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La Fruta Prohibida Del Señor Easton

La Fruta Prohibida Del Señor Easton

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido / Posesivo
Popularitas:3.9k
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

Luke Easton lo perdió todo al volver a casa. La mujer que amaba, el futuro que imaginó... todo esfumado en una traición que lo dejó vacío.

En las calles ardientes de Los Ángeles, buscando un nuevo comienzo, el destino le ofrece una oportunidad inesperada: convertirse en guardaespaldas.

Pero, ¿será esta nueva vida la redención que busca, o el destino tiene otros planes para él? El juego apenas comienza...

Novela extensa...

NovelToon tiene autorización de A.B.G.L para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Un Destino Trazado...

...8...

El despertador sonó con su habitual estridencia, rompiendo el silencio de la madrugada. Luke se incorporó en la cama, la columna vertebral crujiendo levemente tras una noche de sueño reparador. La luz tenue del amanecer se filtraba por la ventana, iluminando tenuemente la habitación que James le había prestado.

Se levantó, el suelo frío acariciando las plantas de sus pies. Se dirigió al baño, abriendo el grifo de la ducha. El agua caliente golpeó su piel, lavando los últimos vestigios del sueño y despejando su mente. Se afeitó con cuidado, observando su reflejo en el espejo empañado. Su rostro, curtido y marcado por la vida, comenzaba a mostrar signos de una nueva determinación.

De vuelta en la habitación, se vistió con su uniforme de trabajo: los jeans de mezclilla desgastados, la camiseta de tirantes negra, las botas de trabajo. Se colocó su collar con la placa de la milicia, un recordatorio constante de su pasado, de las batallas que había librado, de los compañeros que había perdido. El metal frío se sentía pesado contra su piel, pero le brindaba una sensación de seguridad, de conexión con algo más grande que él.

Bajó las escaleras en silencio, evitando despertar a la familia de James. En la cocina, preparó una taza de café fuerte, el aroma embriagador llenando el aire. Dejó unos cuantos billetes sobre la mesa, una pequeña muestra de agradecimiento por la hospitalidad que le estaban brindando. Sabía que no era suficiente, pero era todo lo que podía ofrecer por ahora.

Salió de la casa, el aire fresco de la mañana golpeando su rostro. Comenzó a caminar hacia el taller de Gregorio, el sol ascendiendo lentamente en el horizonte. El camino era largo, pero cada paso lo acercaba a su objetivo. A pesar de la fatiga, sentía una energía renovada, una esperanza que había creído perdida.

Al llegar al taller, se sorprendió al encontrarlo aún cerrado. Esperó pacientemente, apoyado contra una pared, observando cómo la ciudad despertaba a su alrededor. Pronto, divisó a Gregorio acercándose, su figura robusta avanzando con paso firme.

—¡Luke, muchacho! —exclamó Gregorio, su rostro iluminado por una sonrisa—. ¡Llegas temprano!

—Buenos días, Gregorio —respondió Luke, correspondiendo al saludo.

Gregorio abrió la puerta del taller, invitando a Luke a entrar. El aroma familiar a aceite y caucho lo envolvió de inmediato.

—Hoy tengo una sorpresa para ti —dijo Gregorio, guiñándole un ojo.

Luke lo siguió hasta la parte trasera del taller, donde, cubierta por una lona polvorienta, se encontraba una motocicleta. Gregorio retiró la lona con un gesto dramático, revelando una Harley-Davidson FLSTF Fat Boy de 1991, un ícono de la cultura biker.

Luke se quedó sin aliento. La Fat Boy era una leyenda, una máquina imponente y poderosa que evocaba imágenes de libertad y rebeldía. Su diseño clásico, con sus líneas suaves y su robusta estructura, lo cautivó de inmediato.

—¿Qué… qué es esto? —preguntó Luke, su voz apenas un susurro.

—Es una Fat Boy del ‘91 —respondió Gregorio, su voz llena de orgullo—. Lleva años abandonada aquí. El antiguo dueño nunca volvió por ella.

Luke se acercó a la moto, pasando sus dedos por el metal frío. El óxido y el polvo cubrían la superficie, pero podía percibir el potencial latente bajo la mugre.

—Está en muy mal estado —comentó Luke, su mirada escaneando cada detalle.

—Lo sé —dijo Gregorio—. Pero sé que tú puedes revivirla.

—¿Por qué me muestras esto?

Gregorio sonrió, una expresión de generosidad genuina en su rostro.

—Porque es tuya, muchacho. Te la regalo.

Luke se quedó sin palabras. No podía creer lo que estaba oyendo.

—¿Mía? ¿Por qué?

—Porque te lo mereces —respondió Gregorio—. Has trabajado duro, eres un buen mecánico y sé que le darás un buen uso.

—Pero… no puedo aceptar esto —protestó Luke—. Es demasiado.

—Tonterías —replicó Gregorio—. Acéptalo como una recompensa por tu trabajo. Y como una herramienta para que puedas construir tu futuro.

Luke dudó por un momento. La idea de tener su propio medio de transporte era tentadora, casi irresistible. Pero aceptar un regalo de tal magnitud lo hacía sentir incómodo.

—Además —continuó Gregorio, interrumpiendo sus pensamientos—. Tengo un juego de neumáticos nuevos que le vendrán de maravilla a esa belleza. Están guardados en el almacén.

Luke suspiró, derrotado. Sabía que Gregorio no aceptaría un no por respuesta.

—Está bien —dijo finalmente—. Acepto. Pero te prometo que te lo pagaré.

—No te preocupes por eso —respondió Gregorio, dándole una palmada en el hombro—. Solo quiero verte feliz.

Luke sonrió, una sonrisa sincera que iluminó su rostro.

—Gracias, Gregorio —dijo—. No sé qué decir.

—No digas nada —respondió Gregorio—. Ahora, ponte a trabajar. Quiero ver esa moto rugiendo de nuevo.

Luke asintió, una nueva energía recorriendo su cuerpo. Se puso manos a la obra, examinando la Fat Boy con detenimiento. Sabía que la tarea sería ardua, pero estaba dispuesto a enfrentarla.

—Serás mi primer transporte, amiga —murmuró Luke, acariciando el tanque de gasolina—. Te voy a poner a rodar de nuevo.

La Harley-Davidson FLSTF Fat Boy de 1991, un símbolo de libertad y rebeldía, se había convertido en el nuevo objetivo de Luke, en la chispa que encendería su camino hacia la redención.

La Harley-Davidson, bajo la luz cruda del taller, no era solo una moto abandonada; era un lienzo en blanco, una promesa oxidada de redención. Luke la observaba, sus dedos trazando las líneas empolvadas del tanque, sintiendo el metal frío y la historia silenciosa que guardaba. Era una bestia dormida, herida, pero con el alma intacta, y Luke sintió una resonancia profunda, una conexión innegable con aquella máquina que, como él, había conocido el abandono y esperaba una segunda oportunidad.

Cada día, después de su jornada laboral, y a menudo durante sus descansos, Luke se sumergía en el proyecto de la Fat Boy. El taller de Gregorio se transformó en su santuario personal, un refugio del caos exterior y del tumulto interno. Vestido con sus jeans gastados y la camiseta de tirantes que ya era su segunda piel, se movía entre las herramientas con la precisión de un cirujano. El sol de Los Ángeles, que antes se sentía como un castigo, ahora iluminaba su propósito, delineando su figura fibrosa mientras se inclinaba sobre el motor, sus músculos tensos bajo la piel.

El trabajo era metódico, casi ritualístico. Desmanteló la moto pieza por pieza, como si estuviera diseccionando su propio pasado. El olor a óxido, a aceite rancio, a gasolina vieja, se mezclaba con el aroma a disolvente y metal pulido. Cada tuerca apretada, cada capa de mugre eliminada, cada pieza restaurada era un paso hacia adelante, no solo para la moto, sino para él mismo. Sus manos, que habían empuñado armas y sanado heridas, ahora se dedicaban a revivir el latido mecánico de aquel ícono. La Fat Boy de 1991, con su motor Evolution V-Twin, sus guardabarros envolventes y su icónico faro delantero, exigía atención, respeto y una comprensión íntima de su espíritu.

Mientras sus dedos hábiles desarmaban el motor, su mente, aunque concentrada, no dejaba de reflexionar. Era un baile entre la mecánica y la metafísica. La moto, rota y silente, era un espejo de su propio estado al llegar a Los Ángeles. Pero a diferencia de su amor perdido, esta máquina podía ser reparada. Su traición era tangible, sus heridas, visibles. No había engaño en sus fallos, solo la verdad desnuda del desgaste y el abandono. Y cada vez que una pieza volvía a su lugar, limpia y funcional, Luke sentía una pequeña victoria, un fragmento de su propia alma reconstruyéndose.

Las chicas coquetas que venían al taller por una "revisión" de sus neumáticos, no pasaban desapercibidas. Sus risas, sus miradas descaradas, las conversaciones que intentaban iniciar, todo rebotaba en la coraza de su concentración. Las escuchaba hablar con Gregorio, preguntar por él, intentar sonsacarle información, pero su atención rara vez se desviaba del metal. Ellas veían un cuerpo esculpido bajo una camiseta negra, unas gafas oscuras que ocultaban un misterio, una presencia agresiva y atractiva. Él, sin embargo, solo veía el motor Evolution V-Twin esperando ser resucitado.

Gregorio lo observaba desde la distancia, una sonrisa de satisfacción en sus labios. No solo Luke atraía más negocio con su mera presencia y su enigmática aura; también era un trabajador excepcional. Pero, más allá de la mecánica, el viejo comprendía la alquimia que se producía en su taller.

—Esa moto es una terapia, ¿verdad, Luke? —soltó un día, mientras Luke lijaba el chasis con una dedicación casi religiosa.

Luke levantó la vista, el polvo metálico adherido a sus cejas.

—Más que cualquier otra cosa que haya probado —respondió, su voz un susurro ronco, apenas audible sobre el raspar del papel de lija.

Gregorio asintió, su mirada suave. Entendía. El trabajo, el esfuerzo físico, la concentración. Eran un bálsamo para un espíritu herido. Y Luke, en su silencio, agradecía esa comprensión tácita.

Día tras día, la Fat Boy recuperaba su brillo, su presencia imponente. Los neumáticos que Gregorio le había prometido, unos anchos y agresivos, esperaban pacientemente su turno. Luke pulía el cromo, reemplazaba cables, reconstruía el carburador, afinaba cada componente. Era un baile de paciencia y fuerza, de intelecto y músculo. La máquina empezaba a susurrarle, a prometerle caminos abiertos, el viento en la cara, la libertad que tanto anhelaba.

El día que el motor volvió a rugir por primera vez, fue como un trueno en el taller. Un sonido áspero y potente que llenó el espacio, haciendo vibrar el suelo bajo sus pies. Luke sintió una punzada de emoción, un escalofrío que le recorrió la espalda. Era el latido de una bestia que volvía a la vida, y en ese sonido, Luke escuchó también el eco de su propia resurrección. Se colocó el casco, el negro mate reflejando la luz del taller, y se preparó para el viaje. La Fat Boy de 1991, una reliquia restaurada, ya no era solo una moto; era su pasaje, su armadura, su promesa de un nuevo amanecer en las ardientes calles de Los Ángeles.

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Elizabeth Sánchez Herrera
➕ más ➕ capítulos
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