NovelToon NovelToon
CREI AMAR A MI ESPOSA

CREI AMAR A MI ESPOSA

Status: En proceso
Genre:Sustituto/a / Novia sustituta / Traiciones y engaños
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Mel G.

Gabriela y Gonzalo apenas llevan poco de casados, pero su matrimonio se verá amenizado cuando Gabriela decide la tontería de intercambiarse con su hermana gemela, quien no es precisamente buena y que, además, está en prisión. ¿Podrá su matrimonio sobrevivir? ¿Podrá Gonzalo darse cuenta de quién está frente a él?

NovelToon tiene autorización de Mel G. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CONFRONTACIÓN.

...GABRIELA:...

El vuelo duró horas. Llegamos de noche, así que decidimos ir primero al hotel para descansar del viaje y ver si podíamos dormir un poco antes de encontrarnos con mis padres al día siguiente.

Pero fue imposible.

El cambio de horario nos tenía demasiado despiertos, así que aprovechamos… e hicimos el amor como si no hubiera un mañana.

Ahora estamos frente a lo que una vez fue mi hogar.

De aquí tengo recuerdos muy hermosos…

pero también uno muy doloroso.

—¿Estás segura de que no hubiera sido mejor idea llamarlos primero? —me preguntó Gonzalo.

—No —respondí sin apartar la vista de la puerta—. Me conozco. Si los llamo antes, creo que no vengo.

—¿Y si no están?

—Otro día será —dije, todavía sin poder mirarlo. Estaba nerviosa.

—Muy bien —apretó mi mano, en silencio, haciéndome saber que estaba ahí.

Respiré profundo, armándome de valor, y toqué el timbre.

Quien abrió la puerta fue Alba.

—Señorita Arlet… ¿en qué momento salió? —dijo sorprendida—. ¿Y trae un invitado?

—Alba, no soy Arlet —dije con suavidad—. Soy Gaby.

Su rostro cambió por completo.

La sorpresa dio paso a una felicidad pura.

—¿Qué…? —exclamó—. ¿Señorita?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No te quedes ahí parada —le dije, sonriendo—. Dame un abrazo.

Alba sonrió y me abrazó con fuerza.

—Señorita, no la esperábamos —dijo cuando nos separamos—. Ha pasado tanto tiempo que no la reconocí.

—Lo sé, no te preocupes —respondí—. ¿Dónde están mis padres? Necesito hablar con ellos.

—Los señores están en el comedor —explicó—. Están cenando con su hermana.

Señaló el pasillo.

—¿Podrías anunciarnos, por favor?

—Claro que sí.

Luego miró a Gonzalo.

—¿Y el señor?

—Él es Gonzalo, Alba —dije—. Es mi pareja.

—Un gusto conocerlo —dijo ella, inclinando ligeramente la cabeza.

—El gusto es mío —respondió Gonzalo con una sonrisa amable.

Alba nos guió.

No era que no recordara el camino, sino que ya no sentía que esta fuera mi casa para entrar como si nada.

Me incliné apenas hacia Gonzalo, bajando la voz.

—Todavía no digamos que estamos comprometidos —susurré—. Busquemos otro momento.

Él me miró un segundo, entendiendo de inmediato.

—Está bien, amor —asintió con suavidad.

—Señor… —anunció Alba, interrumpiendo una conversación que sonaba animada.

Alcancé a escuchar risas. Algo sobre un papel de Arlet que ayudaría a mi prima Cora a despegar… algo así.

Sentí un nudo en el estómago al pensar que habían sido felices todo este tiempo, mientras una de sus hijas había permanecido lejos durante años.

—¿Qué pasa, Alba? —escuché la voz de mi padre. Aún no los veía.

—Hay alguien que desea hablar con ustedes.

—¿Quién? —preguntó mi madre—. No esperamos a nadie.

Apreté la mano de Gonzalo y di un paso al frente.

—Yo.

Sus miradas se clavaron en nosotros.

Pero sobre todo… en mí.

Todos se levantaron de la mesa con evidente sorpresa.

Estaban como paralizados.

Mi madre fue la primera en reaccionar.

—Gaby —murmuró sin poder creerlo—. ¿Eres tú?

Asentí, no podía hablar.

Caminó hacia mí despacio, temerosa también de mi reacción, pero como si de un momento a otro ya no le importara nada.

Me abrazó con fuerza.

Sentí un nudo en la garganta, no esperaba esa reacción.

—Mi niña… —susurró—. Estás aquí.

Le devolví el abrazo. La extrañaba.

El abrazo duró un momento.

Cuando mi madre se hizo a un lado, pude ver a mi padre. Su cara era un poema.

—Gabriela.

—Papá —respondí por inercia.

—Qué gusto tenerte aquí, hija.

Sus palabras no supe si me dolieron, si me dieron felicidad o si me confundieron.

No era eso lo que esperaba escuchar.

Esperaba un “lárgate”, un “sigues muerta para mí”… algo así.

—¿De verdad?

Asintió.

—De verdad, hija.

Pero no me abrazó. Se quedó ahí, inmóvil.

—¡Hermanitaaa! —la sonrisa de Arlet se me estampó en la cara.

Rodeó el comedor con los brazos abiertos y me abrazó con mucha efusividad. Yo correspondí el gesto con el mismo gusto.

—¿Cómo estás? —me preguntó, sorprendida de verme—. Mira que me tienes muy abandonada, no sé casi nada de ti. —Volvió a abrazarme—. Me da tanto gusto que estés aquí.

—A mí también me da mucho gusto verte. Ya nos pondremos al día, lo prometo.

Le sonreí.

Su mirada curiosa se desvió hacia Gonzalo.

—Gaby, ¿quién es él?

Mis padres también lo observaron.

—Buenas noches —Gonzalo dio un paso al frente—. Mi nombre es Gonzalo Tanori, soy…

—Es mi prometido —lo interrumpí.

Las palabras vinieron a mí solas, sin pensarlas siquiera.

Él me miró sorprendido; tampoco era lo que habíamos acordado.

Los rostros se llenaron de sorpresa.

...GONZALO: ...

—Prome… ¿prome qué? —la voz del padre se cortó, con el rostro desencajado.

—Mi prometido —repitió Gaby, más firme.

—¿Desde cuándo? —preguntó su madre.

—Hace una semana —respondió.

Tenía un temple, una seguridad, que yo no le había conocido hasta ese momento.

—¿Y cuándo pensabas decirnos? —interrogó el patriarca, notoriamente más alterado.

—Eso es lo que estoy haciendo aquí.

—Así que por eso estás aquí… —dijo—. Si no, seguirías allá.

No pudo terminar la frase.

—Señor, yo…

—Estoy hablando con mi hija —me fulminó con la mirada.

—Papá —intervino Gaby, visiblemente molesta por su reacción hacia mi.

—Tranquilos todos —dijo entonces la madre de mi prometida—. Hay que calmarnos.

—¿Por qué no nos sentamos? —añadió mi cuñada.

El parecido en persona con mi futura esposa era escalofriante.

Dos gotas de agua.

Caminaron hacia el comedor, pero su padre no se movió.

—Fausto —le habló su esposa—. Siéntate, por favor.

Finalmente lo hizo, pero no nos quitó la mirada de encima.

Todos tomamos asiento.

Nadie tocó la comida.

El silencio se estiró como una cuerda a punto de romperse.

Yo crucé las manos sobre la mesa, obligándome a relajar los hombros.

La madre fue la primera en romper el silencio.

—Gabriela… —suspiró—. Hija, sabemos que ya eres adulta, que tomas tus decisiones, pero no puedes culparnos por sorprendernos de este modo.

—¿Desde cuándo se conocen? —preguntó su padre.

—Estamos por cumplir un año juntos.

El tenedor de su padre golpeó el plato con un sonido seco.

—¿Un año? —repitió—. ¿Y en todo ese tiempo no se te ocurrió decirnos que existía? Es un completo extraño.

—No lo es —aseguró ella.

—Con respeto —dije—, entiendo la sorpresa. De verdad. Miré al padre a los ojos por primera vez. —Pero ella no tomó esta decisión a la ligera. Nada de lo que hace lo es.

—¿Y tú qué sabes de eso? —preguntó, cortante.

Ahí estaba.

El filo.

—Lo suficiente para querer pasar mi vida con ella —respondí—. Y para estar aquí ahora, aun sabiendo que no sería fácil.

Gaby giró el rostro hacia mí, sorprendida.

No dijo nada.

Pero su mano buscó la mía debajo de la mesa.

La madre observó ese gesto.

Lo vio todo.

—¿Ah, sí? —sus ojos se deslizaron hacia mí, evaluándome con frialdad.

—¿A qué te dedicas? —preguntó de pronto.

Yo ya conocía esa mirada.

No era curiosidad.

Era juicio.

—Soy psiquiatra —respondí con calma.

El silencio fue breve.

Después, una sonrisa ladeada. Despectiva.

—¿Psiquiatra? —repitió—. Entiendo.

Gaby se tensó a mi lado.

—Papá…

Él levantó una mano, sin mirarla.

—No, Gabriela, déjame terminar.

Volvió a verme.

—Supongo que ya sabes el estilo de vida al que mi hija está acostumbrada.

Ahí lo entendí.

No lo dijo directamente.

Pero lo pensó.

—No creo que el amor alcance para sostener ciertas cosas —continuó—. Viajes, estabilidad, seguridad. Hizo una pausa medida. —Y no quiero pensar que estás aquí… por conveniencia.

Sentí cómo la mano de Gaby tembló dentro de la mía. Negando.

—¿Estás insinuando que está aquí por dinero? —preguntó ella, con la voz quebrándose.

—Estoy diciendo —corrigió él— que has tomado decisiones impulsivas antes. Y esta… parece otra más.

En definitiva, el hombre tenía una herida sin cerrar.

—Siempre es lo mismo —dijo Gaby, con los dientes apretados—. Siempre creen que no pienso. Que no sé lo que hago.

—Gabriela —intervino su madre, angustiada—, nadie está diciendo eso…

—Sí lo está diciendo, mamá —replicó—. Cree que la única opinión que importa es la de él. Pero no me importa. Él me ama por quien soy y yo por quien él es. No importa más.

—Dado a que crees que nadie más en tu vida importa, aún no entiendo por qué me sorprende —intervino el padre.

—Con todo respeto —dije, mirándolo de frente—, no tiene idea de por qué estoy con su hija.

—¿Ah, no? —arqueó una ceja—. Entonces ilumíname.

Este hombre, tan seguro de su juicio, creía que mi profesión no alcanzaba para una vida digna.

Lo curioso era que no solo subestimaba mi trabajo,

también subestimaba mi origen.

—No estoy aquí para convencerlo —respondí—. Y mucho menos para explicarle mi situación económica, que no es asunto suyo.

Gaby inhaló con dificultad.

—Gonzalo…

—No voy a permitir que la reduzcan a una cifra, ni que la hagan sentir que amar está mal.

—Oh, no te preocupes, no nos opondremos… —expuso con sarcasmo el hombre—. Tal vez se vaya otra década, como la vez pasada, y nos tenga sin saber nada de ella.

—Bueno, creí que el haber escuchado decir a mi padre que me consideraba muerta… tal vez esa sería la verdadera razón por la que realmente tenía miedo de volver.

Ahí estaba.

La grieta en el corazón de la mujer que más amaba.

Sus ojos se cristalizaron.

Me partía verla de ese modo.

Estaba haciendo lo que siempre hacía:

leer gestos, tonos, silencios.

Lo sabía.

Estaba sobreanalizando todo. Pero era modo supervivencia, no por mí, por ella.

Vi a su padre tragar saliva, también a punto de quebrarse.

Pero no lo hizo.

En cambio, la remató.

—Ese día, la hija qie tenía realmente murió.

—Fausto, no… —la voz de su madre fue como una súplica.

Entonces la vi: una lágrima rodando por su mejilla.

Y ese fue el límite.

Me puse de pie despacio.

No bruscamente.

No enojado.

—Nos vamos —dije.

—¿Cómo que se van? —intervino el padre, alterado.

Lo miré. Sin dureza. Sin miedo.

—Como debimos hacerlo antes de que esto la lastimara más.

—No hemos terminado de hablar —dijo.

—Ella sí —respondí—. Y eso es lo único que importa.

Gaby se levantó.

Yo me coloqué ligeramente delante de ella. No para enfrentar… sino para cubrir.

La madre se levantó también, con lágrimas en los ojos.

—Gaby, por favor… no te vayas así.

Mi prometida solo la miró.

Tomó mi mano.

—Vámonos —repetí—. Ya fue suficiente por hoy.

No esperamos respuesta.

Salimos.

Caminamos hacia el auto. Abrí su puerta.

Me miró antes de subir, con esos ojos hermosos hechos agua.

Después los cerró, y las lágrimas cayeron.

La tomé del rostro con suavidad, limpiando sus mejillas con los pulgares.

—Me parte el alma verte así.

Besé su frente y la abracé.

—Te amo… gracias por estar —susurró.

—Siempre —respondí, mientras acariciaba su cabello.

—Gaby, no te vayas así, por favor, hija —la voz de su madre se escuchó al salir de la casa.

Detrás de ella venía Arlet.

—Mamá, ya no hay nada que hablar.

Los ojos de la señora también estaban cristalizados.

—Al menos dinos dónde te estás hospedando —pidió Arlet.

Gaby dudó.

—Hermana, no todos pensamos como mi padre —insistió.

Me miró.

Yo hice un gesto leve, dejándole claro que era su decisión.

—En el Hotel Magnolia —dijo al final—. Nos vemos luego.

No se despidió.

Rodeé el auto, subí del lado del conductor y arrancamos.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play