Tras morir en su mundo anterior, Ariel despierta en el cuerpo de un omega marcado como villano en una sociedad omegaverse brutal y jerárquica. Todos aseguran que este omega traicionó, manipuló y causó la muerte de varios alfas importantes.
Pero Ariel no recuerda haber hecho nada de eso.
Condenado a un matrimonio arreglado con un alfa violento —un enlace que, en realidad, es una sentencia de muerte encubierta—, Ariel intenta sobrevivir en silencio… hasta que aparece Kael, un delta poderoso, temido por muchos y leal a nadie… excepto a él.
Kael no solo lo ayuda a escapar.
Lo protege.
Lo reconoce.
Lo ama.
Y Ariel pronto descubrirá que:
Ya se conocieron en otra vida
En esta misma vida, Kael lo conoció cuando ambos eran niños
Kael lo ha buscado en cada existencia
Y que la historia del “omega villano” es una mentira cuidadosamente construida
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Capítulo 8: El omega villano desaparece
A la mañana siguiente, Ariel despertó distinto.
No más fuerte.
No más poderoso.
Más entero.
Abrió los ojos con lentitud, como si temiera que el mundo volviera a quebrarse si se movía demasiado rápido. El refugio estaba envuelto en una calma extraña, casi sagrada. La luz del amanecer se filtraba por las rendijas de piedra, pintando el suelo con tonos pálidos.
Ariel llevó una mano a su pecho.
El vínculo estaba allí.
No ardía.
No reclamaba.
No exigía nada.
Solo existía.
Y por primera vez desde que despertó en ese cuerpo —desde antes, incluso— no sintió la necesidad inmediata de huir.
Se sentó al borde del lecho y respiró hondo. El miedo seguía allí, agazapado como una sombra antigua, pero ya no gobernaba cada pensamiento. No era un amo. Era solo una emoción más.
Caminó hasta el pequeño espejo de metal pulido que colgaba en la pared. Dudó un instante antes de mirarse. Había pasado demasiadas vidas observando reflejos que no le pertenecían.
Pero esta vez lo hizo.
No vio al omega acusado.
No vio al traidor.
No vio al villano construido por rumores y decretos.
Vio a alguien cansado.
A alguien marcado.
A alguien vivo.
Sus ojos ya no estaban vacíos.
—Ya empezaron a moverse —dijo Kael a su espalda.
Ariel no se sobresaltó. Reconocía su presencia incluso antes de oírlo. Era una certeza tranquila, constante.
—Lo sentí —respondió—. Como un murmullo bajo la piel. Como pasos que aún no llegan… pero se acercan.
Kael se apoyó contra la pared junto a él.
—El vínculo completo los alertó —dijo—. No saben dónde estás. Pero saben que dejaste de ser algo que podían usar.
Ariel sostuvo su reflejo un momento más.
—Entonces tenemos que cambiar mi rastro.
No fue una pregunta.
Kael asintió.
—Te buscan con tu nombre, con tu rostro y con la historia que escribieron sobre ti —explicó—. Si una desaparece, las otras empiezan a resquebrajarse.
Ariel bajó la vista hacia sus manos.
Habían firmado sentencias.
Habían temblado.
Habían sido atadas.
Ahora no.
Tomó la hoja afilada sin ceremonia. No hubo lágrimas cuando cortó su cabello. Los mechones cayeron al suelo de piedra como restos de algo que ya no necesitaba cargar. No era un castigo.
Era una despedida.
Cada corte era una decisión.
Más tarde, cuando el silencio volvió a asentarse, Ariel habló sin mirarlo.
—Aún no me has dicho quién eres realmente.
Kael no respondió de inmediato.
Cuando lo hizo, su voz fue baja, firme.
—Mi nombre completo es Kael Aerndorf —dijo—. Delta de sangre antigua. Margrave de las Tierras del Umbral. Guardián de los pasos del norte.
Ariel giró el rostro, sorprendido.
—Eso es un título de frontera —murmuró—. Independiente del consejo.
—Exacto —asintió Kael—. No les debo obediencia directa. Por eso pude entrar y sacarte. Por eso no pudieron detenerme sin exponerse.
Ariel procesó aquello en silencio.
—¿Y por qué hacerlo? —preguntó finalmente—. No me conocías en esta vida.
Kael lo miró entonces. De verdad.
—Te conozco desde antes de esta —dijo—. Desde la primera vez que te usaron como sacrificio político. Desde la primera vez que despertaste sin recuerdos… y moriste creyendo que lo merecías.
El aire se volvió denso.
—Yo estaba allí —continuó—. Siempre llegué tarde. Siempre encontré el cuerpo… o los restos. Siempre juré que la próxima vez sería distinto.
Ariel sintió que algo se le cerraba en la garganta.
—¿Entonces… todo esto…?
—No es por destino —interrumpió Kael—. Ni por el vínculo. Ni porque seas “mío”.
Se acercó despacio, sin tocarlo aún.
—Es porque el consejo convirtió tu existencia en una herramienta. Y porque alguien tenía que decir basta.
Sus manos se encontraron sin prisa.
—Esta vez —añadió—, te elegí antes de que el mundo decidiera matarte otra vez.
Algo se quebró dentro de Ariel.
No de dolor.
De alivio.
Esa noche, junto al fuego, Ariel habló con la voz tranquila.
—El omega villano murió —dijo—. Eso es lo que creerán.
Kael lo observó con atención.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Quién eres ahora?
Ariel pensó largo rato.
—Alguien que todavía se llama Ariel —respondió—. Pero solo aquí. Solo contigo.
Kael no respondió con palabras. Lo atrajo con cuidado, apoyando la barbilla sobre su cabeza. No había posesión en el gesto.
Solo reconocimiento.
Y en ese silencio compartido, Ariel comprendió algo que nunca había aprendido en ninguna de sus vidas:
Desaparecer no siempre era huir.
A veces, era sobrevivir.
A veces, era sanar.
Esa noche soñó sin sobresaltos.
No con persecuciones.
No con sentencias.
Soñó con un lugar donde su nombre no dolía.
Y con un delta que, por primera vez, había llegado a tiempo.