una chica y un chico
ambos tiene una vida en sus hogares, una familia
pero la pasión y el amor será más fuerte por luchar por lo que sienten o se dejarán vencer y volveran a la realidad en la que viven y renunciarán a este amor.?
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Capítulo 13: El eco en el silencio
La madrugada era una herida abierta sobre la ciudad. Elizabeth subió las escaleras de su edificio con las piernas temblando, sintiendo que cada paso dejaba una marca de ceniza en la alfombra. Al entrar al apartamento, el silencio la golpeó con la fuerza de un reproche. La luz de la cocina estaba encendida, proyectando una sombra larga que la esperaba.
Adam se había quedado dormido en el sofá, con un libro de arquitectura abierto sobre el pecho y los planos de la nueva casa desplegados en la mesa de centro. Elizabeth se detuvo a mirarlo. La pureza de su sueño era insoportable. Se sentía sucia, no por el sudor o el aroma de Maximiliano que aún impregnaba su piel, sino por el abismo que acababa de cavar entre ellos.
—¿Eli? —Adam se despertó sobresaltado, parpadeando ante la luz—. Dios, son las dos de la mañana. Me quedé preocupado.
—Lo siento... el cierre del proyecto se complicó —respondió ella, evitando su mirada mientras se quitaba el abrigo con movimientos mecánicos—. Hubo un problema con los archivos finales.
—Estás pálida, mi amor —él se levantó y se acercó para abrazarla. Elizabeth se tensó instintivamente. Cada caricia de Adam, antes un puerto seguro, ahora se sentía como una intrusión—. Estás helada. Ve a darte un baño, te prepararé un té.
En la ducha, Elizabeth se frotó la piel con una esponja hasta que se puso roja, como si intentara arrancar el recuerdo del escritorio de caoba y la presión de las manos de Maximiliano. Pero al cerrar los ojos, el agua caliente se transformaba en el calor de aquel beso, y el vapor del baño en el aliento de él contra su cuello. Salió del baño y se metió en la cama junto a Adam, pero se quedó en la orilla, mirando la oscuridad, comprendiendo que aunque estuviera físicamente allí, su alma se había quedado atrapada en el piso 42.
A kilómetros de allí, en la mansión de los Ferrara, Maximiliano no tuvo la suerte de encontrar a nadie dormido. Solangel lo esperaba en el estudio, sentada frente a su computadora, con la luz blanca de la pantalla resaltando la rigidez de sus facciones.
—¿A qué se debe este desorden horario, Maximiliano? —preguntó ella sin levantar la vista. Sus palabras eran dardos de precisión administrativa—. Los registros de seguridad dicen que saliste de la oficina hace solo cuarenta minutos.
—Necesitaba pensar, Solangel. El proyecto de humanización es más agotador de lo que preví —Maximiliano se sirvió un whisky, el cristal del vaso tintineando contra sus dedos—. No me hagas una auditoría de mi tiempo ahora.
Solangel cerró la laptop y se levantó. Caminó hacia él con esa elegancia gélida que antes él admiraba y que ahora le provocaba náuseas.
—No es una auditoría, es una observación. Te hueles a ti mismo, Max. Estás... desaliñado. Esa falta de control no es propia de ti.
Él la miró por encima del borde del vaso. Por un segundo, estuvo a punto de decírselo. Estuvo a punto de romper el cristal de un solo golpe. Pero entonces, el monitor de la habitación de Valeria, que Solangel siempre mantenía encendido en su tablet, emitió un pequeño quejido. Valeria se había movido en su cuna.
El sonido fue como un ancla. Maximiliano bajó la mirada.
—Es el cansancio. Mañana volveré a ser el hombre que esperas.
Subió a la habitación de la niña. Se quedó de pie junto a la cuna, respirando el aire purificado de la estancia. Valeria dormía con la mano abierta, una imagen de pureza absoluta. Maximiliano sintió una oleada de autodesprecio. ¿Cómo podía mirar a esa niña después de lo que había hecho? ¿Cómo podía ser el guardián de su futuro cuando su presente era un incendio?
Se sentó en el suelo, junto a la cuna, y apoyó la cabeza en la madera. Sus dedos rozaron la alfombra y, por un instante, su mente volvió al escritorio de Elizabeth. El contraste lo destrozaba. En casa tenía la paz programada, la estabilidad garantizada y el amor filial; en la oficina tenía la vida, el caos y la pasión que lo hacía sentir un hombre, no una estatua.
El fin de semana fue un simulacro doloroso para ambos. Elizabeth fue con Adam a ver las baldosas para la cocina, fingiendo entusiasmo mientras su mente repetía en bucle la forma en que Maximiliano la había elevado sobre el escritorio. Maximiliano asistió a un almuerzo en el club con Solangel y Valeria, sonriendo para las fotos de la revista de sociedad, mientras sentía que el traje le apretaba como una soga.
Ninguno de los dos podía olvidar. El secreto no era una carga estática; era un organismo vivo que crecía con cada minuto de silencio. Se buscaban en el pensamiento, en la música del tráfico, en el vacío de sus propias camas.
El amor que había crecido entre ellos ya no era una posibilidad; era una condena. Y mientras el lunes se acercaba, ambos sabían que la "normalidad" era una estructura que no aguantaría mucho más tiempo antes de colapsar bajo el peso de lo que ya no podían dejar de ser.