Amelia solo quería recuperar su inspiración, pero un espejo maldito la arrastró a una pesadilla victoriana. Ahora está atrapada en una dimensión oscura, habitando el cuerpo de Eleanor Bianchi, una duquesa de sangre de dragón tan cruel que su propio séquito planea asesinarla.
¿El problema? Sus sirvientes no son humanos. Son cuatro letales y seductores demonios que la odian con cada fibra de su ser.
Rodeada de traiciones y enemigos mortales, Amelia tiene dos opciones: convencer a los monstruos que desean su muerte de que ella no es la tirana que recuerdan... o despertar la verdadera magia de su linaje y someter al infierno entero. El juego de poder acaba de cambiar.
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La duquesa que no recuerdo ser
Amelia Hart
Me quedo mirándolo, no sé qué decir, no sé qué pensar. El hombre frente a mí sigue arrodillado en el suelo, sus hombros tiemblan ligeramente mientras intenta procesar lo que acaba de pasar, sus ojos aún están húmedos, brillantes, y me miran como si hubiera ocurrido un milagro.
Hace apenas unos segundos no tenía lengua y ahora habla. Mi dedo aún está frente a su boca; la luz que brotó de mis manos ya desapareció, pero la sensación cálida todavía recorre mis dedos, como un eco de algo que no entiendo.
—Yo… —murmuró.
Mi voz sale más débil de lo que esperaba.
—Yo no sé…
Estoy a punto de decir la verdad, que no sé quién soy aquí, que no sé quién es él, que no sé dónde demonios estoy. Pero la puerta se abre de golpe y el sonido es brutal, seco, como si alguien hubiera golpeado la madera con toda su fuerza; la puerta choca contra la pared con un estruendo que hace vibrar toda la habitación.
Dos hombres entran y no caminan... irrumpen. Sus pasos son rápidos, decididos, cargados de una energía peligrosa y apenas los veo… mi respiración se corta.
El primero que entra es alto, delgado, pero increíblemente musculoso; su piel es pálida, casi blanca como la nieve, y su cabello negro cae corto y ligeramente desordenado, pero en las puntas los mechones se vuelven de un rojo oscuro intenso, como brasas apagadas. Sobre su cabeza sobresalen dos cuernos negros; no son pequeños y no son una ilusión, son muy reales. Sus ojos son rojos... rojos como sangre fresca. Su ropa es un traje de cuero negro que se ajusta a su cuerpo como una segunda piel; cada movimiento suyo parece elegante, peligroso, casi depredador.
Cuando abre la boca para hablar… sus colmillos se asoman y son más largos de lo normal, mucho más; es un vampiro.
Mi mente grita esa palabra, aunque sé que debería ser imposible.
El segundo hombre es completamente diferente. Su piel tiene un tono ligeramente bronceado, cálido, como si hubiera pasado siglos bajo el sol; su cabello es corto, salvaje, de un color cobre intenso que brilla bajo la luz roja de la habitación. Sus ojos son de un color anaranjado, no humanos. Brillan como brasas encendidas y son muy enormes.
Sus hombros son amplios, su torso ancho, sus brazos musculosos parecen hechos para destruir cosas. Su ropa es de cuero marrón oscuro, más rústica y salvaje.
Los dos se detienen al ver la escena.
Yo me pongo de pie, con el látigo aún en mi mano. Y el hombre de orejas de conejo arrodillado frente a mí.
El que parece un vampiro habla primero.
—Ama. —dice con una voz grave, profunda, pero controlada—. No hagas nada en contra de Paipper.
Parpadeo sorprendida ¿Paipper?
—Él solo es un mayordomo de reemplazo. —continúa el vampiro—. No merece tu castigo.
El gigante de cabello cobre cruza los brazos.
—Recuerda que ya vendiste a uno de nosotros al inframundo.
Mi corazón se detiene.
—Y él está siendo castigado ahora mismo. —dice con voz dura—. Azotado hasta la muerte.
Un escalofrío recorre mi espalda.
—Si matas a Paipper… —añade el vampiro con calma—. Nosotros podremos vengarnos de ti.
El silencio llena la habitación y mi mente se queda completamente en blanco.
—¿Qué?
Los dos hombres fruncen el ceño.
—¿Cómo que qué?
—¿Cómo que Paipper? —digo señalando al hombre frente a mí—. ¿Quién es Paipper?
Los dos intercambian una mirada.
—¿Quiénes son ustedes? —pregunto finalmente—. ¿Y en dónde diablos estoy?
El vampiro me observa fijamente y sus ojos rojos parecen atravesarme.
—Ama…
Da un paso hacia adelante.
—¿Estás jugando con nosotros?
—¡No estoy jugando!
El gigante inclina ligeramente la cabeza.
—Eso no suena como tú.
El vampiro suspira lentamente.
—Muy bien.
Se lleva una mano al pecho con una inclinación elegante.
—Mi nombre es Azrael.
Luego señala al hombre de cabello cobre.
—Él es Perseo.
Perseo asiente con una expresión seria.
Y Azrael continúa.
—Nosotros somos tus mayordomos demoníacos.
La palabra resuena dentro de mi cabeza: demoníacos.
—En teoría somos cuatro. —dice Perseo con voz grave—, pero uno de nosotros fue vendido al inframundo por su desobediencia.
Su mirada se vuelve más fría.
—Y ahora está siendo castigado allí y, créeme, Ama, sin él no ganarás.
Azrael me observa con atención.
—Así que antes de que hagas algo impulsivo con Paipper… recuerda las reglas.
Miro mis manos y observo el látigo. Miro la habitación llena de cuerdas, cadenas y herramientas que parecen sacadas de una pesadilla y algo dentro de mí se rompe.
—Perdónenme.
Los dos hombres se quedan completamente quietos.
—Yo no quería hacerles daño.
Una luz vuelve a brotar de mis manos. Cálida y suave.
Y la magia fluye sola, las heridas de Paipper desaparecen por completo. Su piel vuelve a estar perfecta, sus marcas desaparecen y su cuerpo queda completamente sano.
Paipper abre los ojos con sorpresa absoluta.
—Amo…
Su voz tiembla.
—¿De verdad… me has curado?
Traga saliva.
—Creí… que no te importaba.
Algo dentro de mi pecho se aprieta; le sonrío suavemente.
—Claro que me importas.
El silencio se vuelve pesado y Azrael me mira como si hubiera visto un fantasma; Perseo a su lado frunce el ceño.
—Eso…
Azrael termina la frase.
—Nunca lo habrías hecho.
Me llevo una mano a la cabeza. Un dolor extraño empieza a pulsar detrás de mis ojos.
—Creo que… me duele un poco la cabeza.
Los dos se tensan.
—¿Será que pueden decirme quién soy y en donde estamos?
Azrael responde.
—Estamos en Ismorth.
La palabra suena pesada y antigua.
—La ciudad demoníaca. —añade Perseo.
Mi respiración se corta y Azrael continúa.
—Y tú eres la duquesa.
Mi corazón late más rápido.
—Eleanor Bianchi.
El nombre resuena dentro de mi cabeza; yo no me llamo Eleanor.
—Eres la heredera. —dice Perseo.
—Y nosotros somos tus mayordomos. —añade Azrael.
Inclina ligeramente la cabeza.
—Estamos para servirte, ama.
El silencio cae nuevamente y mi mente gira.
Estoy en Ismorth, soy duquesa, aquí hay demonios y son mayordomos.
Y entonces lo recuerdo, el espejo, el libro y las palabras.
—El hechizo…
Los dos me miran.
—¿Qué hechizo?
Mi respiración se acelera.
—Yo no soy de aquí.
Sus expresiones se vuelven duras.
—Estaba en otro lugar.
Miro a Paipper.
—¿Te encuentras bien?
Él asiente lentamente.
—Sí, amo.
—¿Yo te hice eso?
Paipper baja la mirada.
—Sí.
Mi corazón se rompe un poco.
—Me cortaste la lengua.
Siento que el estómago se me cae.
—Porque dijiste… que odiabas mi voz.
—Oh Dios…
Me acerco a él rápidamente.
—Te juro que no fui yo.
Paipper levanta la mirada.
—Perdón.
Mi voz tiembla.
—No volveré a hacer algo así.
Su expresión cambia y puedo notar esperanza, tal vez devoción.
Azrael y Perseo intercambian una mirada llena de sospecha.
Claramente no me creen. Así que hago lo único que se me ocurre. Me pongo de puntitas. Y besó a Paipper. Al principio es suave y torpe. Sus labios están calientes contra los míos. Paipper se queda completamente congelado y luego su respiración se acelera. El beso se vuelve más profundo e intenso.
Cuando finalmente me separo… Azrael está completamente rígido. Perseo tiene la boca entreabierta. Y los dos me miran como si el mundo acabara de romperse frente a ellos.
Porque probablemente… la duquesa Eleanor Bianchi jamás habría besado a uno de sus sirvientes.
Pero para mí… estos hombres se sienten como agua en medio del desierto,aunque aunque digan ser demonios.