Entre rejas, mentiras y mafias, un hombre inocente lucha por recuperar su libertad mientras una abogada arriesga todo para demostrar la verdad.
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El peligro acecha.
Dentro de Blackstone Prison, el ambiente se había vuelto más denso, mucho más pesado.
Valentino lo sentía en cada paso.
En cada mirada.
En cada silencio.
Esa mañana, estaba sentado junto a Salvatore en una de las mesas del patio.
—No te quitan los ojos de encima —dijo el anciano sin mirarlo.
Valentino bebió un poco de agua.
—Ya me di cuenta.
Salvatore apoyó sus manos sobre la mesa, acercándose un poco al muchacho.
—Eso significa que alguien dio la orden.
Valentino lo miró.
—¿De matarme?
El anciano asintió lentamente.
—Sí.
El silencio cayó entre ambos.
Valentino apretó los puños.
—Todo esto por algo que no hice…
Salvatore lo observó con una mezcla de respeto y dureza.
—No.
Valentino frunció el ceño.
—Entonces, ¿por qué?
El viejo se inclinó un poco hacia él.
—Porque viste algo que no debías.
Valentino sintió un golpe en el pecho.
La escena volvió a su mente.
Se acordó de aquel edificio, de los hombres que vio, el muchacho mal herido, el disparo, pero sobre todo de aquella palabra.
—“Los Pantera” —susurró.
Salvatore lo miró fijamente.
—Entonces sí estás metido en algo grande.
Valentino levantó la mirada.
—¿Sabes quiénes son?
El anciano guardó silencio unos segundos.
—Son un problema.
—Uno muy serio.
Valentino tragó saliva.
—Isabella también menciono algo de eso.
Salvatore levantó la mirada con interés.
—¿La abogada?
Valentino asintió.
—Dice que ni su familia quiere meterse con ellos.
El anciano soltó una risa seca.
—Entonces es más lista de lo que parece.
Valentino lo miró.
—Confío en ella.
Salvatore lo observó por un largo momento.
—¿Sabes lo peligroso que es eso, sabes en lo que estás metido?
Valentino no respondió.
—En este mundo —continuó el anciano—, confiar en la persona equivocada… te puede matar.
Valentino sostuvo su mirada.
—No es la persona equivocada.
Salvatore suspiró.
—Eso espero hijo… por tu bien.
En otro punto de la ciudad, Isabella Montesini caminaba rápidamente por una calle poco transitada, con una carpeta en la mano.
Su mente no dejaba de analizar.
El arma.
El número de serie.
El hombre en la foto.
Todo apuntaba a lo mismo.
—Manipularon todo…
Se detuvo frente a una pequeña oficina.
Un contacto.
Alguien que podía ayudarla.
Entró sin dudar.
—Necesito que me confirmes algo —dijo apenas cruzó la puerta.
El hombre dentro la miró sorprendido.
—Vaya… cuando tú vienes sin avisar, es porque algo va mal.
Isabella dejó la carpeta sobre el escritorio.
—Mira esto.
El hombre revisó las imágenes.
Su expresión cambió poco a poco.
—Esto es serio…
—Lo sé.
—Si esto es real… alguien movió evidencia oficial.
Isabella cruzó los brazos.
—Y quiero saber quién.
El hombre la miró con cautela.
—Estás jugando con fuego Isabella, y te puedes quemar.
—Lo sé.
—No, Isabella… —dijo con más seriedad—. Estás jugando con gente que no perdona, gente seria, gente sin escrúpulos, personas muy malas de verdad.
Isabella sostuvo su mirada.
—Yo también puedo ser igual o más peligrosa que ellos.
Mientras tanto, en una calle más alejada…
Yaya caminaba junto a Matteo y su hijo Luca
El ambiente ya no era tranquilo.
Después de lo ocurrido la noche anterior…
todo había cambiado.
—No puedes volver sola a casa —dijo Matteo con firmeza.
Yaya lo miró.
—No puedo dejar de hacer mi vida y también debo trabajar, mi familia depende de mi ahora…
—No estoy diciendo eso —respondió el anciano—.
—Estoy diciendo que ahora tienes que ser más cuidadosa.
Luca caminaba a su lado, atento a cada movimiento.
—Alguien los mandó —dijo él.
—No fue casualidad.
Yaya apretó sus manos.
—¿Será por mi hermano…?
Matteo la miró y sin dudarlo contestó:
—Sí.
El silencio se volvió pesado.
—Entonces esto también es mi culpa… —susurró Yaya.
—No —respondió Luca de inmediato—.
—Esto es culpa de quienes hicieron todo el plan para inculpar a tu hermano y ahora quieren silenciar a todos los involucrados.
Yaya lo miró.
Había sinceridad en sus ojos.
Una calma extraña.
Que le daba confianza.
—No quiero que nadie salga lastimado por esto…
Matteo se detuvo.
—Eso ya no depende de ti.
Sus palabras fueron duras.
Pero reales.
—Esto es más grande de lo que crees.
Esa noche, Yaya llegó a casa.
La pequeña vivienda en donde vivía con su madre estaba en silencio.
Demasiado silencio.
—¿Mamá?
Entró rápidamente.
Encontró a su madre, Lucía, recostada en la cama.
Pálida.
Débil.
—Mamá… —susurró acercándose.
Lucía abrió los ojos lentamente.
—Yaya…
Su voz era apenas un hilo.
La joven tomó su mano.
—Estoy aquí.
—¿Comiste?
Yaya sonrió con tristeza.
—Sí…
Lucía la miró.
—No me mientas…
Yaya bajó la mirada.
—No tengo hambre.
El silencio se llenó de dolor.
—¿Cómo estás? —preguntó Yaya suavemente.
Lucía intentó sonreír.
—He estado peor…
Pero ambas sabían la verdad.
El cáncer avanzaba.
Y el tiempo…
se estaba acabando.
—Hoy vinieron por mí… —susurró Yaya.
Lucía la miró con preocupación.
—¿Quiénes?
—No lo sé…
—Pero creo que tiene que ver con Valentino.
Lucía cerró los ojos un momento.
—Sabía que esto iba a pasar…
—Mamá…
—Escúchame —dijo con esfuerzo—.
—Pase lo que pase…
—No dejes de luchar por tu hermano.
Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de Yaya.
—No lo haré…
Lucía apretó débilmente su mano.
—Él es inocente…
—Lo sé.
—Y necesita que alguien crea en él.
Yaya asintió entre lágrimas.
—No está solo, nos tiene a nosotras.
Esa misma noche…
Valentino miraba el cielo desde la pequeña ventana de su celda.
Isabella y Daniel observaban las pruebas en su escritorio.
Yaya sostenía la mano de su madre.
Tres personas.
Tres luchas distintas.
Pero una misma verdad.
Mientras en otro lado de la ciudad, alguien aguardaba en la oscuridad de la noche, esperando el momento perfecto para el toque final.
Porque cuando los lazos se fortalecen…
También se convierten en presa fácil del mal.