hay otra persona.
Daniel apretó la mandíbula.
—Entonces, ¿por qué?
Victoria sostuvo su mirada.
—Porque es hora de que cada uno continúe con su vida. Nuestro matrimonio se destruyó hace mucho tiempo, Daniel. Y, con él, también nos destruimos nosotros.
Cada palabra le desgarraba el alma, pero necesitaba decirlas.
—No tenemos por qué seguir siendo prisioneros de una relación que ya no existe.
Daniel la miró con una mezcla de incredulidad y rabia.
—Vos decidiste rehacer tu vida —continuó ella—. Tenés a tu lado a una mujer que te ama y que lleva años esperando ocupar oficialmente el lugar de tu esposa. Firmar esos documentos es lo mejor para los dos.
La tranquilidad con la que Victoria hablaba pareció enfurecerlo todavía más.
Daniel se acercó unos pasos.
—Escuchame bien, Victoria.
Brandon se interpuso parcialmente entre ambos, preparado para detenerlo si intentaba tocarla.
—Nunca vas a conseguir el divorcio —sentenció Daniel—. Nunca.
Victoria sintió que el aire comenzaba a faltarle.
—Daniel, por favor. No sigamos haciéndonos daño.
—Quieras o no, vas a seguir siendo mi esposa.
—Entrá en razón. Esto se terminó hace cinco años.
Daniel sonrió.
No fue la sonrisa que Victoria recordaba.
Era fría, torcida y tan inquietante que logró helarle la sangre.
—No pienso firmar nada.
Se inclinó ligeramente hacia ella.
—Si querés terminar con este matrimonio, uno de los dos va a tener que morir.
El mundo pareció detenerse.
Victoria lo observó sin poder pronunciar una sola palabra.
—Esa va a ser la única manera de que esto termine —añadió él.
Brandon quedó inmóvil.
No podía creer lo que acababa de escuchar.
—Daniel, cerrá la boca —ordenó, sujetándolo del brazo—. No sabés lo que estás diciendo.
—Sé perfectamente lo que digo.
—Estás amenazándola.
Daniel giró hacia él con violencia.
—Esto no es asunto tuyo.
—Me convertiste en parte de esto cuando me trajiste hasta acá.
Brandon miró a su amigo y sintió que estaba frente a un desconocido.
Físicamente seguía siendo el mismo hombre con quien había crecido, el niño con quien había compartido juegos, secretos y sueños. Pero su forma de mirar, de hablar y de reaccionar pertenecía a otra persona.
Algo había cambiado profundamente dentro de Daniel.
Y Brandon comenzaba a sospechar que aquel cambio no se debía únicamente a la muerte de su madre.
A lo lejos se escuchó una sirena.
Uno de los vecinos finalmente había llamado a la policía.
—Nos vamos —dijo Brandon.
Daniel intentó resistirse, pero su amigo lo tomó con fuerza.
—Soltame.
—No. Ya hiciste suficiente.
Dos luces azules aparecieron al final de la calle.
Victoria permaneció junto a la entrada de la casa, abrazándose a sí misma mientras observaba cómo Brandon alejaba a Daniel.
Antes de subir al automóvil, él volvió la cabeza.
Sus ojos encontraron los de ella.
—Esto no terminó, Victoria.
Brandon lo empujó dentro del vehículo antes de que pudiera agregar algo más.
Pero aquellas palabras ya habían quedado suspendidas en el aire.
Victoria supo que jamás podría olvidarlas.